El coronavirus como un 'shock' de oferta

Los daños económicos que vaya a generar el coronavirus no vamos a poder contrarrestarlos de ningún modo significativo

Foto: Foto: EFE.
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No es el posible comprar más mercancías que aquellas que han sido producidas, de ahí que en términos reales la cantidad de bienes y servicios comprados esté siempre limitada por la cantidad de bienes y servicios producidos (este es el significado último de la llamada Ley de Say). Ahora bien, que en términos reales la cantidad de mercancías compradas esté limitada por la cantidad de mercancías producidas (por el PIB real) no significa que el gasto nominal dirigido a comprar mercancías no pueda incrementarse salvo cuando el PIB real se incremente: es perfectamente posible que el gasto nominal crezca aun cuando el PIB real se reduzca. ¿Por qué? Porque el gasto nominal es igual a la cantidad de mercancías compradas multiplicado por el precio de esas mercancías. Si el PIB real se reduce pero los precios se incrementan, el gasto nominal puede terminar aumentando.

Los precios del conjunto de mercancías producidas dentro de una economía dependen de la cantidad de unidades monetarias, presentes y futuras, que estemos dispuestos a entregar a cambio de esas mercancías. Si el valor de la unidad monetaria se deprecia enormemente (por ejemplo, en caso de insolvencia gubernamental o de una creación masiva de nuevas unidades monetarias), estaremos dispuestos a entregar muchas unidades monetarias a cambio de mercancías: en el extremo, nos encontraríamos en supuestos de hiperinflación y de huida hacia activos reales. Ahora bien, aun cuando el valor de la unidad monetaria no se deprecie, si deseamos muy intensamente adquirir mercancías presentes, su precio puede aumentar por cuanto las compremos a crédito: si compro bienes presentes contra la promesa de entregar muchas unidades monetarias en el futuro (resultado de mi expectativa de vender muchas mercancías en el futuro), entonces los precios podrán subir en el presente y, con ellos, el volumen agregado de gasto nominal.

Las fluctuaciones del gasto nominal se conocen como 'shocks' de demanda y conllevan efectos notables sobre la oferta presente de mercancías. En principio, un hundimiento del gasto nominal podría limitarse a reducir el conjunto de precios de la economía sin afectar el volumen de producción: tenemos un mismo PIB real, pero todo se vende mucho más barato. Ahora bien, si todos los precios no se ajustan a la baja a la vez, la caída del gasto nominal también contraerá la oferta real de mercancías (si las empresas ingresan nominalmente menos pero gastan, debido a la rigidez de sus costes, nominalmente lo mismo que antes, contraerán su producción y su empleo). A su vez, un aumento del gasto nominal tenderá a inducir un incremento de la oferta real de mercancías cuando todos los precios no se eleven a la vez: si gastamos más dentro de una estructura de precios dada, los empresarios tenderán a contratar más trabajadores (o a pagarles horas extra) y a usar más intensivamente su maquinaria para incrementar su oferta de mercancías en el corto plazo.

La mayoría de las crisis económicas se deben a caídas del gasto nominal derivadas a su vez de contracciones del crédito (normalmente ligadas a malas inversiones reales al calor de burbujas de activos), de ahí que los economistas keynesianos aboguen por contrarrestarlas con políticas de estímulo del gasto (políticas fiscales expansivas o políticas monetarias expansivas): si el PIB y el empleo se reducen porque el gasto agregado ha caído, la solución parece que debe pasar por reflotar ese gasto agregado. El problema de estas recetas es que en demasiadas ocasiones obvian que la contracción inicial del crédito —la que desata la caída del gasto agregado— puede ser el síntoma de una estructura de producción descoordinada que necesita reorganizarse (verbigracia, la hipertrofia del sector de la construcción en el PIB español de 2007), de modo que tirar de gasto agregado puede terminar contribuyendo a apuntalar o reforzar los desequilibrios productivos previos. Pero, sea como fuere, lo que está claro es que las políticas de estímulo de la demanda se predican como herramientas para contrarrestar 'shocks' de demanda.

La mayoría de las crisis económicas se deben a caídas del gasto nominal derivadas a su vez de contracciones del crédito

Hay ocasiones, empero, en que las crisis no se deben a 'shocks' de demanda, sino a 'shocks' de oferta: producimos menos no porque el gasto nominal se haya contraído, sino porque nuestra productividad se ha desplomado o porque el número de horas trabajadas ha caído (esta es la idea básica de la teoría del ciclo económico real). En ese caso, si el PIB real cae y el volumen de gasto nominal se mantiene (o decrece menos que el PIB real), los precios tenderán a subir, no a bajar (este fue el fenómeno de la estanflación de los setenta). De ahí que las políticas de demanda expansivas pueden ser del todo contraproducentes: si producimos menos no porque nominalmente gastemos menos sino porque alguna restricción real nos impide producir más, cebar más el gasto no reanimará la producción y el empleo, sino que solo aumentará los precios.

El coronavirus comenzó siendo un 'shock' de demanda para la Unión Europea: China sufrió un 'shock' de oferta que le impedía producir (el coronavirus), por ello redujo su gasto nominal (incluyendo sus importaciones desde la Unión Europea) y, como consecuencia, nuestras empresas pasaron a ingresar menos (de modo que también habrán tendido a producir menos). Sin embargo, ya en ese momento, la crisis contenía elementos de un 'shock' de oferta para la propia Unión Europea: en la medida en que muchos de los bienes y servicios fabricados por las compañías europeas contienen productos intermedios manufacturados en China (cadenas globales de producción), la interrupción de la actividad allí puede detener la producción aquí. Ahora bien, conforme la epidemia va extendiéndose por Europa (norte de Italia, de manera paradigmática), la propia actividad en el continente va suspendiéndose, de modo que el 'shock' de oferta se dará del todo internamente y, con él, un 'shock' de demanda que rebotará sobre otras partes del planeta.

El coronavirus como un 'shock' de oferta

En este contexto, las políticas de estímulo del gasto sirven en general de poco: si el Estado (por razones sanitarias) impide que los trabajadores vayan a trabajar —o si no pueden ir a trabajar porque sus proveedores no les suministran los bienes intermedios que necesitan—, entonces fomentar un mayor gasto nominal no hará que aumente el PIB real… Solo incrementará los precios. No se trata de falta de gasto, sino de falta de actividad. De ahí la impotencia a la que acaso terminemos enfrentándonos para reavivar la economía si la epidemia continúa extendiéndose y socavando nuestras bases productivas.

Fomentar un mayor gasto nominal no hará que aumente el PIB… Solo incrementará los precios. No se trata de falta de gasto, sino de falta de actividad

Lo anterior no significa que las políticas de demanda no puedan ejercer alguna influencia favorable en el corto plazo. Por un lado, si los agentes aumentan su atesoramiento 'precaucionario' en un contexto de mayor incertidumbre (es decir, dejan de gastar por 'lo que pueda venir'), una política fiscal expansiva (rebaja de impuestos, por ejemplo) podría contrarrestar parte del 'shock' endógeno de demanda que experimentaríamos; por otro, si muchas empresas cesan su actividad y se ven asfixiadas por los pagos de su deuda, una política monetaria expansiva (aunque aquí ya haya muy poco margen real) podría facilitar su refinanciación a la espera de que se normalice la situación y así evitar una crisis mucho más persistente en el tiempo. Pero en ambos casos el margen es estrecho (y también con contrapartidas negativas) ante un 'shock' de oferta.

En definitiva, los daños económicos que vaya a generar el coronavirus no vamos a poder contrarrestarlos de ningún modo significativo: como mucho, lograremos que una vez superemos la epidemia, estos no se vuelvan persistentes en el tiempo (la tan soñada recuperación en V, o al menos en U). Siendo así, lo que en todo caso deberíamos evitar es agravar esos daños todavía más: es decir, no adoptar políticas que magnifiquen el 'shock' de oferta que inevitablemente vamos a experimentar. Por desgracia, ya sabemos que las crisis son el mejor caldo de cultivo para el peor populismo político.

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