Los cuellos de botella no son la única causa de la inflación
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Juan Ramón Rallo

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Los cuellos de botella no son la única causa de la inflación

Si parte de la inflación está vinculada al 'shock' de la pandemia, la otra parte habrá de estar vinculada a uno de los mayores programas de estímulo de la historia de la humanidad

Foto: Foto: EFE.
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Aunque la explicación más extendida de las presentes tensiones inflacionistas que azotan buena parte de las economías desarrolladas sea que nos hemos topado con cuellos de botella transitorios en diversas partes de nuestra estructura de producción (los microchips, el gas, el carbón, el transporte, los contenedores, los trabajadores bien formados…), lo cierto es que la aparición generalizada y simultánea de cuellos de botella suele ser el síntoma de un problema previo: el exceso de gasto en relación con la elasticidad de la estructura de producción.

El propio Keynes, en el capítulo 21 de 'La teoría general', era consciente y reconocía que el aumento de la demanda efectiva podía provocar tensiones inflacionistas antes incluso de llegar al pleno empleo de los trabajadores, en especial por la existencia de cuellos de botella:

"Conforme la producción va incrementándose, se irán alcanzando una serie de 'cuellos de botella' en aquellos casos en los que la oferta de ciertas mercancías deje de ser elástica y sus precios se incrementen hasta aquel nivel que sea necesario para que la demanda se desvíe hacia otras direcciones (…) En definitiva, aparte del punto crítico de pleno empleo al que los salarios monetarios tienen que incrementarse sí o sí como reacción a un aumento de la demanda efectiva nominal (un incremento que sería plenamente proporcional al encarecimiento de la cesta de bienes que consumen los trabajadores), tenemos toda una serie de puntos semicríticos en los que los salarios monetarios aumentan como reacción a un aumento de la demanda efectiva, pero no lo hacen de un modo totalmente proporcional al encarecimiento de la cesta de bienes que adquieren los trabajadores".

"Tenemos una serie de puntos semicríticos en los que los salarios aumentan como reacción a un aumento de la demanda efectiva"

Es decir, no basta con decir que nos estamos topando con cuellos de botella. Lo crucial es explicar por qué hemos llegado a una situación de desequilibrio entre la oferta agregada (de cada sector) y el gasto agregado. Y a este respecto puede que parte de la explicación conecte con el legado de la pandemia: es decir, la suspensión de la inversión (y de la reinversión) en muchas industrias a lo largo de 2020, así como los cambios en los patrones de demanda y la incapacidad a corto plazo de una oferta rígida para readaptarse a los mismos. Pero si parte de la inflación está vinculada al 'shock' negativo de oferta que supuso la pandemia, por necesidad la otra parte habrá de estar vinculada a uno de los mayores programas globales de estímulos fiscales y monetarios de la historia de la humanidad: si, en medio de una coyuntura en que la pandemia redujo la capacidad de producción potencial de muchos sectores o alteró los patrones de especialización deseados, los gobiernos se han dedicado a promover el gasto agregado —ya sea público o privado— para así sobreacelerar la recuperación, entonces es lógico que esos cuellos de botella no hagan más que agravarse. Por tanto, inevitablemente habrá que atribuir a las políticas públicas de estímulo una porción (pendiente de cuantificar, pero en todo caso una porción) de la responsabilidad de la inflación inusualmente alta que estamos viviendo.

Por supuesto, la apuesta y la esperanza es que esta situación se normalice conforme vaya pasando el tiempo y vayamos redirigiendo factores productivos a aumentar la oferta potencial de determinados sectores. Si bien la oferta agregada tiende a ser inelástica en el corto plazo (cuando estamos cerca del potencial de producción), a largo es claramente elástica. Pero, al respecto, habría que colocar dos cautelas encima de la mesa.

Primero, si los cuellos de botella están cada vez más extendidos, no podrán solventarse todos ellos a la vez. Habrá, por tanto, que priorizar cuáles de ellos son relativamente más urgentes que otros y, para hacerlo, el actual clima de sobreabundancia del gasto y de laxitud crediticia no es el más adecuado. Mientras sigamos alimentando los desembolsos públicos y privados, no discriminaremos socialmente entre partidas de inversión más o menos urgentes (seguiremos gastando en todo) y el reajuste productivo se retrasará, esto es, la inflación se prolongará. Para priorizar hay que empezar a restringir el gasto (economizar) en los sectores menos importantes y ello es poco compatible con mantener el actual bombeo fiscal y monetario.

Mientras sigamos alimentando los desembolsos, no discriminaremos socialmente entre partidas de inversión más o menos urgentes

Segundo, y como ya advertimos hace algunos meses, si las expectativas de inflación se descontrolan —ya sea porque los agentes económicos prevén que la inflación continúe acumulándose o ya sea porque desconfíen de la capacidad o de la voluntad de las autoridades monetarias para recuperar el control sobre su divisa—, entonces podemos comenzar a experimentar una inflación endógena e independiente de la que ser derivada de los cuellos de botella: a saber, una inflación puramente monetaria cuyo origen se halle en la caída de la demanda de dinero (ciertas monedas se vuelven peores depósitos de valor y los agentes buscan reservas alternativas en las que preservar intertemporalmente su patrimonio).

Este último sería el peor de los escenarios posibles pues invertiría la macrotendencia de los últimos años: si desde el inicio de la crisis de 2008 hemos experimentado una era deflacionista (o, más bien, de muy baja inflación) ha sido porque la demanda global de dinero ha ido creciendo sostenidamente (tanto por la falta de oportunidades de inversión en muchos países occidentales como por el enriquecimiento de los países en vías de desarrollo), pero si la demanda de dinero se redujera apreciablemente, entonces su valor se depreciaría con intensidad y la inflación —como decimos, de tipo puramente monetario— resurgiría hasta que consiguiéramos reducir lo suficiente la oferta monetaria (algo que no sería nada sencillo de lograr tras tantos años de flexibilizaciones cuantitativas) o hasta que reanimáramos la demanda de dinero (restableciendo la confianza en la estabilidad del valor de la moneda). En ambos casos, necesitaríamos de fuertes subidas en los tipos de interés que no garantizarían inmediatamente un control de la inflación pero sí un hundimiento estanflacionario. Más nos valdría intentar no meternos en esa boca del lobo.

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