La verdadera dimensión de los falsos autónomos

¿De cuántos 'falsos autónomos' estamos hablando? Calculando por lo alto, podríamos estar hablando de unos 90.000 autónomos, aproximadamente el 2,7% del total del colectivo

Foto: Un 'rider' de Deliveroo lleva flores por encargo en Madrid. (EFE)
Un 'rider' de Deliveroo lleva flores por encargo en Madrid. (EFE)

Quien se jubile mañana habiendo trabajado toda su vida laboral en la misma empresa, vivido en el mismo piso, conducido el mismo coche o compartido su vida de pareja con la misma persona tiene mucho mérito. O no.

Quien se jubile mañana haría bien en comparar el mundo de hoy con el de 1985. Y, si pudiera hacer memoria más finamente, haría también muy bien en comparar su trayectoria laboral con la de sus familiares que se estaban jubilando entonces, muchos de ellos recién nacidos a la vida laboral en los atormentados años de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta del siglo pasado.

Quien se jubile mañana haría muy bien también en observar el bautizo laboral de los jóvenes que recién entran hoy en el mundo del trabajo. Aquejados de abandono escolar, dotados de una formación que, por una parte, les ha sobre cualificado (huecamente, podría decirse) para trabajos que, inexplicablemente, aún se ofrecen, pero que, por otra, no los ha preparado para los trabajos que ya están viniendo.

Puede que, en el colmo de la inmutabilidad, el trabajo que dejen mañana quienes se jubilen lo asignen a una persona joven recién salida del proceso formativo. Sin más preparación, pues el trabajo en cuestión puede que sea tal que pueda ser desempeñado indistintamente, sin solución de funcionalidad, por una persona joven o por una a punto de jubilarse. Si esto es así, y se observa con cierta generalidad, entonces el pronóstico de nuestro mercado de trabajo y, por ende, el de nuestra economía es más que reservado.

En este marco que, en nuestra opinión, todavía caracteriza una parte significativa de la economía española y su mercado de trabajo, la revolución digital y la emergencia del trabajo de plataformas de entrega a demanda están revelando la manifiesta incapacidad de las regulaciones laborales existentes para encauzar una de las vías de acceso a la actividad de cientos de miles de trabajadores y trabajadoras.

Normalmente, ha existido una distinción bastante nítida entre las dos categorías básicas de trabajadores: los asalariados y los autónomos. Incluso, hasta recientemente, si un trabajador se iniciaba en una de estas categorías, era muy probable que acabase jubilándose sin haber cambiado de categoría. En los países anglosajones, sin embargo, es muy común que los trabajadores alternen varias rondas de trabajo por cuenta propia y por cuenta ajena con total naturalidad, también por necesidad de conciliar.

En España, la preferencia por el trabajo asalariado ha llevado a muchísimos de estos trabajadores a aceptar contratos temporales. El 90% de los trabajadores temporales son infelices con este tipo de contrato. Pero muchos otros asalariados, a regañadientes, han pasado a ser autónomos por necesidad. El 60% de los trabajadores autónomos son igualmente infelices con este estatus laboral. En muchos países verdaderamente avanzados, los porcentajes citados son sensiblemente más bajos, aunque en absoluto insignificantes.

Un indicador riguroso de 'precariedad laboral' debería incluir entre sus subíndices el grado de satisfacción del trabajador con su contrato o estatus laboral, lo que es fácil de medir. Puede que nos llevásemos sorpresas sobre qué trabajos son precarios o no lo son. Aunque es más fácil definir la precariedad en un gabinete. Ya sabemos que hay demasiada precariedad, siempre hay demasiada. Pero todavía no sabemos cómo luchar contra ella y cuando lo hacemos quizás estemos metiendo la pata, porque, a lo mejor, precarios, ni son todos los que se ven ni se ven todos los que son.

El caso es que las fronteras y los conceptos de la función laboral y profesional están cambiando a ojos vista. Si el futuro del trabajo (convencional) es malo, que lo es, el trabajo del futuro puede ser muy bueno. Más valdría que la energía que estamos gastando, y la que vamos a gastar, en preservar trabajos llamados a desaparecer la empleásemos en dar a luz los trabajos de mañana, que seguramente poco tendrán que ver con las figuras laborales que hoy defendemos a ciegas como figuras garantes de derechos, sin ver la obsolescencia actual de algunas de estas figuras en dicha garantía.

En esta transición laboral, si algo puede asegurarse es que la zona gris que separa el trabajo asalariado del autónomo va a hacerse cada vez más difusa y amplia, puede que hasta llegar a situaciones en las que la alternancia entre ambos estatutos sea continua o que las situaciones que los definen cambien tan rápido que sea difícil encuadrarlos temporalmente. En este momento, sería muy bueno que las transiciones frecuentes no mermasen los derechos de los trabajadores. Es más, habría que conseguir que, a lomos de una digitalización inteligente y de dimensión humana, estos derechos fuesen mejores cada vez. Para todos. Y, pese a las reticencias de los convencionalismos, es la propia tecnología la que puede aportarnos dicha mejora. La 'plataformización' del trabajo permitiría dotarlo de trazabilidad y, por ende, adaptar nuestros esquemas de protección social e incluso fiscales a la actividad real, y en tiempo real, aumentando así su efectividad y la adquisición de derechos “portables”.

Este objetivo, de mejorar y asegurar los derechos de los trabajadores de plataforma, junto al expresado en el párrafo que precede al anterior, relativo a 'trabajar' por los trabajos del futuro, debería absorber toda nuestra energía institucional en vez de dedicar esta energía, incluso desde la fuerza de legislaciones obsoletas, a domeñar los desarrollos de futuro para que no rompan las costuras de un traje regulatorio propio del siglo pasado.

Entre los 'verdaderos asalariados' y los 'verdaderos autónomos', tomados ambos como los extremos puros de un espacio continuo de modalidades laborales y profesionales, hay dos figuras muy interesantes y polémicas. Solo una de ellas está cobrando significatividad, la del 'falso autónomo'.

Pero ¿de cuántos 'falsos autónomos' estamos hablando? Siguen datos del INE. Si de los 3,3 millones de autónomos existentes en España (muchísimos en cese de actividad) extraemos las 'personas físicas', ya que en un autónomo societario no cabe la figura del 'falso autónomo', nos quedamos con dos millones de autónomos susceptibles de ser 'falsos'. Si aplicamos a estos dos millones el 5% de autónomos que declaran trabajar para un solo cliente en exclusiva (claros candidatos a 'falsos autónomos'), resultan ser unos 100.000 los autónomos susceptibles de no estar bien encuadrados. Ahora bien, un autónomo que trabaja en exclusiva para un solo cliente no tiene por qué ser necesariamente un 'falso autónomo', pues ahí están los franquiciados o agentes de seguros y otros. En definitiva, calculando por lo alto, podríamos estar hablando de unos 90.000 autónomos, aproximadamente el 2,7% del total del colectivo. Pero es que si, además, observamos los incrementos exponenciales de autónomos en la última década, en los sectores de Educación, Sanidad e Información y Comunicación, no parece que el 'auge' de la figura esté vinculado a las plataformas digitales. Tampoco se justifica que el número de 'laboralizaciones' que se están produciendo en ellas correspondan con la dimensión que nos ofrecen los datos y se acaba de comentar. A no ser que se esté obligando a la 'laboralización' de trabajadores que no prestan en exclusiva sus servicios a las plataformas.

La otra figura interesante y polémica a la que nos referíamos antes, pero que no se ve, la del 'falso asalariado' también se da. ¿Qué hacemos con ellos, les obligamos a ser autónomos? Puede que ya lo sean y solo estén practicando la pluriactividad.

La solución a los retos que nos presentan estas figuras, heraldos del trabajo del futuro, no es forzar que estos desarrollos entren en el rígido corsé regulatorio, actual, heredero de un marco laboral viejo ya de décadas. Si no trabajar en un doble objetivo: (i) perfeccionar y mejorar los derechos de los trabajadores ante los desarrollos del trabajo del futuro y (ii) perfeccionar y mejorar la regulación laboral existente para que lo primero sea posible. Embutir en un traje de talla 48 a alguien cuya talla es la 54 solo sirve para que al traje se le salten las costuras. Y se acerca el invierno.

*Celia Ferrero. Vicepresidenta de ATA.

*José A. Herce. Socio fundador de LoRIS.

Tribuna
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