El termómetro del miedo: por qué el mercado no compra el apocalipsis
Si el VIX no se dispara mientras el tablero geopolítico se mueve, quizás es porque el mercado confía más en esta nueva forma de hacer política —directa, transaccional y menos ideológica— que en los análisis catastrofistas de los medios
Un 'trader' en la Bolsa de Nueva York. (EFE/EPA/Sarah Yenesel)
El dinero es inteligente, pero sobre todo es pragmático. Se mueve con una agilidad que ya querría para sí la diplomacia internacional. Si queremos entender la verdadera dimensión de un conflicto, más allá de los titulares incendiarios, hay que mirar a los mercados. Y lo que nos están diciendo ahora mismo, a pesar de los tambores de guerra y la retórica nuclear, es que impera una relativa pasividad.
Existe un termómetro preciso para esto: el VIX. Creado en 1993 por el CBOE, este índice mide la volatilidad del S&P 500. Es, literalmente, la fiebre del sistema. En condiciones normales, el mercado está "sano". Cuando la incertidumbre se dispara, la volatilidad sube y se genera una prima de riesgo que encarece todo.
Para poner perspectiva: en los últimos 20 años, solo hemos tocado el nivel de 80 en dos ocasiones. La primera en 2008, con la quiebra de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero global. La segunda en 2020, con una pandemia que amenazaba con la parálisis total de la especie. En ambos casos, el VIX nos dijo que estábamos ante un posible "fin del mundo".
¿Dónde estamos hoy? A pesar de la tensión en Oriente Medio, la situación en Venezuela o el papel de Irán, el VIX no está gritando.
Desde la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría, el riesgo existencial siempre fue el estallido nuclear. Después vinieron crisis de manual: el "Tequila", las "dotcom", el 11-S. En todos esos escenarios, el dinero buscó refugio en el dólar, los "Treasuries" o el oro. Sin embargo, si observamos el comportamiento actual —con bolsas mayoritariamente al alza desde inicios de año, renta fija estable y criptoactivos en su línea—, la lectura es clara: el mercado no percibe una desintegración inminente del orden global.
Algo nos indica que hay una cohesión en los últimos movimientos políticos que la prensa tradicional (con esa propensión de cabeceras como CNN, FT o The Economist hacia el relato del centro-izquierda globalista) no está sabiendo leer, o quizás sí, aunque no aprueba las formas. Y en eso coincidimos todos.
Aquí es donde entra la figura de Donald Trumpy su ruptura con el establishment. ¿Es descabellada su posición o estamos ante un líder que, a su manera, está reseteando un sistema agotado para darnos otros 50 años de estabilidad? Un ejemplo claro, aunque parezca otra materia, es su ofensiva contra la industria farmacéutica. Como bien analizaba Robert Kennedy Jr. en el pódcast de Joe Rogan, hay un giro real: dejar de favorecer a industriales que se lucran con la enfermedad para empezar a proteger al ciudadano de a pie.
Si el VIX no se dispara mientras el tablero geopolítico se mueve, quizás es porque el mercado confía más en esta nueva forma de hacer política —directa, transaccional y menos ideológica— que en los análisis catastrofistas de los medios de siempre. El dinero no tiene ideología, tiene instinto de supervivencia. Y ahora mismo, no tiene miedo.
*Rafael Salama Falabella, Tufts University (Medford, Mass).
El dinero es inteligente, pero sobre todo es pragmático. Se mueve con una agilidad que ya querría para sí la diplomacia internacional. Si queremos entender la verdadera dimensión de un conflicto, más allá de los titulares incendiarios, hay que mirar a los mercados. Y lo que nos están diciendo ahora mismo, a pesar de los tambores de guerra y la retórica nuclear, es que impera una relativa pasividad.