Cataluña, en la hora de la confusión
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Antonio Casado

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Cataluña, en la hora de la confusión

Con la ruptura del frente soberanista escenificado ayer por Artur Mas (CiU) y Oriol Junqueras (ERC), se aborta el que iba a ser el quinto intento

Foto: El presidente de Cataluña, Artur Mas. (EFE)
El presidente de Cataluña, Artur Mas. (EFE)

Con la ruptura del frente soberanista escenificada ayer por Artur Mas (CiU) y Oriol Junqueras (ERC), se aborta el que iba a ser el quinto intento de convertir a Cataluña en Estado independiente. En la memoria, las otras cuatro: 1641 (Pau Claris), 1873 (García Viñas y Paul Brousse), 1931 (Maciá) y 1934 (Companys). En el inmediato futuro, algo parecido al caos o la babeliana confusión de lenguas.

¿Recuerdan la escena de los sombreros de Un día en las carreras y el mal humor de los caballeros que no encontraban el suyo después del vendaval? Pues eso. Es difícil abrirse paso entre las dos cabezas del soberanismo catalán y sus diferentes formas de perpetrar el desafío al Estado, mientras enloquecen buscando los sombreros que dispersaron los vientos procedentes de la Moncloa.

Por la mañana, el presidente de la Generalitat, en un creativo hallazgo jurídico, anunciaba para el 9-N una consulta “alternativa” al amparo del principio que insta a los gobernantes a fomentar la “participación ciudadana” (una competencia autonómica no impugnable por el Gobierno de la Nación). Y por la tarde Oriol Junqueras daba por rota la sindicación independentista, se ciscaba en la extravagante propuesta de Mas, que no es consulta, ni referéndum, ni encuesta, “pero intentaremos ayudar”, y remataba la faena con el grito de su misión en la vida: “La solución pasa por la independencia”.

Suena como habría sonado Rodrigo de Triana de haber gritado “¡tierra!” al pasar por el cabo de San Vicente. Pero no basta con decirlo en nombre del rescate de la democracia secuestrada por “el Gobierno español”.

Escribí hace unos días en este mismo rincón que empezaríamos a ver el fin de la aventura cuando los caminos de Mas (burgués con aversión al desorden) y Junqueras (revolucionario impaciente) se bifurcasen. Eso está ocurriendo desde que el president descubrió que la piscina se había quedado sin agua para seguir braceando. Lógica consecuencia de la provocación a un Estado que usó su derecho a la legítima defensa frente a quienes querían volarlo desde dentro. (¿Dónde creen Mas y Junqueras que residen las fuentes de su poder representativo?)

La ensoñación independentista se irá desvaneciendo con el paso del tiempo en la búsqueda de cauces más practicables para encajar a Cataluña en el orden jurídico-político del Estado español. De momento, se refugia en ese diálogo de besugos abierto por los partidos del frente soberanista (“desencajado, pero no roto”, según Mas) sobre las elecciones “plebiscitarias” como eventual sucedáneo de un referéndum de autodeterminación imposible.

Diga lo que diga en público, el president no está por la labor de anticipar elecciones, y mucho menos en lista conjunta con ERC bajo condición de proclamar unilateralmente la independencia en caso de victoria, que es lo que exige Junqueras.

Dejemos eso al quinielismo, que es un divertido deporte de salón, mientras reprochamos la actitud del gobernante que responde al nombre de Artur Mas, máximo responsable del Estado en aquella comunidad autónoma. No tenía derecho a especular con el sentimiento identitario y las legítimas aspiraciones políticas de tantos conciudadanos, a los que embarcó en una aventura absurda que estaba condenada al fracaso desde sus inicios en octubre de 2012.

Lo que ha conseguido es crear innecesariamente una ola de frustración entre muchos catalanes de buena fe que ahora, por lo visto en su patética comparecencia de ayer por la mañana, se muestra incapaz de gestionar.

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