La insoportable levedad del culebrón de Murcia

Por una vez, y ojalá sirva de precedente, el declarado compromiso contra la inmoralidad en la vida pública tiene efectos prácticos: la exclusión de un gobernante poco ejemplar

Foto: El expresidente de la Región de Murcia Pedro Antonio Sánchez (d), tras anunciar su dimisión. (EFE)
El expresidente de la Región de Murcia Pedro Antonio Sánchez (d), tras anunciar su dimisión. (EFE)

Aunque fuera con ayuda del juez Eloy Velasco, que lo avaló sin pretenderlo —se supone—, salió adelante el empeño político de Ciudadanos en Murcia. Al aprendiz de brujo, Albert Rivera, le salió bien la pócima en esta ocasión. Mal que les pese a sus socios del PP, Rivera ha puntuado por una buena causa. La de la guerra anticorrupción.

Por una vez, y ojalá sirva de precedente, el declarado compromiso contra la inmoralidad en la vida pública tiene efectos prácticos: la exclusión de un gobernante poco ejemplar, a la vista de varios informes de la Guardia Civil y las exposiciones razonadas de dos jueces.

La opinión pública ha podido percibir que el pacto firmado en ese sentido por PP y Ciudadanos en la Región de Murcia, similar al firmado a escala nacional, se cumplió al producirse el supuesto previsto para sus gobernantes: si hay imputación, hay dimisión. El propio afectado, Pedro Antonio Sánchez, había proclamado con megáfono en la plaza pública que dimitiría antes de que nadie se lo pidiera si se daba el supuesto.

Así fue. Pero a regañadientes y después de que se lo pidieran todos. Todos menos el PP al principio del culebrón. Y también el PP, al final, cuando su propio partido entendió que retener la presidencia de la comunidad le importaba más que el horizonte político o penal de Sánchez.

Todo lo demás es trivial, de una levedad insoportable, caldo de cerebro, política menor y alquimia de tertulianos. Como la propia explicación de Sánchez sobre su espantada inducida por el estado mayor de Génova. Que no se va por sus problemas judiciales sino para librar a los murcianos de un tripartito diabólico. Una forma de torturar el clásico principio de la causalidad, pues el hipotético tripartito hubiera sido en todo caso el efecto de los problemas judiciales del ya expresidente de la Región.

Política menor también, por parte de Génova, fue presentar la dimisión de su hombre en Murcia como resultado de una decisión personal, al tiempo que su enviado nacional, Martínez-Maillo, reconocía que se le había pedido la dimisión, eso sí, como cosa suya. No precisamente por considerarle un corrupto sino por conservar el baluarte murciano. Y porque la falta de mayoría absoluta ya no da para mirar por encima del hombro (solo da para proferir la amenaza del arriero contra Ciudadanos, por haber puesto en evidencia al partido de Rajoy). Es una de las dos causas por las que el PP ya no arropa como antes a sus hermanos descarriados (el primer Bárcenas, por ejemplo).

La otra causa es la proximidad de unas elecciones (Soria, sin ir más lejos), que no era el caso en esta ocasión, aunque ese efecto ahora lo haya producido la necesidad de contar con Ciudadanos en la tardía aprobación de los Presupuestos Generales del Estado para el vigente ejercicio de 2017.

Sin embargo, el culebrón de Murcia tiene claves más sencillas si vamos al origen. Y el origen es que el PP no cumplió en caliente lo que firmó en frío (si hay imputación, hay dimisión del cargo). Que Ciudadanos no piensa en frío lo que firmó en caliente en cuanto al umbral de exigencia (imputación o apertura de juicio oral). Que el PSOE quiso pescar en río revuelto (¿pretendía gobernar con 13 diputados en una Asamblea de 45?). Y que Podemos, como siempre, se viene arriba si se trata de alimentar la confusión.

Ningún misterio. Tan sencillo como eso. Aunque la eterna pregunta siga flotando sobre el más reciente escándalo político de nuestros pecados: ¿cuándo dejará la clase política de tomar por idiotas a los españoles de a pie?

Al Grano

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