Mujeres, personas, feministas... que son y que fueron

Al hablar de feminismo es inevitable remontarse al enfrentamiento de Clara Campoamor y Victoria Kent, dos de las tres únicas mujeres con escaño en las Cortes de la Segunda República

Foto: Manifestación en Madrid. (EFE)
Manifestación en Madrid. (EFE)

En el gran día del feminismo universal la ya exdiputada Celia Villalobos dijo en la radio que nada regocija tanto al machismo como dos mujeres tirándose de los pelos.

Ahí fue inevitable remontarse al histórico enfrentamiento de Clara Campoamor y Victoria Kent, dos de las tres únicas mujeres con escaño en las Cortes Constituyentes de la Segunda República por cuenta del derecho al sufragio activo de la mujer (el derecho a ser votada ya se reconoció en el decreto de convocatoria para las elecciones del 28 de junio de 1931).

Demasiado educadas para tirarse los pelos. No llegaron a tanto. Pero el machismo ambiental de un hemiciclo con solo tres mujeres (la tercera era Margarita Nelken) encontró en aquellos vivos cruces verbales una excusa añadida a su postura contraria al voto femenino.

Para la historia quedará el grito del histórico dirigente socialista, Indalecio Prieto. A la hora de votar se desmarcó de su propio partido (PSOE) y abandonó la sesión. “¡Hoy han dado una puñalada trapera a la Republica!”, bramó mientras desertaba junto a otros diputados de su grupo (Margarita Nelken entre ellos) por no tener que apoyar las tesis de Campoamor.

Puestos a actualizar la huella del histórico debate (1 octubre 1931) tampoco descarto que algún abanderado o alguna abanderada del feminismo en las masivas manifestaciones de ayer hubiera azotado hasta hacerla sangrar o hubiera tirado de los pelos a la gran Victoria Kent (primera abogada de la historia de España y famosa por su obra a favor de la reinserción social de los presos) por haber querido retrasar la iniciativa.

Opinaba Kent que el voto femenino debía aplazarse. Que antes quería ver a las madres pidiendo escuelas o prohibiendo a sus hijos ir a Marruecos

Opinaba Kent (Partido Radical Socialista) que el voto femenino debía aplazarse. Que antes quería ver en las calles a las madres pidiendo escuelas o prohibiendo a sus hijos ir a Marruecos. Y que las mujeres, en fin, necesitaban un tiempo de adaptación a la Republica para liberarse de maridos, confesionarios y sacristías. La respuesta de Campoamor no se hizo esperar: “Lejos de mi la intención de atacar a mi colega, la señora Kent, pero comprendo la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar, como ha negado, la capacidad de la mujer”.

Ni una línea más sin declaración de principios endosable al firmante de la columna. Feminista como expresión de respeto a la condición humana del diferente. Por razón de género, en este caso. Y en plano de igualdad respecto a todo lo demás. Incluidas las obligaciones familiares. Por tanto, contra cualquier forma de discriminación de la mujer, sobre todo si es violenta. No por ser mujer, sino por ser persona y estar en posesión del denominador común que conforma lo que llamamos dignidad humana. Y para eso no hace falta pintarse de morado solidario un ojo, como hizo ayer Alejandro Sanz (“Me pongo en su lugar”).

Bienvenida la visibilidad del problema con escenificaciones públicas como las del 8 de marzo. También ayudan. Pero creo que el reto es sobre todo cultural. La batalla empieza en la educación. Ahí es cuando la inercia machista confiscó la mente del letrista que hizo cantar a Sara Montiel: “Si me pega me da igual, es natural, porque así lo quiero yo” (cuplé “Es mi hombre”). O aquel otro desdichado que hizo de la canción del verano con aquel mostrenco “busco un hombre que me quiera, que me tenga llenita la nevera”.

Si se sientan esas bases educativas carecerán de sentido las absurdas controversias políticas que han aflorado en vísperas de una campaña electoral. No le demos vueltas: se lo tienen que hacer mirar quienes han logrado que la causa de la mujer divida a las mujeres en razón de sus respectivas adscripciones políticas e ideológicas. Si el feminismo no es transversal será excluyente de mujeres como Ana Pastor, Dolors Montserrat, Ines Arrimadas, Andrea Levy, etc., políticamente distantes respecto a los agitadores o agitadoras de la causa feminista, pero tan defensoras como ellas de la causa de la mujer.

De hecho, la mujer que impulsó el derecho al voto femenino, Clara Campoamor, llegó a escribir años después lo siguiente: “Nunca formé parte muy activa en las campañas feministas que tímidamente florecían en nuestro suelo. No porque no me parecieran justas, sino porque creo que la libertad se alcanza por propio esfuerzo y personal labor”.

Al Grano

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