El imperativo legal reventó la unidad independentista

La voladura del pacto ERC-JxCAT se ha debido al normal funcionamiento de instituciones denostadas por los partidarios de la 'república' catalana

Foto: El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès (i), junto al escaño vacío del presidente Quim Torra. (EFE)
El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès (i), junto al escaño vacío del presidente Quim Torra. (EFE)

En la declamatoria comisión del Parlament sobre el 155, el encarcelado líder de ERC, Oriol Junqueras, claveteó ayer su mantra favorito, “lo volveremos a hacer”, replicado por Lorena Roldán, portavoz de Ciudadanos, que sigue siendo el partido más votado del vigente mapa político de Cataluña: “Y nosotros lo volveremos a frenar”.

Ni Junqueras es el único profeta del independentismo (mucho menos después de la implosión) ni Roldán representa el poder del Estado. Pero ahí están los dos polos del 'conflicto'. Lo vimos en la sesión del lunes, cuando la mesa retiró el acta de diputado al presidente de la Generalitat, Quim Torra. El lance divide a la tripulación que aún gobierna la averiada nave con rumbo hacia la Cataluña una, grande y libre.

En los tratos de ERC con los socialistas de Sánchez, pierden los independentistas su más preciado elemento de cohesión: el enemigo común

Aunque no sabemos si la voladura del pacto ERC-JxCAT fue o no controlada, nos consta que se debió a un imperativo legal. Es decir, al normal funcionamiento de instituciones denostadas cada día, a todas horas, en todas partes, por los hiperventilados defensores de una futura república catalana. Empezando por el presidente de la Cámara, Roger Torrent, el verdadero detonante del colapso independentista del lunes. Por no incurrir en un supuesto delictivo. Por no acabar como su predecesora en el cargo, Carme Forcadell.

Torrent ya había desmentido el eslogan amenazante, “lo volveremos a hacer”, 24 horas antes de que su jefe político, Oriol Junqueras, volviera a utilizarlo (“nadie más independentista que yo”, dijo ayer) en su grotesca carrera de sacos con los seguidores de Puigdemont.

No solo cae el mito de la reincidencia patriótica. En los tratos de los socialistas de Sánchez con ERC, los independentistas también pierden su más preciado elemento de cohesión: el enemigo común. Resulta que uno de la familia ha pactado con él. Y ahora el sambenito de 'botiflers' cae sobre los seguidores de Junqueras y Gabriel Rufián.

Más allá de las diferencias internas sobre los límites del desafío al Estado, el destronamiento de Torra tiene su detonante en la fuerza de la ley. O, si se quiere, en el miedo al castigo de ese leviatán ideado para el correcto funcionamiento de la convivencia entre los ciudadanos de una comunidad. Es un clásico: el que echa un pulso al Estado lo pierde. Ítem más: todos somos iguales ante. Y, como reza el dicho popular, el que la hace la paga.

Al negar a Quim Torra la condición de diputado, el presidente del Parlament, Roger Torrent, se desmarca de la consigna “lo volveremos a hacer”

Todo eso condicionó la actitud de Roger Torrent, a sabiendas de que hubiera incurrido en responsabilidades penales de haber dejado votar a Quim Torra, mientras su gente sigue creyendo que apostar por desjudicialización significa que la Justicia se encoja. O peor, que una parte de la clase política quede exenta en la aplicación del principio de igualdad ante la ley. Como si fuera una especie protegida. Craso error.

Por cierto, el exvicepresidente y los cinco exconsejeros de la Generalitat condenados por sedición y malversación en el 'judici', tras una jornada parlamentaria de exaltación independentista y declamatoria hostilidad al 'antidemocrático' Estado español, volvieron a primera hora de la noche a la cárcel para seguir cumpliendo la pena impuesta en su día por el Tribunal Supremo. Con toda normalidad.

Al Grano
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