Muertes invisibles y abuelos apestados

El pueblo soberano tiene hambre atrasada de comerse la vida a besos. Pero la guerra continúa y el derecho a la vida se relativiza por razón de edad

Foto: Paco, el anciano con pluripatología que le ganó la batalla al coronavirus. (EFE)
Paco, el anciano con pluripatología que le ganó la batalla al coronavirus. (EFE)

Incertidumbre. Cautivo y desarmado por el coronavirus, nada sabe el pueblo soberano del tiempo que falta hasta el día de comerse la vida a besos. Tenemos hambre atrasada, pero la guerra continúa. Y en tiempo de guerra, el derecho a la vida deja de ser un valor absoluto, permanente y universal.

La curva no se aplana. Por retraso en las notificaciones, según los voceros oficiales del mando único, mientras en la España real de hospitales desbordados y falta de medios reaparece la llamada 'ética utilitarista', perfectamente explicada por un médico madrileño en las redes sociales.

En nombre de la utilidad, que es el paradigma en situaciones de emergencia, se trata de limitar los tratamientos a los enfermos recuperables. O, si volvemos la frase del revés, desahuciar a los más vulnerables, como hacían los espartanos despeñando a los bebés enfermizos en el monte Taigeto.

Se trata de limitar los tratamientos a los enfermos recuperables. O, si volvemos la frase del revés, desahuciar a los más débiles, como los espartanos

Según la verdad estadística difundida a diario por el chico de la curva, Fernando Simón, la cara más visible del mando único (ahora aislado por contagio), solo un 0,2% de los fallecidos tenía menos de 30 años. Por tanto, los desahuciables son los mayores de 70 años (un 85% de los que han perdido la vida). Y así se viene aplicando en la práctica diaria del combate contra la pandemia, ya en cifras insoportables de muertes invisibles y abuelos estigmatizados.

Los testimonios se multiplican. No solo en hospitales madrileños, agobiados por la escasez de recursos materiales, humanos y logísticos. Nueve comunidades autónomas están saturadas o a punto de estarlo. “Cataluña aconseja no hospitalizar pacientes con mal pronóstico”, leo en un diario de difusión nacional.

Optimizar el uso de esos recursos exige seleccionar a los pacientes. No me invento nada. En los protocolos de ingreso en las UCI se imponen criterios restrictivos. Solo se intuba a quienes tienen más posibilidades de salir adelante. Los respiradores, por ejemplo, son para los más jóvenes porque el objetivo social, que no individual, es ganar años de vida. A los ancianos afectados por el virus les queda la sedación.

Nunca pensamos que la presión sobre nuestro sistema de salud sería tan fuerte como para caer en la aberrante jerarquización del derecho a la vida

Nunca pensamos que la presión sobre nuestro sistema de salud sería tan fuerte como para caer en la aberrante jerarquización del derecho a la vida. ¿Por razón de religión, raza o credo ideológico, como tantas veces ha ocurrido y aún ocurre en ciertos rincones del mundo? No. Por razón de edad. O, dicho en positivo, por razón de esperanza de vida, como criterio de tratamiento preferente por parte del personal sanitario. Ganan las razones (el lenguaje transporta el pensamiento), pierden las emociones.

“No se acerquen al abuelo”, es la consigna viralizada del ministro de Defensa israelí, Naftali Bennett. Su consejo para superar la epidemia es separar a los ancianos del resto de la población. Más o menos al mismo tiempo, el vicepresidente de nuestro Gobierno, Iglesias Turrión, se reinventaba homenajeando a los arquitectos de la Constitución, hoy por hoy varados en una ancianidad cuyo derecho a vivir se subordina al preferente derecho de quien tanto denostó el régimen del 78 antes de posar ante el 'photocall' del poder a la edad de 41 años.

El vicepresidente, Iglesias Turrión, se reinventa homenajeando a los padres del régimen del 78, hoy ancianos desahuciables en hospitales desbordados

¿Verdad que es tentador como tema de reflexión en cautividad? Ahí me quedo, so pena de ser apedreado desde la barricada de la racionalidad con teorías sobre los beneficios del mal menor. Pero les ofrezco la oportunidad de interpretar, a modo de conclusión, la fábula de Pablo y Neftalí, generada en el diario seguimiento informativo de esta agotadora guerra global contra el coronavirus que pone a prueba nuestro sistema de valores.

Al Grano
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