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Los renglones torcidos de Villarejo
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Antonio Casado

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Los renglones torcidos de Villarejo

Todas las formas de corrupción dan la cara en los audios del policía que habitaba en las cloacas

Foto: El comisario jubilado José Manuel Villarejo. (EFE/Javier Lizón)
El comisario jubilado José Manuel Villarejo. (EFE/Javier Lizón)
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Mal que le pese a Núñez Feijóo, el pasado se sigue alojando en la mochila del PP. Lo sabemos por otra bomba de efecto retardado contra la corrupción política por cuenta de las libretitas del 'cabrón', los sobresueldos, el ático de Estepona, el espionaje, los curas disfrazados, las patadas hacia arriba al inspector Morocho y los martillazos a los ordenadores chivatos.

El artefacto, en trayectoria diseñada por el pensamiento malicioso de sus lanzadores, también sale del inagotable polvorín de 'Pepe' Villarejo, el hijo de la matrona de Priego (Córdoba), que todo lo guardaba en su siniestra faltriquera.

El pecado funciona como antesala de la virtud. Nadie hubiera dicho que un policía corrupto alumbraría el camino de la verdad

Pero aquí el pecado funciona como antesala de la virtud. Nadie hubiera dicho que los renglones torcidos del comisario jubilado, un reconocido habitante de las cloacas del Estado, servirían para iluminar el camino recto a los guardianes de la salud pública. Todas las formas de corrupción dan la cara en los audios de Villarejo. Incluidas las que afectan a los defensores de la moralidad ya fustigados hace siglo y medio por Lucas Mallada en ' Los males de la patria' (1875).

Las conversaciones furtivas del comisario con relevantes figuras del PP (“Lo que aquí se dice, aquí se queda”, decía el desdichado) retratan un maloliente contubernio de políticos, empresarios, jueces y policías. Eso desborda las tramposas maniobras de Esperanza Aguirre, como antes las de Dolores de Cospedal, e inyecta una sobredosis de estupor en el sentir de la opinión pública. Algo huele a podrido en el funcionamiento del Estado. Lo que viene a ser la pregunta en voz alta del ciudadano perplejo: ¿en qué manos estamos?

Los audios desbordan las trampas de Aguirre, como antes las de Cospedal, e inyectan una sobredosis de estupor en la ciudadanía

Visto con perspectiva el caso de las tres marías del PP, lo de las cremas de Cristina Cifuentes es una travesura si lo comparamos con la obstrucción a la Justicia o el descenso a las cloacas del Estado por interés personal, solo de partido o por ambos a la vez. Y en este punto no sé si debemos hablar de complicidad de Cospedal y Aguirre con las trapacerías de Villarejo o de complicidad de Villarejo con las trapacerías de Cospedal y Aguirre.

El diálogo de la expresidenta de la Comunidad de Madrid con el comisario solucionador de problemas y el intermediario exjuez decano de Madrid José Luis González Armengol (septiembre de 2014, cuando Aguirre braceaba por ser alcaldesa con el voto en contra de la dirección nacional del PP), no tiene desperdicio como muestra de laboratorio para una analítica sobre la salud del sistema.

Hay de todo en el retablo cuyo santo del día es un policía corrupto pleiteando contra Aguirre (desobediencia a un agente del orden) en nombre de la “transparencia”, pero reconociendo que lo hacía inspirado por los propios jefes políticos de aquella. A saber: instrumentalización de la Justicia, tráfico de favores, instituciones compadreadas, señalamiento de conductas corruptas (Prada, el “choricete” nombrado por Pablo Casado, responsable de una oficina contra la corrupción), vuelo de puñales dentro de la propia familia política, etc.

Lo de Cifuentes fue una travesura comparado con la obstrucción a la Justicia o el descenso a las cloacas por razones personales o de partido

Algunos pensarán que, a estas alturas de la película, da igual que los audios de Villarejo puedan reabrir o no algunos procesos judiciales ya archivados en relación con conductas presuntamente delictivas que se retratan en las nuevas entregas de ese archivo sonoro. No lo comparto.

Aunque solo sea por una cuestión de autoestima, ningún fiscal, ningún juez, ningún policía deberían dormir arropados por “la indolencia que —vuelvo a Lucas Mallada— es la primera causa de la inmoralidad pública, una vez perdida la vergüenza con el mal ejemplo de quienes medran por ruines mañas, recurriendo a la intriga y el fraude como métodos de vida”.

Mal que le pese a Núñez Feijóo, el pasado se sigue alojando en la mochila del PP. Lo sabemos por otra bomba de efecto retardado contra la corrupción política por cuenta de las libretitas del 'cabrón', los sobresueldos, el ático de Estepona, el espionaje, los curas disfrazados, las patadas hacia arriba al inspector Morocho y los martillazos a los ordenadores chivatos.

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