La presunta falta de espontaneidad del odiador ("el odio se cultiva y se promueve", como en una conjura) es munición usada desde la Moncloa contra la derecha y la ultraderecha
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Fernando Sánchez)
Estupor. La palabra sale sola ante la cruzada del aun presidente del Gobierno contra el odio. Es cosa de ver y escuchar con qué desenfado habló de una de las pasiones que agitaron la historia y las neuronas de grandes pensadores, desde Hanna Arendt a Friedrich Nietzsche.
Parecía estar descubriendo el vellocino de oro ante un público de expertos, organizaciones, representantes institucionales y víctimas o presuntas víctimas de denunciables discursos y actitudes agresivas.
Son las motivaciones inaugurales del llamado "Foro contra el Odio", incluida la presentación en sociedad de su espada justiciera.
¿Qué espada justiciera?, ¿de qué me habla?
Herramienta tecnológica impulsada por el Ministerio de Inclusión que publicará informes semestrales sobre el odio enmascarado en las redes sociales. Bautizada como "Hodio" (Huella del Odio y la Polarización), será el detector de un pecado capital convertible en resorte político, un condicionador de voluntades ajenas desde los centros de poder.
Demasiado burdo el intento de reforzar el desanimado "nosotros" frente al pujante "ellos" en nombre de un "ego" declinante. La idea es cohesionar a los votantes del PSOE. El "Ellos" asume la función de enemigo común bien retratado en una de las asistentes al evento. Cierta "analista política" programada para arremeter a todas horas contra "fascistas de mierda", "imbéciles" que votan a la derecha y el "traidor" Felipe González.
¿Estará llamada es señora, ruidosa tertuliana en una de sus mitades y aguerrida mosquetera de Sánchez en la otra, a ser la cara visible de esta cruzada contra el odio?
Sánchez se trabaja el utópico propósito de una sociedad libre de odios para simplificar debate y fidelizar a los suyos
Mejor que nos quedemos con la explicación freudiana de que esa pasión desordenada retrata al sujeto necesitado de expulsar hacia fuera lo que no tolera dentro de sí, dando por sentado, que el odiador siempre es el otro.
Cuando explica su teoría sobre la falta de espontaneidad del odiador ("el odio se cultiva y se promueve", como en las conjuras) lo está utilizando como munición suplementaria contra la derecha y la ultraderecha con el indisimulado propósito de impedir un eventual gobierno PP-Vox.
Nada mejor que constituirse en comunidad de agraviados frente al enemigo común. Como si el odio fuese una aberración moral exclusiva de la derecha. Lo cual supone insistir en la vieja trampa ideológica de la superioridad moral de la izquierda.
Los teólogos de la Moncloa han descubierto que, con el utópico propósito de conseguir una sociedad libre de odios -eso dicen-, lo que procede es trabajar el odio.
Se trata es de simplificar el debate político, esquematizarlo, sintetizarlo, reducirlo en una asfixiante polarización que fidelice a los suyos, mientras se identifica a los "odiadores en la sombra" en una lista negra a disposición de su plantilla de tertulianos.
En realidad, todo es mucho más sencillo. Se trata de buscar culpables, porque eso une mucho, de una causa electoral a la baja. La de quienes hoy por hoy están en el poder.
Estupor. La palabra sale sola ante la cruzada del aun presidente del Gobierno contra el odio. Es cosa de ver y escuchar con qué desenfado habló de una de las pasiones que agitaron la historia y las neuronas de grandes pensadores, desde Hanna Arendt a Friedrich Nietzsche.