Al sur del sur
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El Westmorland en Málaga
La Fundación Unicaja en su Centro Cultural de Málaga presenta una magnífica exposición: es un ensayo colectivo de lo que fue el Grand Tour y la aventura del buque Westmorland
Una exposición de obras de arte requiere un diferente tratamiento según la temática, la época, las características y sobre todo el contenido que encierra, o lo que pretenda mostrar y reflejar. Algunas de ellas presentan especiales dificultades cuando se trata de recoger lo más importante de las piezas que componen una colección, por muy brillante que sean las obras. Otras, en cambio, necesitan un tratamiento científico, histórico, descriptivo y pedagógico, cuando lo que se expone es desconocido para la mayoría del gran público. Lo cual no implica en ningún sentido aburrimiento, o carencia de interés, especialmente si ello encierra el origen de lo que después se ha convertido en el turismo de masas, que tanta protesta provoca en la actualidad. A veces lo que comienza como un signo de distinción, estudio, elegancia y belleza, termina convertido en un cúmulo de desaciertos, sudores, indiferencia o borracheras colectivas. Pero el rigor académico no tiene por qué ser aburrido. Ni mucho menos.
Viene todo esto a cuenta de la magnífica exposición que con el título que encabeza estas líneas, presenta la Fundación Unicaja en su Centro Cultural de Málaga, con la inestimable colaboración de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, bajo el comisariado inteligente de José María Luzón y María del Carmen Alonso Rodríguez. La solidez intelectual de esta muestra se refleja de forma magistral en su catálogo, que más que un catálogo es un verdadero ensayo colectivo de lo que supuso el Grand Tour y la aventura del buque Westmorland, además del bellísimo contenido que encerraban las 59 cajas que trasladaba de Livorno, en la costa toscana a Inglaterra. Pinturas, estatuas, esculturas, grabados, libros, partituras, los souvenirs –recuerdos– de aquel tiempo.
El Grand Tour constituía una especie de viaje iniciático que los jóvenes de las élites nobiliarias, económicas y culturales británicas empezaron a practicar al comienzo del XVIII, acompañados por tutores, clérigos o familiares, que intentaban sin éxito reprimir los ardientes deseos que los pálidos norteños sentían al cruzar los Alpes, provocados no solo por las bellezas artísticas del pasado, sino también por las estatuas vivientes que encontraban al sol del sur. Bajar de Londres a Nápoles era un verdadero choque en todos los sentidos ante melenas al viento y cuerpos dorados medio en cueros.
Opinión Esto ya le había ocurrido previamente a Winckelman, considerado el creador de la historia del arte y de la moderna arqueología. Hasta el arte cambió cuando descubrieron entre gatos y matojos la grandeza de Roma y el Renacimiento, y eso dará origen al arte neoclásico, símbolo del refinamiento, el buen gusto contenido, pero también el afán por imitar el pasado que ellos no tuvieron. Por ello uno encuentra el Royal Crescent en Bath, o casi todo el Londres elegante, o media Inglaterra y Washington se construye como la capital del nuevo imperio entre columnas corintias, cúpulas panteonicas y obeliscos.
Por aquel tiempo ya andaban las Trece Colonias luchando por su independencia en plena Ilustración y el alumbramiento de nuevas ideas, nuevos mundos, nuevos sentimientos, encarnando Francia y España la ayuda hasta hace poco ignorada para la liberación de aquellas tierras con Bernardo de Gálvez y Lafayette. Y todo ello dio inicio a la extraordinaria atracción de las gentes del norte de Europa hacia la luz, el sol, el azul y los olores del sur. Ahí se inicia el amor a la Provenza, la Toscana, Venecia, Roma, Nápoles o Siena.
Después de las guerras napoleónicas será cuando Europa descubrirá España, el exotismo, el bandolerismo y el casi desconocido arte español gracias al saqueo francés. En este punto, la luz restallante de la costa mediterránea española deslumbrará las claras pupilas acostumbradas a las nieblas nórdicas y el fenómeno no tendrá vuelta atrás hasta hoy… El Grand Tour podía durar meses, o años, tiempo durante el que los estudiantes recorrían ruinas, estudiaban in situ latín, griego y filosofía, conocían gente, intercambiaban ideas y soñaban con un pasado que no habían vivido.
Hasta Mary Shelley intentó construir el hombre nuevo con Frankenstein. Pero también con ellos nació el comercio del arte en forma de recuerdos que llevar a Inglaterra. Los Vedutti, los Canaletto, los Guardi que tanto abundan en los museos británicos, salieron de allí. Venecia está maravillosamente encerrada en las paredes del Ashmolean, de la residencia del conde de Arundel, de Aspley House, de Oxford y Cambridge. Y el universo Piranesi, visionario en cárceles y escaleras sin destino, cuelga junto a las reproducciones de la tumba de Cecilia Metella, o la Vía Apia Antica. Todo esto está maravillosamente recogido en la exposición que les comento, resaltando el blanco marmóreo de las estatuas contra el rojo inglés de las paredes, extraordinariamente bien conseguido.
El rojo de las casacas que asolaron después África, Asia y medio mundo. Pero qué bien lo hicieron para encima aparecer como libertadores y conseguir convencer a la gente que poseer un pasaporte británico era casi como ser un cives romanus. El Westmorland había partido de Livorno con destino a Inglaterra. En su travesía dos barcos franceses lo apresaron y lo condujeron al puerto de Málaga. No voy a entrar aquí en la descripción de los avatares que tanto carga como pasajeros tuvieron que soportar, porque lo más importante para mí es reflejar como el muy ilustrado Rey Carlos III compro el cargamento de obras de arte, salvo un extraordinario Mengs, que descansa en el Hermitage.
"No hay grandes piezas, solo ese conjunto de la aurea mediocritas que componen la civilización. ¿Ven la diferencia?"
Y a instancias del conde de Floridablanca distribuyó el cargamento entre diferentes espacios de los Reales Sitios, aunque la mayoría de la carga fue a la Academia. Uno deja volar la imaginación ante el maravilloso retrato de Francis Basset por Pompeo Batoni, o el de John Henderson of Fordell por Gavin Hamilton, ambos en el Museo de la Academia y pintados durante su estancia en Roma, retratistas al servicio de los "turistas". El señor Henderson trasladaba una importante carga de libros en latín e innumerables partituras de compositores italianos del momento. No hay grandes piezas, solo ese conjunto de la aurea mediocritas que componen la civilización. ¿Ven la diferencia? Hubiera sido dulcemente evocador organizar un pequeño concierto en el patio de columnas del palacio, utilizando las partituras que nunca llegaron a Inglaterra
En estos días de ignominiosa y palurda ignorancia, cuya existencia, aunque parezca mentira, tanto deben a una leyenda negra creada, apoyada, impulsada y desarrollada por algunos de estos jóvenes que se convirtieron en caballeros masones de los que todavía se reúnen en el Temple en el Londres financiero, es realmente satisfactorio y enriquecedor, proclamar a los cuatro vientos que muchos de los grabados y estampas de Piranesi, tan cercano a De Quincey, Coleridge y Borges fueron enviados por Don Carlos III, impulsor también del descubrimiento de Pompeya y Herculano, a la recién creada Real Academia de San Carlos de Nueva España, la primera academia de bellas artes creada en América por la imperdonable España, para que sirvieran de ejemplo y modelo para los alumnos sin discriminación de razas, colores, ni procedencias.
Sería muy edificante que el analfabeto señor asturiano López Obrador y su alumna de origen lituano se enteraran de estas cosas, dedicándose al estudio en vez de a calumniar a España y a malversar caudales públicos mexicanos en el narco estado en que han convertido a la Nueva España. Vayan a pasear por esta exposición. Seguramente la próxima vez que deambulen por Italia, la verán con otros ojos.
Una exposición de obras de arte requiere un diferente tratamiento según la temática, la época, las características y sobre todo el contenido que encierra, o lo que pretenda mostrar y reflejar. Algunas de ellas presentan especiales dificultades cuando se trata de recoger lo más importante de las piezas que componen una colección, por muy brillante que sean las obras. Otras, en cambio, necesitan un tratamiento científico, histórico, descriptivo y pedagógico, cuando lo que se expone es desconocido para la mayoría del gran público. Lo cual no implica en ningún sentido aburrimiento, o carencia de interés, especialmente si ello encierra el origen de lo que después se ha convertido en el turismo de masas, que tanta protesta provoca en la actualidad. A veces lo que comienza como un signo de distinción, estudio, elegancia y belleza, termina convertido en un cúmulo de desaciertos, sudores, indiferencia o borracheras colectivas. Pero el rigor académico no tiene por qué ser aburrido. Ni mucho menos.