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El bache antes que el aborto
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Fernando Matres

El Zaguán

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El bache antes que el aborto

Los candidatos socialistas a las municipales se centrarán en la micropolítica para evitar que el debate nacional les perjudique, aunque Juan Espadas advierte que no tolerará desmarques del “proyecto común”

Foto: Pedro Sánchez y Antonio Muñoz el pasado fin de semana en Sevilla. (EFE/José Manuel Vidal)
Pedro Sánchez y Antonio Muñoz el pasado fin de semana en Sevilla. (EFE/José Manuel Vidal)
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La presencia de Vox en los gobiernos de cualquier administración corre el riesgo de parecerse al viejo chiste en el que una pareja de Testigos de Jehová llama a una puerta y, al escuchar “¿quién es?”, responde que vienen “a predicar la palabra de Dios”. Un jubilado desocupado que encuentra en la inesperada visita una ocasión para estar acompañado abre, les invita a pasar al salón y se produce un tenso silencio tras el que tienen que confesar que no saben cómo continuar porque es la primera vez que alguien les deja entrar a su casa.

Foto: Juan García-Gallardo y Alfonso Fernández Mañueco, durante un pleno en las Cortes de Castilla y León. (EFE/R. García)

Durante estos días, en más de una ocasión he identificado el rostro de Juan García-Gallardo en esa figura apocada sentada en el sofá con las manos en las rodillas sin tener muy claro qué toca hacer ahora. Como el alpinista que al alcanzar la cumbre mira a su alrededor, resopla y no se le ocurre nada más que pensar en iniciar el descenso.

El cartel de “Vicepresidente de la Junta de Castilla y León” que figura en la puerta de su despacho contrasta con su mesa vacía de papeles. Huérfano de competencias, de propuestas y hasta de ideas, no tiene más tarea que recordar que está ahí. Ya sea llamando imbécil a un diputado de la oposición, menospreciando a una periodista o generando incendios a nivel nacional anunciando una medida que parecería una broma si no fuera tan peligrosa.

placeholder Manuel Gavira, portavoz de Vox en el Parlamento andaluz, en una sesión plenaria. (Cedida / Vox)
Manuel Gavira, portavoz de Vox en el Parlamento andaluz, en una sesión plenaria. (Cedida / Vox)

La amenaza de retirar el apoyo al PP si no se aplica el protocolo antiabortista, inmediatamente matizada y rectificada, suena a canción conocida en Andalucía, donde Vox se pasó la anterior legislatura al completo amagando con lo mismo… para no conseguir nada. El partido de Santiago Abascal presumía de que llegaba a los parlamentos para influir y dejar su sello en las políticas y por el momento su bagaje se reduce a un conjunto de titulares de brocha gorda y polémicas tan vacías como útiles para alimentar la crispación y azuzar los extremismos.

Porque si antes a Pedro Sánchez le quitaba el sueño gobernar con Podemos, ahora sólo puede dormir gracias a Vox, que se ha convertido en la mejor melatonina posible para descansar entre tanta noticia negativa y credibilidad desgastada. Los extremos se atraen y se necesitan y el PSOE ha creído ver en el debate generado en Castilla y León un filón inagotable para golpear a Alberto Núñez Feijóo por persona interpuesta.

Foto: El presidente del Gobierno, en el Senado, frente al líder del PP. (EFE/Fernando Alvarado)

La idea es simple como el asa de un cubo y antigua como el hilo negro: derribar la imagen de moderado del nuevo PP alegando que quien pacta con Vox es igual que la ultraderecha. Aunque la estrategia cuenta con dos grandes debilidades. El PSOE no está precisamente para cuestionar a socios ajenos, con los que tiene en casa. Y apelar al miedo puede provocar la misma reacción que en las pasadas elecciones andaluzas, la concentración del voto de la derecha en el PP para que Vox deje de ser necesario, que no útil. Pero ya se sabe que nadie escarmienta en cabeza ajena.

Para no obstinarse en hacer bueno el dicho de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, los candidatos para las municipales tienen muy claro en qué deben centrar la campaña. La gestión municipal como aval y contrapeso al mal momento nacional de la marca PSOE, para que no se convierta en un lastre. Hacer valer la imagen personal y la experiencia de los 458 alcaldes socialistas andaluces en la micropolítica local y huir de los grandes debates. Hablar del bache y la limpieza de las calles y no del aborto y la unidad de España.

placeholder Muñoz, Sánchez y Espadas, en una imagen de archivo. (EFE/Julio Muñoz)
Muñoz, Sánchez y Espadas, en una imagen de archivo. (EFE/Julio Muñoz)

Aunque Juan Espadas, conocedor de la posibilidad de que sus cabezas de lista apuesten por marcar un perfil propio, ya advirtió con contundencia en la reunión de la Ejecutiva Regional que el PSOE es un “proyecto común” y el apoyo sin fisuras desde Andalucía a Pedro Sánchez está fuera de toda duda. En otras palabras, que no va a tolerar desmarques al estilo de Emiliano García-Page o Javier Lambán, ni mensajes que se salgan del argumentario oficial por más que hagan daño a sus opciones de ganar en sus municipios.

Y es que la tentación de hacer una campaña evitando las siglas y los logos es comprensible y hasta aconsejable, ante el cambio de ciclo nacional que aventuran los sondeos y el demoledor precedente de las autonómicas. Unos resultados similares a los del 19 de junio le harían perder al PSOE los principales ayuntamientos y serían un terrible presagio para las generales.

Foto:  Sánchez, junto a Lambán en un acto en Zaragoza. (EFE/Javier Belver)

De ahí que algún que otro candidato socialista bromee con que tampoco pasaría nada si Pedro Sánchez no encontrara hueco en su agenda para visitarle durante la campaña. El alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, ya lo recibió en la semana pasada en el arranque de la precampaña y seguramente agradezca que haya sido a cuatro meses de las elecciones. Y alguna mala lengua ya dice que está rezando para que el Falcon se averíe si se le ocurre volver y así pueda ahorrarse la foto y los abucheos que soportó en septiembre cuando presentó “El Gobierno de la gente”.

La presencia de Vox en los gobiernos de cualquier administración corre el riesgo de parecerse al viejo chiste en el que una pareja de Testigos de Jehová llama a una puerta y, al escuchar “¿quién es?”, responde que vienen “a predicar la palabra de Dios”. Un jubilado desocupado que encuentra en la inesperada visita una ocasión para estar acompañado abre, les invita a pasar al salón y se produce un tenso silencio tras el que tienen que confesar que no saben cómo continuar porque es la primera vez que alguien les deja entrar a su casa.

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