Si Goebbels hubiera podido usar Facebook...

...dijo Baron Cohen, haciendo propias las provocativas palabras de un conocido profesor israelí. No comparto esos niveles de alarma. Pero creo que es mucho lo que está en juego

Foto: Joseph Goebbels
Joseph Goebbels
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Imaginemos que un hombre entra en un restaurante; se instala en una mesa, y se dedica a insultar con desprecio y tintes racistas a los miembros de una familia que ocupan la mesa vecina, de visible origen magrebí. Imaginemos que una emisora de televisión ha encargado a un profesional de la cocina uno de esos programas de horario matinal en el que con simpatía y entre bromas se detalla cómo preparar las mejores croquetas. Solo que, en la segunda o tercera emisión, ese cocinero comienza a acompañar la presentación de sus recetas de bromitas con claro desprecio hacia las personas con discapacidad intelectual, o ridiculizando el holocausto. Imaginemos…

Se me ocurren otras varias docenas de ejemplos de conductas que, sin ser ilegales, son reprobables, y más que suficientes para justificar que se expulse a alguien de un espacio abierto al público, para que se le deniegue el servicio en un restaurante, para que se le rechace en televisión, para que se le expulse de un viaje en autobús. Sin necesidad de acudir antes a un juez, que difícilmente podría prohibir aquello que la ley, estrictamente, no prohíbe.

El actor de 'Borat' no está solo en esta lucha, que tiene en el revisionismo del Holocausto algunos de sus ejemplos más lacerantes

Los ejemplos con que abro estas líneas están adaptados de los que, en una sonada conferencia hace dos meses expuso el conocido actor cómico Sacha Baron Cohen. En su sincera diatriba puso el dedo en la llaga del poder de las plataformas sociales como máquinas de propaganda de dimensiones colosales. ¿Todo cabe en las redes sociales en nombre de la libertad de expresión? ¿Cómo es posible que en cualquier otro espacio existan límites aceptados al insulto, a la mentira sistemática, a la incitación al odio y al ataque racista, pero no ahí? "No pedimos que estas empresas definan los límites de la libertad de expresión", decía Baron Cohen. "Exigimos que sean responsables de sus propias plataformas".

Evidentemente el actor de 'Borat' no está solo en esta lucha, que tiene en el revisionismo del Holocausto algunos de sus ejemplos más lacerantes. También la Comisión Europea lleva mucho tiempo repitiendo el mensaje de que es exigible mucha más responsabilidad proactiva de las plataformas y las redes sociales para evitar que se conviertan en altavoz mundial del odio o de la falsa información.

Esta semana hemos visto que una red social ha decidido suspender la cuenta de Vox en aplicación, precisamente, de esos mismos principios

Y sin embargo, está claro que no todos comparten esa visión. Esta misma semana hemos visto que una red social ha decidido suspender la cuenta de Vox en aplicación, precisamente, de esos mismos principios. No tengo mucho interés en entrar a valorar aquí el caso concreto de esa decisión. Me interesa el debate de fondo que se ha abierto con este motivo, en prensa y en esas mismas redes sociales. Dejo de lado la indignación de los simpatizantes de la extrema derecha. O la de otros que en otro tiempo compartieron la necesidad de distanciarse de ese populismo que se alimenta de la excitación, el insulto y la mentira… y hoy casi parecen haberles comprado el manual de práctica política.

No, lo que me parece interesante es cómo han "saltado" algunos en duro ataque al principio mismo de que una red social pueda hacer, exactamente, lo que muchos esperamos que haga mejor y con más frecuencia: responsabilizarse de su propia influencia y de su impacto social, y expulsar temporal o definitivamente a quienes han encontrado en ellas un fenomenal altavoz para la mentira, el odio y la difamación, con una facilidad que jamás tendrían en otros cauces de comunicación ni en ningún otro ámbito de nuestra sociedad. Han resonado voces muy respetables que no critican un posible error o exceso en este caso concreto, sino que sostienen que toda limitación a una voz en Twitter, diga lo que diga, es un ataque frontal a la libertad de expresión; o que tales actuaciones solo deberían ser posibles con la autorización previa de un juez. Con lo que obviamente resultaría imposible impedir o limitar en las redes sociales conductas y discursos equiparables a los ejemplos que abrían estas líneas o las que denunciaba con razón Sacha Baron Cohen.

En el fondo, esas reacciones, recubiertas de apariencia garantista o de un amparo pretendidamente constitucional, parecen repetir exactamente el mismo discurso del propio Mark Zuckerberg, cuando ante las críticas recibidas optó por presentarse ante el Congreso de los Estados Unidos como el apóstol y garante planetario de la libertad de expresión.

Tenemos en España y en Europa leyes específicas que limitan lo que se puede decir en televisión sobre la supuesta bondad de un medicamento o un producto adelgazante; sobre el tabaco o el alcohol; o sobre la incitación al odio y a la violencia. Y hemos aceptado que no es posible aplicar nada equivalente a las redes sociales, a pesar de que su influencia en nuestras democracias y en nuestra convivencia es infinitamente mayor.

A cambio, solo queda ejercer presión sobre esas empresas para que asuman su responsabilidad. ¿Entonces? No me parece posible exigir a la vez a Twitter o a Facebook que no se laven las manos ante los abusos y el daño que pueden producir algunos mensajes que ellos difunden, y atacar a los gestores de esas redes cuando ejercen ese control por el hecho mismo de hacerlo. Es cierto que esa capacidad de auto-filtrado editorial, de expulsión o suspensión de cuentas abusivas de las plataformas pone en las manos de esos gestores un poder de influencia del que pueden abusar. Abramos ese debate; ideemos mecanismos de revisión, no necesariamente judicial, aunque esta vía no se excluya. Pero no, no creo que todo se pueda defender en el supuesto nombre de algo tan noble como la libertad de expresión.

"Imaginen lo que Goebbels hubiera podido hacer con Facebook", dijo Baron Cohen al final de su discurso, haciendo propias las provocativas palabras de un conocido profesor israelí. No comparto esos niveles de alarma. Pero sí creo que es mucho lo que está en juego. Y por eso, no criticaré a los gestores de una red social cuando tienen el coraje de asumir su responsabilidad.

Atando cabos
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