El juicio se deshincha

El pinchazo del juicio se debe a que el conflicto está amortizado, a la indiferencia internacional, a las diferentes y contradictorias estrategias de defensa, mientras Marchena “duerme el partido”

Foto: Acto de apoyo a Carme Forcadell con motivo de su inminente declaración en el juicio del 1-O. (EFE)
Acto de apoyo a Carme Forcadell con motivo de su inminente declaración en el juicio del 1-O. (EFE)

Varios enviados especiales de medios extranjeros regresan a sus respectivos países. La vista oral del juicio del proceso soberanista está muy lejos de constituir la convulsión social y política que se auguraba. Desde hoy —con la huelga de protesta en Cataluña, en la que participa activamente el Gobierno de Torra— y hasta la mitad de la próxima semana, el espectáculo cogerá vuelo. Después de las declaraciones de Rajoy y los demás políticos, volverá a sumirse en la rutina que ya caracteriza la vista oral.

El pinchazo del juicio se debe a varias circunstancias. La primera quizás consista en la amortización del conflicto por la sociedad española fuera de Cataluña, y la segunda, la indiferencia internacional. Amortización e indiferencia que convergen con la buena gestión de Manuel Marchena, que “ha dormido el partido”, según expresión de un experimentado jurista. El presidente de la sala ha demostrado, además de ecuanimidad y flexibilidad, capacidad para proyectar una imagen de solvencia y de técnica jurídica que está convenciendo a propios y, sobre todo, a extraños.

La vista oral del juicio del proceso soberanista está muy lejos de constituir la convulsión social y política que se auguraba

Por otra parte, las distintas estrategias de defensa remiten a una clara ausencia de coordinación en el planteamiento de los encausados, que profieren discursos en absoluto complementarios y sí contradictorios. Ya lo es que unos contesten a la Fiscalía y a la Abogacía del Estado y otros solo a sus defensas (incluso procesados del mismo partido), pero es que, además, las tesis no son coincidentes. Como escribió ayer Enric Hernández en 'El Periódico' de Barcelona, “nadie hizo nada el 1-O”, de tal manera que no hubo declaración de independencia (solo de intenciones), nadie adquirió las urnas, nadie dio ningún tipo de órdenes… Los hechos de septiembre y octubre de 2017 en Cataluña se produjeron por generación espontánea.

El aburrimiento —incluso en los medios que tratan de 'levantar' historias en torno al juicio y las declaraciones— se ha adueñado de las crónicas periodísticas. Este es un juicio homologable en su desarrollo a cualquiera en un país democrático que convive con otros acontecimientos que acaparan mucho más la atención pública: el anuncio de unas próximas elecciones generales y el inicio de la precampaña electoral. Súmese a eso el papelón internacional de Torra y Puigdemont, a los que el Parlamento Europeo ha dado con la puerta en las narices. Ni una sola pieza de la comunidad internacional se ha alterado ante la celebración de la vista oral.

Pero están ocurriendo más cosas. La ausencia de beligerancia de los fiscales en los interrogatorios que hasta ahora han practicado resulta desconcertante. Inciden sobre hechos circunstanciales pero no sobre lo nuclear: si hubo o no violencia para justificar el delito por el que la Fiscalía acusa, que es de rebelión. Si la Fiscalía trata de demostrar que hubo un “alzamiento público y violento” para “declarar la independencia de una parte del territorio nacional” —elementos constitutivos del tipo de la rebelión—, no parece que se estén esforzando en acreditarlo. Es verosímil suponer que podría haber cambio en las conclusiones provisionales al final de la vista. De la abogada del Estado, nunca más se supo.

Por fin, las admoniciones de Manuel Marchena —y la negativa de los acusados a contestar a sus preguntas— han dejado en una esquina a la acusación popular que representa Vox. Oiremos a sus letrados en los interrogatorios a los testigos, pero un par de advertencias del tribunal han neutralizado su vehemencia y, por el momento, su presencia en la vista está resulta inane.

En Cataluña hay efervescencia pero no es convulsiva. La huelga de hoy —la tercera movilización por el juicio— contará con la colaboración del Gobierno para evitar que sea un fiasco, como está siendo la normalidad con la que se desarrolla allí la vida cotidiana. Ha habido manifestaciones, protestas y declaraciones, pero la maquinaria social —la política está averiada y sin arreglo hace años— sigue funcionando.

El juicio se está deshinchando y no responde a las peores perspectivas que todos teníamos interiorizadas. Y, además, va a buen ritmo. Comienza a alumbrarse la posibilidad de que concluya a mediados de abril, inmediatamente antes de la campaña electoral. El tribunal ha habilitado más sesiones y, posiblemente, las que se dediquen a la prueba testifical serán menos de las calculadas.

Comienza a alumbrarse la posibilidad de que el juicio concluya a mediados de abril, inmediatamente antes de la campaña electoral

El transcurso del tiempo sin incidentes materiales, y con muchos y ya gastados discursos del independentismo, ha convertido una crisis que fue dramática en otra conllevable y que parece tiende a hacerse crónica. Y ya se sabe que las enfermedades políticas crónicas son como las físicas: causan malestar pero no son letales. Y esta es la cuestión: la Cataluña insurreccional —ahogada en palabras eufemísticas y en ignorancias sobrevenidas sobre los acontecimientos de 2017— ha dejado de ser un mal fatal para España, seguramente porque la sociedad catalana mantiene en alerta su instinto de supervivencia.

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