El aguarrás que todo lo puede de Joaquín Rivero y los topetazos de Anticorrupción

Hay que emplear manos de cirujano para no pasarse de capa. Demasiada presión con el aguarrás y saltas de un siglo a otro casi sin querer.

Hay que emplear manos de cirujano para no pasarse de capa. Demasiada presión con el aguarrás y saltas de un siglo a otro casi sin querer. Borrar la pintura original es peligrosamente sencillo. “La técnica consiste en quitar todo lo que se ha repintado en cuatro siglos y, allí donde quedan lagunas, volver a pintar”,  explica Joaquín Rivero, gurú de la cosa inmobiliaria, expresidente de Metrovacesa y aficionado a la restauración de pintura antigua. Ahora está volcado en un cuadro barroco del siglo XVIII, Dejad que los niños se acerquen a mí, que ya le ha absorbido más de ciento cincuenta horas. Siempre el mismo ritual: su estudio, sus pinceles, su aguarrás.

[Muere Joaquín Rivero, expresidente de Metrovacesa y Bami]

El aguarrás lo borra todo. Mejor dicho, casi todo. Últimamente hay malas noticias que resultan tristemente indelebles, tal que la multa de la CNMV, la cruz con la que le han marcado algunos periódicos de papel como paradigma de los excesos del pasado o la ofensiva de la Fiscalía, que le ha puesto en su punto de mira. Anticorrupción acaba de presentar una querella contra Rivero por un delito de información privilegiada en la compra de acciones en 2005. Dicho delito podría ser castigado con una pena de entre cuatro y seis años de prisión, multa de hasta el triple del beneficio obtenido e inhabilitación en el ejercicio de su profesión por entre dos y cinco años. “Me acusan de especular con esas acciones, pero las compré porque estábamos metidos de lleno en una guerra accionarial. Todavía tengo esos títulos. No lo hice para especular. No los he vendido”.

En el amor y en la guerra, todo vale. En el amor, en la guerra y en el negocio el ladrillo, un campo de batalla en el que sus actores están habituados a hundirse en el fango hasta las rodillas y trampear como jugadores de póquer. No es la primera vez que se ve salpicado en un caso de información privilegiada. Ya en 2006, Bami (después fusionada con Metrovacesa) fue sancionada por proporcionar indicios engañosos sobre el precio de sus acciones. Ignacio López del Hierro, hombre de confianza de Rivero, ex consejero de la Corporación de Caja Castilla-La Mancha y marido de la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, eran quien supervisaba la autocartera, por lo que fue multado con 36.000 euros, una sanción que abonó íntegramente después de percibir una nómina extraordinaria de Metrovacesa por el mismo importe. 

Los inmobiliarios se mueven en terreno peligroso. Eso lo sabe Rivero del sinfín de batallas que ha entablado a lo largo de su carrera. Unas con  la Fiscalía Anticorrupción y otras con los Sanahuja, aunque las que más dieron que hablar fueron las que mantuvo con Francesco Gaetano Caltagirone, el constructor italiano que quiso entrar en Metrovacesa y con el que acabó a golpes. No de esos golpes cuyas heridas se restañan con tiritas color carne sino de los que duelen al bolsillo, esto es, a golpe de OPA. Caltagirone pertenecía al círculo de empresarios afín a Berlusconi, tenía una trayectoria un tanto oscura y una omertá en torno a su apellido.

Cuentan que allá por el año 2002, en Marbella, en un encuentro improvisado en el vehículo de Caltagirone, al que acompañaban chófer, escolta y el propio Rivero, entre porcentajes y tiras y aflojas, casi hubo hasta tiros… y no por la negociación. Durante el trayecto apareció un coche que intentó adelantar a gran velocidad al del constructor italiano con la mala fortuna de que carecía de la potencia suficiente y tuvo que ir largo rato en paralelo. Los guardaespaldas se inquietaron. Ventana con ventana, puerta con puerta. No se despegaba. Afloraron los nervios. Ni para adelante ni para atrás. Los guardaespaldas se miraron, se tentaron el interior de la chaqueta y cuando se temía lo peor, Rivero les cortó en seco: Parad, parad, a ver si se os va a escapar un tiro, dijo maridando miedo escénico con socarronería andaluza.

En ese intercambio de reuniones, Caltagirone le planteó celebrar una en Milán, para la que puso su avión privado a disposición del empresario jerezano. Lo hacemos en un suspiro: dos horas Madrid-Milán, una hora para charlar, y otras dos de regreso. Algo rápido. ¿Qué me estás diciendo -le espetó Rivero-, que me monte en tu avión, yo solo, sin que nadie lo sepa y sin más compañía que la del piloto? Ni loco. Lo haces estrellar. Finalmente, el encuentro tuvo lugar en el Hotel Ritz de Lisboa, donde le esperaba Jacobo Gordon, colega de Alejandro Agag, quien le subió a una habitación donde tenían un desayuno preparado para Rivero, Caltagirone y el hijo de éste. Nada de eso, dijo el jerezano a Gordon. No quiero reunirme aquí, mejor abajo, donde está todo el mundo. Tras el desayuno, el empresario le ofreció de nuevo su avión. Te podemos dejar en Madrid. Nos pilla de paso. Ahora vamos mi hijo y yo. Esta vez te fiarás, ¿no? Y Rivero, rotundo: Pues tampoco.

 

Goyas, yates y vino de jerez

Joaquín Rivero sigue pintando las mismas canas que hace una década, e incluso dos. Es un tipo peculiar. Además de su prurito inmobiliario, posee una colección de arte de más de trescientas obras de maestros españoles del siglo XV al XIX, goyas, grecos, velázquez, zurbaranes, villamiles, etcétera, creaciones modestas que han sido recogidas de hogares e iglesias en las que acumulaban polvo en el anonimato. Esta pinacoteca la gestiona Elena Rivero (sin hache), hija de Joaquín y Helena (con hache), que también se encarga de la bodega familiar, conocida por sus vinos de jerez y su brandy, todos ellos catalogados como Very Old Sherry, con más de veinte años, o Very Old Rare Sherry, más de treinta. En el brandy sobrepasan los cincuenta. Además, Rivero es, junto a su socio Pedro Bores, dueño del puerto deportivo de Cádiz, Puerto Sherry, en su día propiedad del Banco Árabe Español.

Rivero ha vivido tres crisis, la de principios de los setenta, la del ochenta y cinco, y la del noventa y dos, pero ninguna como ésta, que bien podría ser la madre de todas las crisis. De él dicen que es una de las personas que más entiende del inmobiliario de nuestro país a la par que Luis Arredondo, el hombre que lleva los temas del ladrillo al Emilio Botín, aunque tanto uno como otro cuentan con máculas en su currículum. Rivero por esos pecadillos en los que ha incurrido para mantener el control de sus negocios, y Arredondo por esa inclinación a meter a sus hijos en las empresas que lo contratan.

La proyección pública de Joaquín Rivero comenzó en 1997, cuando se hizo con Bami tras comprarle la participación de control al Banco Central Hispano. Después vinieron Zabálburu, Metrovacesa y Gecina. Rivero no cejaba de engullir empresas como si le hubieran enchufado a una pantalla de comecocos. Tuvo que descabalgarse de tan lustroso corcel el día que sus otrora socios y amigos, los Sanahuja, decidieron librar la guerra por su cuenta, iniciando una batalla accionarial que, como cualquier matrimonio malavenido, finalizó con un acuerdo de separación de bienes por el que la familia catalana se quedaba con Metrovacesa y Rivero con un pedazo de Gecina.  

Ya en solitario, los Sanahuja, de la mano de su consejero delegado, Jesús García de Ponga, adquirieron la torre del HSBC y pusieron en marcha Walbrock, dos proyectos mil millonarios, ambos en Londres, en los que intermedió Colliers International, se repartieron cuantiosas comisiones y de los que terminaron saliendo con pérdidas astronómicas. Aprovechando el crash, los bancos acreedores echaron a los Sanahuja de la compañía. Esas mismas entidades fueron las que forzaron la salida de Rivero de la presidencia de Gecina. Su refugio actual es Nueva Bami, que creó para aprovechar las oportunidades que brindaba la crisis en España. El principal activo de Nueva Bami es el complejo Adequa, que comercializa su sobrino Tomás Rivero y que es como una torre del Real Madrid y Torre Europa juntas.

Adequa está en la Carretera de Burgos, no muy lejos de la nueva sede de Metrovacesa, donde ya no queda nada de los Sanahuja. Tampoco de Rivero, al que la criatura se le torció cuando alcanzó la madurez. “Me da pena sobre todo por el equipo que tenía”, dice Joaquín Rivero de su antigua compañía, “por los años que pasamos allí juntos. No por mí. Por la edad y experiencia acumulada, ya no tengo que demostrar nada a nadie”.

Entregas anteriores:

- Lo que queda de Metrovacesa y el Mercedes de seiscientos caballos del presidente Nafría (I)

- La tarde en que confundieron a Paco ‘El Pocero’ con el presidente de la CEOE (II)

 

- Panamá City, el Shangri-La de los gallegos (y un señor de Murcia) en Iberoamérica (III)

 

 

Caza Mayor
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