¡'Bye, bye', Gibraltar! Historia de un despropósito diplomático

El resultado final tiene un regusto amargo. Sabedora de que el Ejecutivo actual tiene fecha de caducidad, la Unión Europea ha dejado de lado las reivindicaciones de España

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa tras concluir el Consejo Europeo extraordinario. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa tras concluir el Consejo Europeo extraordinario. (EFE)

“No es día para celebraciones. Nuestra capacidad de presión es la que es con este Gobierno que proyecta una imagen de gran debilidad. Aunque con estos mimbres, se ha hecho lo que se ha podido”, explica un diplomático ducho en lides con el Foreign Office. “Solo el futuro dirá si esta hoja de parra es suficiente o si nos dejará las vergüenzas al aire. Lo de Picardo del sábado ha sido una mala señal. Sus declaraciones indican que el desacuerdo ya se ha producido, aunque es cierto que lo exigía su ‘constituency’...”.

Sobre lo ocurrido este domingo en el Consejo Europeo Extraordinario y las garantías conseguidas por España sobre Gibraltar tras el Brexit, hay tantas versiones como primates merodean el Peñón. La mayoría, interesadas y a golpe de argumentario.

Todos califican el momento de “histórico”, pero por distintos motivos. El presidente Pedro Sánchez insiste en que se ha logrado un “éxito histórico” porque “hemos dado un paso decisivo y estamos con las garantías absolutas para resolver un conflicto que dura más de 300 años”; la oposición, con Pablo Casado y Albert Rivera a la cabeza, también se refiere a este momento capital, pero por lo contrario, es decir, por tratarse de un “fracaso histórico”.

En ‘El País’, Xavier Vidal-Folch escribía que “la parte española puede estar contenta (…). Sobre Gibraltar, la última palabra la tiene España”. El editorial de ‘El Mundo’, por el contrario, hablaba de cesión respecto al Peñón y de cómo la propaganda gubernamental busca conseguir “los efectos que no ha obtenido la diplomacia”. Lo dicho: versiones contradictorias.

Sea como fuere, éxito o fracaso, lo único seguro es que lo del Peñón es de todo menos 'histórico'. Más bien, suena a despropósito e improvisación.

Tras haber cedido Reino Unido en tantas cuestiones a lo largo de la negociación del Brexit, existía en la UE un clima favorable a hacer alguna concesión

El resultado final tiene un regusto amargo. Da la impresión de que, sabedora de que el Ejecutivo actual tiene fecha de caducidad, la Unión Europea no ha atendido a las reivindicaciones de España, que pasaban por una nueva redacción o supresión del artículo 184 del acuerdo de retirada del Reino Unido, y ha preferido hacerle un guiño cómplice a Theresa May. Tras haber cedido Reino Unido en tantas cuestiones a lo largo de la negociación, existía en la UE un clima favorable a hacer alguna concesión política que pudiese suavizar la amarga píldora del Brexit.

Esta ronda, pensaron en Bruselas, la debía pagar España. El Peñón tiene una fuerte carga simbólica para los británicos y la Unión Europea no quería reabrir el melón del acuerdo. Una vez que los artículos 3 y 184 fueron incluidos en el tratado, en la práctica resultaban inamovibles. Forzar una nueva redacción hubiera sido fatal para la inquilina de Downing Street, cuyo futuro político pende de un hilo. Así que uno de los sapos del Brexit se lo ha terminado tragando España. ‘Cosas veredes’.

El negociador de la UE para el Brexit, Michel Barnier, junto a Jean-Claude Juncker y Donald Tusk. (EFE)
El negociador de la UE para el Brexit, Michel Barnier, junto a Jean-Claude Juncker y Donald Tusk. (EFE)

Y es que, lo venda como lo venda el Ejecutivo, la combinación de los artículos 3 y 184 del acuerdo es claramente desfavorable para los intereses de España: el artículo 3 considera, a efectos de aplicación de dicho acuerdo, Gibraltar como parte integrante del Reino Unido (cuando desde un punto de vista constitucional se trata de un territorio de ultramar u ‘overseas territory’), y el artículo 184 recoge un mandato para que la UE y Reino Unido negocien, rápida y eficazmente ('expeditious'), los acuerdos que gobiernen su relación futura.

Con esta argucia, May ha encontrado el resquicio que andaba buscando, de forma que Gibraltar ya no es una colonia sino que forma parte del Reino Unido. O al menos, le ha dado la suficiente ambigüedad al texto como para que pueda interpretarse en este sentido. En un comunicado difundido tras la rúbrica del acuerdo de divorcio, el Gobierno del Reino Unido insistía machaconamente que no había cambiado “ni cambiará” su posición respecto a la soberanía británica de Gibraltar.

Sánchez, especializado en conseguir en la política exterior el protagonismos positivo que se le niega en la nacional, ha patinado con Bernier y el Brexit

Por el contrario, España se queda sin margen de maniobra. La posición estratégica ventajosa que había conseguido el anterior Gobierno (según la cual ningún acuerdo celebrado entre la UE y el Reino Unido sería de aplicación a Gibraltar sin el acuerdo previo entre españoles y británicos) se diluye al 'multilateralizarse'.

El artículo 184 deja claro que será la Unión la que negociará con Reino Unido, sin referencia alguna al necesario consentimiento de España. El estatuto pos-Brexit de Gibraltar ha pasado de tener un régimen decisorio bilateral (España/Reino Unido) a uno multilateral, en el que España pierde significativa influencia y poder decisorio.

Los dos documentos que ha esgrimido el Gobierno de Madrid para justificar su optimismo por lo alcanzado —la misiva enviada por el embajador del Reino Unido ante la UE, Tim Barrow, al Consejo Europeo y la declaración conjunta del Consejo y de la Comisión Europea— no son jurídicamente vinculantes desde el punto de vista del derecho de la UE y además se sustentan en un principio de buena fe que, en esta ocasión, ha brillado por su ausencia.

¡'Bye, bye', Gibraltar! Historia de un despropósito diplomático

Además, aun siendo cierto que la declaración interpretativa de la Unión busca excluir del 184 un sentido de aplicación territorial, no se trata de una declaración a la que se haya sumado Reino Unido, por lo que difícilmente podrá imponerse a la parte contractual británica en el futuro; y la carta de Barrow solo es eso: una carta. De hecho, el nivel de la persona que la firma es de por sí lo suficientemente elocuente acerca del compromiso real del Reino Unido para con España.

Moncloa no estuvo sobre el tema. Desde su llegada al poder, el Ejecutivo de Pedro Sánchez desconectó de las negociaciones. No se dieron cuenta de que el negociador de la UE para el Brexit, Michel Barnier, estaba dispuesto a sacrificar el alfil de Gibraltar para sacar adelante el pacto. La diplomacia española tardó días en percatarse de la redacción del 184 y cuando lo hizo apenas faltaban horas para la cumbre.

El Gobierno sobrerreaccionó amenazando con un veto que no era tal y envolviéndose en una bandera española que en el extranjero luce bien pero que en Cataluña se le queda pequeña. Sánchez, quien se ha especializado en conseguir en la política exterior el protagonismo positivo que se le niega en la política nacional, donde la aritmética parlamentaria apenas le deja margen de maniobra, ha patinado con los ‘brexiters’. Actuó poco, tarde y mal.

La presidenta de Lituania, Dalia Grybauskaité, desvelaba ayer el trampantojo sobre Gibraltar que había llevado a España a levantar el veto. “Normalmente hay, y puedo bromear, trucos: prometemos prometer. Normalmente hacemos lo que prometemos, tarde o temprano”.

Caza Mayor

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