'Postdemocracia' y crisis en la trifulca Sánchez - Iglesias

Si en el siglo XXI hemos avanzado en derechos y libertades, hay elecciones periódicas, plurales, libres, alternancia... ¿Por qué existe semejante desafección y malestar con el sistema político?

Foto: El candidato socialista, Pedro Sánchez, observa cómo el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, se dirige a la tribuna para intervenir en la tercera jornada del debate de investidura en el Congreso el pasado julio. (EFE)
El candidato socialista, Pedro Sánchez, observa cómo el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, se dirige a la tribuna para intervenir en la tercera jornada del debate de investidura en el Congreso el pasado julio. (EFE)

Con la trifulca Sánchez – Iglesias incandescente, en sala de máquinas de Moncloa ya auguran que el presidente socialista sería percibido en unas elecciones "como el líder más preparado para enfrentar cualquier crisis", según 'trackings' internos. Y es que con el horizonte de lío en Cataluña y la desaceleración económica latente, el PSOE quizá se refuerce como la opción institucional frente al caos político. Pero un eventual 10-N nos dejaría esa alegoría que el sociólogo Colin Crouch denomina "posdemocracia", esto es, la degeneración de la democracia representativa.

Para ilustrarlo, Crouch dibuja una parábola: si en el siglo XX hemos avanzado en derechos y libertades, hay elecciones periódicas, plurales, libres, alternancia... ¿Por qué existe semejante desafección y malestar con el sistema político? Ello es preocupante, en tanto que alienta al populismo. Pero parece una ironía macabra en España. ¿Por qué estarán los ciudadanos insatisfechos —con la ingobernabilidad hay un repunte— si en noviembre habremos votado más que nunca, cuatro veces en cuatro años, expresando nuestro sentir político?

Este Gobierno pecó de mostrar la patita, más pendiente ya de la coreografía y la mercadotecnia que del interés general

Lo averiguó el presidente esta semana, grito de la calle, aunque el ciudadano se representara solo a sí mismo: "Levantar España es lo que tiene que hacer, y no reírse de nosotros día a día", le soltó un hombre entre —muy lamentables— insultos. Pero el gritón sublimó lo latente. Este Gobierno pecó de mostrar la patita, más pendiente ya de la coreografía y la mercadotecnia que del interés general. Aunque en Moncloa asumen que todo tiene un límite: "Dentro de cuatro años, lo que se va a valorar son las políticas concretas que hayamos hecho", justifican.

Tanto es así que el propio Crouch concluye que la representación exitosa no solo es el procedimiento de la urna, sino el fondo. De hecho, el riesgo de la 'posdemocracia' es hacer de la democracia una "cáscara formal", al vaivén de la sofisticación del aparato político/partidista (estadística, propaganda...) y los intereses de una minoría. Es más, en 2015 el malestar estalló porque el ciudadano se sentía enajenado del sistema y sin control de la agenda política; lo que Podemos señaló: en manos de una 'casta' política.

Y cómo son las cosas, que Iglesias ahora corre el riesgo de ser parte de esa "élite" partidista (y de sufrirlo en las urnas). Dice "humillados" a sus 3,7 millones de votantes, mientras que su error fue subestimar la supremacía táctica de un PSOE que le ganó la batalla en julio. Un Sánchez que avisó, no habría septiembre. Un presidente que suple el riesgo de "posdemocracia" con mensaje al electorado: puedo absorber las demandas de Iglesias. Ese abrazo del oso de 370 medidas. Ese Sánchez que les azuzaría bajo el canto: "Negaste a un socialista, van tres veces".

Y si los huecos que no se llenan finalmente se ocupan, ¿qué camino le queda ya a una formación política que corre más riesgo que el PSOE en un 10-N? La asunción de la realidad parece el primero: Sánchez no volverá al gobierno de coalición. Y aunque cause resquemor pasado, el dilema es el siguiente: ¿Puede Iglesias aceptar ahora ya menos que en julio?

Y es ahí donde Crouch también aporta en su teoría una reflexión interesante. Parte de la desafección con el sistema viene por la crisis de la "política igualitarista". Es decir, las tensiones de vivir en un mundo globalizado, la política económica, las desigualdades sociales, la tensión con la pertenencia a la Unión Europea, la soberanía de los estados miembros… Buena parte de los elementos que, precisamente, dieron motivo al nacimiento de Podemos y demás movimientos populistas a la izquierda.

Podemos no ha resuelto todavía cuál debe ser su motor de crecimiento en tiempos sin crisis económica: nacieron de ella

Así las cosas, pongamos que vamos a una crisis económica. "Si está en el gobierno, sería corresponsable de los previsibles recortes y ajustes", opinan fuentes del entorno de las confluencias. Y es que Podemos no ha resuelto todavía cuál debe ser su motor de crecimiento en tiempos sin crisis económica: nacieron de ella. Y si se repite, aún tendrían su función en el sistema: capitalizar el malestar, acotando el alcance de las medidas del PSOE desde fuera del Gobierno, o en caso contrario, siendo la oposición y dando voz desde la izquierda.

Pero para ello, la única vía sería rechazar cualquier entrada al aparato del Estado, como ofrece Moncloa. Es el caramelo envenenado del Gobierno a Iglesias. Las posiciones parecen claras, en la lucha fratricida por el espacio de la izquierda. Tanto es así, que si vamos a elecciones y los socialistas repuntasen unos 20 escaños, sería ya de mucho dudar que Pedro Sánchez no intentase, otra vez, gobernar en solitario. La pregunta entonces sería si Ciudadanos o Podemos aceptarán –al fin– su responsabilidad, en vez de alimentar más la "oligarquía de la clase política" (R. Michels).

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