Casado, Rivera y Abascal, ciegos ante el 'tsunami independentista'

Las soluciones que invocan ahora PP, Ciudadanos y Vox frente a los desórdenes públicos y las protestas en Cataluña —155 o Ley de Seguridad— no atajarán sus raíces profundas

Foto: Santiago Abascal, Albert Rivera y Pablo Casado, candidatos de Vox, Cs y PP, en la Fiesta Nacional. (EFE)
Santiago Abascal, Albert Rivera y Pablo Casado, candidatos de Vox, Cs y PP, en la Fiesta Nacional. (EFE)

La derecha no ha entendido nunca la piel del independentismo, y resultado grave de su desconcierto es que en 2017 las urnas burlasen la vigilancia de Mariano Rajoy para montar el 1-O. "La realidad ignorada —decía Ortega— acaba preparando su venganza". Y, de hecho, las soluciones que invocan ahora PP, Ciudadanos y Vox frente a los desórdenes públicos y las protestas en CataluñaLey de Seguridad Nacional, 155, Estado de excepción— siguen en la misma incomprensión del problema y no atajarán tampoco sus raíces profundas.

Pues lo que sublima estos días es que una parte de la base social independentista hace tiempo se ha despegado de sus representantes políticos. El 'procés' cobra vida propia, y ya da por amortizado a sus líderes y a este Govern, al negarse a más actos unilaterales. Las revueltas deben ser vistas no solo como el resultado de una frustración contra el Estado, o la sentencia del Tribunal Supremo, sino también contra una Generalitat que por vez primera no abandera la acción procesista, por miedo a causas penales.

Asistimos así a una ruptura inédita de la correa transmisión que había vertebrado el 'procés' desde 2012. Es decir, cuando la calle presionaba con sus manifestaciones —como la del derecho a decidir de 2012— y los políticos catalanes bailaban al son de estas. Es el caso de Mas (2014) con el 9-N, ya fuera por réditos electoralistas, o por tapar las vergüenzas de Convergencia. Es el caso de Puigdemont (2017), ante el miedo a que ERC le quitase la hegemonía, y a ser llamados traidores si no había declaración de independencia.

Pero esa no es la realidad del Govern de Torra a 2019, por mucho que deba dimitir y convocar elecciones, porque su irresponsabilidad de activista rebase el límite con el corte de carreteras o las condenas tibias, cuando no ausentes, a los actos vandálicos o la violencia.

PP y Cs deberían apreciar que la Conselleria de Interior se coordina a la perfección con los cuerpos de Seguridad del Estado, a diferencia del 1-O

PP y Cs deberían apreciar que, por mucho que Torra gesticule, la Conselleria de Interior se coordina hoy a la perfección con los cuerpos de Seguridad del Estado, a diferencia de 2017, cuando ello saltó por los aires el 1 de octubre. Por tanto, no tendría ningún sentido fulminar ya a todo un ejecutivo catalán como en 2017, o tomar las riendas de un operativo para dar órdenes a los Mossos.

De hecho, el 'desborde' es el nuevo objetivo de un independentismo que ha desarrollado nuevas formas de coordinación para superar hasta a sus propias instituciones. Las poderosas ANC y Òmnium —asociaciones clásicas, con registro— han sido superadas paulatinamente por polos de poder como los CDR, autoocordinados, comunitaristas; siendo estos asimismo rebasados por el 'Tsunami democràtic', marchas y desobediencia callejera, plataforma difícil de encapsular e investigada ya por la Audiencia Nacional.

En consecuencia, que la calle siga movilizándose tras la sentencia revela que la piel del 'procés' no eran solo unos políticos vulnerando la ley. El institucional era otro paradigma: el de Aznar en 1996, cuando intentó incluir a la CiU de Pujol en su gobierno —algo que esté rechazó—. Esos eran otros tiempos, cuando élites aún pintaban algo en la contención del nacionalismo.

De hecho, lamentaba un miembro del govern Mas hace tiempo el "abandono" que decía sufrió la Generalitat con el gobierno Rajoy durante los años de crisis económica. La incapacidad política rompió entonces la lealtad entre sendas administraciones, y el cetro de poder fue substituido en Cataluña por el latido de la calle.

Por tanto, si la derecha quiere contribuir a ser la solución, debería comprender la idiosincrasia real del independentismo. De otro modo, seguirá presa de un análisis estéril y ciego de la realidad, o de un electoralismo desleal. Es obvio que estamos ya en campaña para las elecciones del 10-N: PP, Cs y Vox pugnan, cada uno por su cuenta, para rentabilizar el escenario de caos y manifestaciones, frente a un PSOE que debió calibrar que un contexto de emergencia nacional socavaría sus aspiraciones electorales.

Precisamente, la constatación de que la derecha ve en el asunto una oportunidad electoral fue descrito por Cayetana Álvarez de Toledo. La afilada portavoz lamentó que PP, Vox y Cs no fuesen capaces de coordinarse para las manifestaciones constitucionalistas previstas con varios actos cada uno por su cuenta. Es la búsqueda del perfil propio: los populares, erigirse como garantes del Estado, y Rivera, abrirse un espacio hiperbólico ante el desplome de Cs, que solo hace que alimentar ya a Vox.

Sin embargo, el mismo escenario que ahora hace las delicias electorales de PP, Cs y Vox es el que encontrará Pedro Sánchez tras el 10-N. ¿Se podrá permitir la derecha entonces, y más en concreto al PP, dejar al PSOE solo en manos de Podemos y el independentismo? Será tal vez la pregunta.

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