Carles Puigdemont y la resurrección del 'procés'

La hipótesis de fondo es que el tablero político catalán podría haber sufrido un ligero viraje a la izquierda a lo largo de estos años

Foto: El expresidente catalán Carles Puigdemont y el exvicepresidente Oriol Junqueras en una imagen de archivo de 2017. (Reuters)
El expresidente catalán Carles Puigdemont y el exvicepresidente Oriol Junqueras en una imagen de archivo de 2017. (Reuters)

Carles Puigdemont vuelve este sábado a la carga con su nuevo partido político, que supone una operación para reilusionar y articular a una base independentista desafecta, entorno al trauma de un ‘procés’ derrotado. De un lado, Junts busca acabar con la fragmentación del espacio posconvergente (PDeCAT, la Crida, Junts per Catalunya…), imponerse frente al resto de facciones y centralizar todo el poder entorno al hiperliderazgo de Puigdemont. Del otro, la reordenación de las filas de la vieja Convergencia supone un nuevo movimiento estratégico en la lucha sin cuartel con ERC por la hegemonía del independentismo.

De ese modo, Puigdemont se ve ahora con más necesidad que nunca de aglutinar un partido de estructura orgánica estable, ante el advenimiento de un nuevo escenario político en Cataluña. Con los permisos de libertad concedidos a los presos, su electorado empieza a superar la fase de 'shock' que le supuso el juicio al 1-O. Eso marcará un punto de inflexión en el medio plazo, pese a que los 'exconsellers' sigan inhabilitados, o el Tribunal Supremo les revoque el tercer grado. Puigdemont se lanza así a superar la provisionalidad de la lista Junts per Catalunya, que a la postre sólo sirvió circunstancialmente para imponerse a ERC en los comicios celebrados al amparo del 155 en 2017.

En segundo lugar, se empieza a creer que la paulatina distensión del conflicto llevará pronto a la base independentista a exigir una nueva hoja de ruta a sus dirigentes. Los partidos del ‘procés’ (ERC, Junts) se verán frente a ese desafío peliagudo. Los republicanos apuestan por el diálogo y hasta ahora, la clase política se mantenía disuadida de cualquier acción unilateral por el temor a más penas de prisión. No es de esperar en absoluto que se regrese a una pantalla rupturista como la de 2017. Ahora bien, una parte del independentismo ha mostrado su frustración al respecto, unas veces increpando a Torra, otras veces mediante acciones como las de Tsunami Democràtic, o incluso, con los hechos vandálicos de la Plaza Urquinaona el otoño pasado. Cierta base social se despegó de los líderes, y se revolvió contra ellos acusándoles de inacción. Moncloa, por su parte, tampoco cederá ahora ante un referéndum de independencia. A lo sumo, la pretensión del presidente Pedro Sánchez podría pasar por la votación de un Estatut.

Tercero, con las elecciones autonómicas en el horizonte, el líder de Junts necesita ofrecer a las bases algo que mantenga su liderazgo en el foco durante largo tiempo. Oriol Junqueras se muestra dispuesto a ganar la batalla mediática, e incluso, ofrece ya entrevistas en TV3 durante los permisos penitenciarios. Frente a eso, Carles Puigdemont mantiene su escaño en Bruselas, pero no puede volver a España, y ha publicado el libro M’explico, junto al periodista Xevi Xirgo, donde narra los hechos entorno al referéndum, dejando no muy bien parado al líder de ERC.

Pese al magma contextual, el proyecto de Puigdemont busca una permanencia en el largo plazo, que permita ir echando raíces orgánicas más sólidas. Pasado por el túrmix del nuevo marco independentista, la pretensión es soñar con la hegemonía de la vieja CiU. El soberanismo parte de la creencia de que un catalanismo al estilo de los años 90 no volverá a ser hegemónico. Ese paradigma se asienta además sobre la idea de que formaciones como el nuevo Partit Nacionalista Català (PNC) de Marta Pascal, o la vieja Unió, coaligada con el PSC en 2017, no lograrán representación por su corte posibilista.

En ese sentido, la ideología que adoptará el nuevo partido de Puigdemont es una de las cuestiones de mayor significación a largo plazo. Desde 2015, ha habido un debate implícito sobre si el espacio posconvergente debía acercarse a un electorado más de izquierdas, o mantenerse en una derecha de centro liberal. El PDeCAT ha parecido más cercano a la segunda tesis ­–pese a que algunas voces sostienen que esa sería una opción minoritaria-. La hipótesis de fondo es que el tablero político catalán podría haber sufrido un ligero viraje a la izquierda a lo largo de estos años. Por ejemplo, parece haber calado un mantra de ERC, relativo a establecer una asociación entre la idea del ‘Estado propio’ con la idea de un ‘Estado social’, tras el escenario de recortes en 2012.

Precisamente, a las puertas de la crisis económica post-Covid 19, se abre una ventana de oportunidad en esa línea, aunque con aires más populistas. En la propia web de Junts, se menciona lo siguiente: “Sin justicia social y una igualdad de oportunidades efectiva la libertad personal se convierte en inalcanzable”. Más adelante se habla de “las desigualdades sociales”, o “el progreso económico socialmente inclusivo y ambientalmente sostenible”. “Por eso necesitamos las mejores herramientas al servicio del bienestar de todos, sin exclusiones”, añade. De hecho, la principal crítica del PDeCAT a Puigdemont es que este habría dado un giro a la izquierda.

Protesta por la liberación de Oriol Junqueras. (EFE)
Protesta por la liberación de Oriol Junqueras. (EFE)

Ahora bien, todo hace indicar que Puigdemont brujuleará entorno a ese flanco, aunque en la práctica, la pretensión sea mantener la transversalidad ideológica. Es decir, pivotar en esencia sobre el eje nacionalista-independentista, antes que sobre cualquier noción izquierda-derecha. De fondo, se asume que si el conflicto territorial sigue en el centro y se cristaliza como 'leitmotiv' del partido, se lograrán lastrar las pretensiones de ERC. Es decir, la voluntad de los republicanos de regresar a un nuevo marco posibilista con PSOE-Podemos, de ser la fuerza estratégica que pacte con Moncloa, al estilo de una Nueva Convergencia. Lo que parece improbable es que algún miembro de Junts se arriesgue a acabar en el banquillo del Supremo.

Asimismo, es probable que el nuevo Junts busque algún guiño de crítica a la ‘partitocracia’. Tras el 1-O, empezó a calar un relato entre algunos sectores más hiperventilados sobre echar la culpa a los partidos del fracaso del ‘procés’. De hecho, se dieron iniciativas políticas como la de Primàries que buscaron superar la lógica del partido político, o se especuló con que la ANC pudiera llegar a actuar como partido. Curiosamente, el president de la cambra de Comerç, Joan Canadell, y uno de los más fervientes apoyos de Puigdemont –hasta sonaba para liderar su lista– llegó a deslizar la siguiente perla sobre Marta Pascal en una entrevista, hace semanas: “Hay gente que quiere vivir de la política, pero no tiene proyecto”. Carles Puigdemont, y la nueva pantalla del ‘procés’.

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