Tras la semana del gran dolor

El referéndum celebrado el uno de octubre ha puesto de relieve las divisiones, luchas e incluso miserias del independentismo

Foto: Mossos d'Esquadra protegen el Parlament de las personas que se han concentrado a sus puertas tras la manifestación convocada este lunes 1 de octubre. (EFE)
Mossos d'Esquadra protegen el Parlament de las personas que se han concentrado a sus puertas tras la manifestación convocada este lunes 1 de octubre. (EFE)

Creo que fue a Carlos Solchaga al que por primera vez oí esta frase sobre la economía. Cuando la marea es alta (hay expansión) no se ven las rocas (los graves problemas), pero cuando la marea baja, surgen de repente, con gran relieve, todo tipo de rocas, incluso las más estrambóticas. Los problemas, embalsados, tapados u olvidados, quedan al desnudo.

En el Mediterráneo no hay mareas, pero en Cataluña esta semana ha llegado la marea baja del secesionismo y con gran estrépito y de forma descarnada han explotado todas sus divisiones, luchas intestinas e incluso miserias. Este es un calendario algo detallado de la semana de dolor del separatismo.

Seis incidentes que ponen de relieve que el secesionismo puede estar entrando en un periodo de descomposición

PRIMERO, el sábado 29 los Mossos tiene que reprimir y disolver a un grupo de CDR que querían impedir una manifestación de policías españoles por el centro de la ciudad. Hay cargas y algún herido. El incidente es grave porque sigue al desalojo por los Mossos los días anteriores de un grupo de los CDR que habían instalado tiendas de campaña en la plaza de San Jaume, frente a la Generalitat y al ayuntamiento. Los acampados juraban no irse hasta que Cataluña fuera independiente y el 'president' Torra les había visitado y alentado. Arran, la organización juvenil de la CUP, hizo circular un cartel en el que se ve al 'conseller' de Interior, Miquel Buch, vestido de guardia civil —tricornio incluido— y se le acusa de colaborar con el fascismo y las fuerzas de ocupación. Cisma pues entre la Generalitat y los grupos radicales (CDR, CUP y cúpula de la ANC).

Tras la semana del gran dolor

SEGUNDO, el lunes 1 se celebra el tan jaleado aniversario del 1 de octubre del 2017 (el referéndum ilegal de autodeterminación reprimido por las fuerzas de seguridad). El independentismo oficialista, los que mandan en la Generalitat, busca dar gran relieve a las efemérides y el Consell Executiu se reúne en San Juliá de Ramis, pequeña localidad próxima a Girona, donde el entonces presidente Puigdemont tenía planeado votar y no pudo hacerlo.

El 'president' Torra —un agitador cultural nacionalista sin experiencia política que actúa de esforzado vicario de Puigdemont— quiere recuperar los puentes con los radicales y en su discurso afirma: "los amigos de los CDR aprietan y hacen bien en apretar".

En las horas siguientes los radicales monopolizan la protesta. Cortan el AVE en Girona y ocupan unas dependencias de la Generalitat en esa ciudad. Cortan la autopista del Mediterráneo a la altura de Vandellós, cerca de la central nuclear. Intentan invadir la Bolsa de Barcelona para mostrar su rechazo al capitalismo (al día siguiente la edición impresa del 'Financial Times' les dedica una columna en su portada)… Al caer la tarde una parte de la manifestación (numerosa pero nada que ver con las del año pasado) se dirige a la sede del Parlament en el Parc de la Ciutadella, rompen las vallas de contención y asedian e intentan forzar la puerta de entrada que, 'in extremis', ha sido cerrada desde el interior.

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La tensión se dispara entre la Generalitat y los radicales que ya piden descaradamente no la dimisión de Buch, un político sin demasiado relieve, sino del propio Torra.

Y sube también el mal rollo entre los 'mossos' y los mandos de Interior que durante la jornada han priorizado el criterio político —evitar conflictos con los radicales— al policial o profesional de prevenir las situaciones de riesgo y atajar los desórdenes. Lo sucedido en las puertas del Parlament y ante la jefatura de la policía española alarma a los sindicatos de 'mossos' que se quejan de graves fallos en el operativo.

TERCERO, el martes 2 el 'president' Torra comparece en el Parlament, que ha estado cerrado por disensiones internas del oficialismo (JxCAT y ERC) desde el 18 de julio, para abrir el debate anual de política general (el estado de la nación español). Torra es consciente de que el 1 de octubre, que debía subrayar las miserias del Estado español, ha consagrado el cisma dentro del independentismo entre oficialistas y radicales e intenta superar el fracaso con otra huida hacia adelante, un ultimátum al Gobierno: si en octubre Pedro Sánchez no presenta un oferta de algo similar a un referéndum de autodeterminación, el independentismo no le garantizará la estabilidad parlamentaria. O sea, intentará derribarle.

Tras la semana del gran dolor

CUARTO, el problema es que con el PDeCAT y ERC solo había hablado de meter presión a Sánchez, nada de un ultimátum. Se evidencia enseguida —y en el pleno del día siguiente— que Torra se ha quedado casi solo (no se sabe si apoyado por Puigdemont) al lanzar de forma pública y retadora un ultimátum que el Gobierno socialista solo pude rechazar. Hay indignación, contenida "ma non troppo", en el PDeCAT (sobre todo el grupo parlamentario en Madrid), ERC, e incluso entre asustados del puigdemontismo. ¿Qué ganaríamos haciendo caer a un gobierno que quiere negociar algo, aunque rechace lo del referéndum, y que de alguna forma ha dicho que la prisión provisional de los presos es excesiva, corriendo además el riesgo de que la Moncloa sea ocupada por el tándem Casado-Rivera (o Rivera-Casado) que hablan de ilegalizar a los partidos independentistas (como Aznar hizo con Batasuna pero cuando ETA mataba) y de aplicar un 155 sin complejos, no como el de Rajoy?

Con gran rapidez Isabel Celaá, la ministra portavoz, afirma que el gobierno no admite el ultimátum, que Torra no tiene que esperar un mes porque la respuesta es no, y que el Gobierno sigue apostando por el diálogo dentro de la ley.

La noche del miércoles Torra escribe a Pedro Sánchez sugiriendo el encuentro en Barcelona que se había pactado en junio y no hace ninguna referencia al ultimátum. Moncloa contesta: no es el momento adecuado. Desolación total en el independentismo oficialista y en la militancia. ¿Cómo lo podemos estar haciendo tan mal?

QUINTO. Pero todavía no se había llegado a lo peor. El pleno del jueves 4 no se pudo celebrar porque antes había que decidir qué se hacía con el voto de los seis diputados (Puigdemont y Junqueras entre ellos) que el juez Llarena había inhabilitado provisionalmente al estar procesados por rebelión. El oficialismo había encontrado la solución. El Pleno diría, alto y fuerte, que no se aceptaba la inhabilitación —aunque estos diputados ya no cobran sus salarios— pero luego haría que delegaran su voto. Se decía que no, pero luego se cumplía para evitar males mayores. La moción pactada ya era absurda porque esta vez Llarena había sido prudente, incluso exquisito: para no alterar la mayoría parlamentaria los diputados suspendidos podrían delegar su voto en un diputado suplente provisional.

La ministra portavoz Isabel Celaá. (EFE)
La ministra portavoz Isabel Celaá. (EFE)

Pero no. A JxCAT no le dio la gana –es literalmente así— cumplir el pacto con ERC que ya era bastante "rebelde" y por el que Inés Arrimadas y Cs amenazaban al presidente del Parlament, Roger Torrent, con una querella criminal. Algunos en ERC susurran que lo que se pretende por parte de un sector de JxCAT es la inhabilitación de Torrent que podría ser el candidato a presidente de ERC. O en todo caso a desprestigiarlo como un 'acollonit' (acojonado).

Lo más grotesco es que esta discusión barroca y teológica como sobre incumplir una orden del Supremo y, al mismo tiempo, acatarla, provocó una escandalosa suspensión del Pleno durante cinco horas. Al final se llegó a un pacto tejido con alfileres que encontró entonces la oposición de los servicios jurídicos del Parlament. La Mesa hizo caso omiso y avaló el pacto, pero no se reanudó el Pleno que finalmente parece que tendrá lugar este martes.

Durante el día circularon todos los rumores, incluido el de la ruptura del pacto oficialista y la caída del Govern. Lo que pasó no se puede racionalizar. Solo se explica por una desconfianza máxima entre JxSí y ERC y por una actitud supercelosa de Puigdemont que ve como traición todo lo que pueda ser un obstáculo a su tarjeta de visita de presidente legítimo de Cataluña en el exilio. Y parece que en este incidente tuvo protagonismo el vicepresidente del Parlament, Josep Costa, al que algunos califican de intratable (está enfrentado al otro diputado de JpC de la mesa) y de "más puigdemontisa que Puigdemont". ¿Un Robespierre catalán?

Quim Torra. (EFE)
Quim Torra. (EFE)

SEXTO, pero el viernes, tras la tempestad llegó una cierta calma. Una comparecencia conjunta del 'president' Torra y el vicepresidente Pere Aragonès (ERC) lanzó el mensaje de que los dos partidos oficialistas se habían conjurado para mantener el actual gobierno hasta la sentencia del Tribunal Supremo. La rueda de prensa resultó muy forzada y aunque pretendieron aparentar sintonía, la extrema medición de las palabras revelaba discrepancias. Sobre el famoso ultimátum Torra lo ratificó, pero con la boca no pequeña sino pequeñísima. Y Aragonès aclaró que el independentismo no iba a dar nada gratis. A los dos partidos oficialistas solo les une la necesidad de detentar el poder y el presupuesto, y la expectativa de que —tras una dura condena del Supremo— puedan convocar elecciones e incrementar su mayoría. ¿Solo les unen los presos y la estrategia diseñada pasa por que el Supremo dicte una dura condena? Parece surrealista, pero el disparate en el que se ha instalado el independentismo es de tal calibre que puede ser verdad.

La versión libre del viejo cuplé dice que por el humo se sabe dónde están los múltiples fuegos o, como mínimo, se puede empezar a intuir

¿A qué se debe pues la grave crisis del independentismo que el mucho humo lanzado esta semana certifica sin ninguna clase de duda?

Hagamos una rápida síntesis. Desde hace años hay una dura lucha dentro del independentismo para hacerse con su control y ocupar el poder en solitario. Artur Mas quiso apropiarse de la bandera independentista, que era mas de ERC que de CDC, porque pensó que así podría mantener el poder de la Generalitat de la que un tripartido de izquierdas poco avenido —PSC, ERC e ICV— había expulsado al pujolismo de la Generalitat en el 2003.

Y la lucha entre el aparato de la CDC tradicional (Artur Mas) y de ERC (Junqueras) ha sido sustituida ahora por un combate entre tres aparatos, el de ERC (Junqueras que manda absolutamente desde la prisión), el del PDeCAT algo paralizado por JxCAT y Puigdemont (David Bonvehí, Marta Pascal y los diputados en Madrid) y el emergente-caótico de Puigdemont y su diversa 'troup'. A más aparatos luchando por el poder y la legitimidad, mayor jaleo.

El expresidente catalán Carles Puigdemont. (EFE)
El expresidente catalán Carles Puigdemont. (EFE)

Una segunda división parte a los que están tentados por seguir en el rupturismo (sin saber como romper) encabezados por Puigdemont, y los que sienten la tentación pragmática, hacer de la independencia el programa máximo pero buscar un programa mínimo para gobernar. Aquí estaría gran parte del PDeCAT y ERC, pero son prudentes porque parte del electorado está aún en el maximalismo y no quieren ser acusados de timoratos. Tampoco quieren romper con Puigdemont porque entonces se quedan sin mayoría y temen además que el Estado español no ponga agua en la piscina. Y sin agua en la piscina y con una sentencia dura del Supremo, la oferta electoral victoriosa solo pueda ser la maximalista.

El secesionismo revisionista está frenado por el temor a una sentencia dura del supremo que daría ventaja electoral al maximalismo

El tercer factor que perturba al independentismo es que la estrategia de los últimos años acabó en una seria derrota cuando la independencia fue contestada por el Estado con el 155 y el 155 encontró casi nula resistencia. La derrota genera frustraciones y divisiones. Pero en parte el sentimiento de derrota quedó suavizado por la victoria electoral del 21-D, pero esa victoria también complica las cosas. Tras la derrota puede venir la rectificación. Pero cuando tras la derrota del 27-0 vino la victoria del 21-D, rectificar es mucho más difícil. El independentismo ganó (con un 47%) el 21-D reivindicando la derrota del 27-O. Es complicado ir contra lo que tus electores han comprado (aunque sea a medias), que se había perdido una batalla pero que el independentismo nunca había llegado tan lejos en la lucha de liberación nacional contra una democracia postfranquista de baja calidad.

El cuarto punto es el 155 suave de Rajoy y la política de desinflamación de Pedro Sánchez. Si tras la derrota del 27-O todo hubiera sido represión, el independentismo habría estado obligado a la línea dura con la única esperanza en la rebelión o en, algún día, ganar unas elecciones —las que fueran— porque el Estado español depende de los resultados electorales y Cataluña tiene que votar. Quizás no en unas autonómicas (si se proscriben indefinidamente) pero sí en las municipales o legislativas. Algunos historiadores recuerdan que la II República se proclamó tras unas municipales.

Pero el 155 fue suave porque Rajoy convocó elecciones (otra cosa es la respuesta judicial que está más influida por el 27-O que por el 155), las instituciones vuelven a funcionar tras una elección democrática y Pedro Sánchez ofrece una negociación y una posible tercera vía consistente en un referéndum para votar el autogobierno, otro Estatut. El independentismo pragmático está lejos de aceptar la vía estatutaria que declaró muerta tras la sentencia del 2010. Pero tampoco puede rechazar totalmente la zanahoria si sabe que lo mejor que le puede pasar durante unos años es gobernar una CCAA. Una autonomía no puede ser gobernada enfrentada cada día al Estado. La tentación de la zanahoria-plus (negociar la zanahoria para obtener más), está ahí. Y naturalmente esta opción —que si la desinflamación ambiental prosigue— podría ser aceptada por una parte del electorado secesionista (que volvería así al catalanismo tradicional) provoca la irritación de los maximalistas y los hiperventilados. Para ellos, el independentismo no puede perder la ventana de oportunidad que se abrió en el 2014 con el referéndum de Mas y se "consagró" el 1 de octubre del 2017.

Tras la semana del gran dolor

Lucha a veces brutal de aparatos que se pelean por el poder (también pasa en España entre PP y PSOE y los nuevos partidos), derrota total el 27-0 a manos del 155 de Rajoy mitigada por la victoria electoral del 21-D, divisiones internas en el oficialismo independentista sobre maximalismo o pragmatismo, guiños y alianzas puntuales contra la tentación pragmatista entre el oficialismo maximalista y los tres grupos radicales (CDR, CUP y ANC), tentación por la zanahoria de Pedro Sánchez (o por arrancar una zanahoria plus) cuando se ha llegado a la conclusión de que, al menos a corto, la independencia es imposible… Ese es el laberinto sin salida de éxito (el Estado independiente) en el que está atrapado el separatismo.

El separatismo ha topado con sus límites. La democracia española con el 47% y le conviene más la zanahoria que el palo y tentetieso

En esta situación, España tiene mucho que decir. ¿Opta por una laboriosa y larga salida a través de la desinflamación y una complicada negociación, o prefiere que la crisis institucional se cronifique y se pueda agravar porque cree muy improbable que acabe con la ruptura del Estado? Cuando se tiene en contra el 7% o el 14% de la población de un territorio que representa el 16% de la población y el 19% del PIB, se puede creer que la mano dura, si es preciso poco compasiva, acabará resolviendo el conflicto. Constitución, fuerza y cierra España. Cuando se ha llegado —por lo que sea— a tener soliviantado en tres elecciones sucesivas (2012, 2015, 2017) al 47-48%, priorizar la mano dura (el 155 hasta que sea necesario y sin los complejos de Rajoy, que es por lo que parecen apostar Casado y Rivera) quizás no sea suicida, pero si tiene el riesgo de convertir la inestabilidad en una nueva normalidad. La zanahoria y la seducción (es lo que el conservador Cameron y el laborista Gordon Brown hicieron cuando el referéndum de Escocia) puede ser más operativo e inteligente.

Tiene el inconveniente —eso sí— de que vestirse de lagarterana puede ser tabú para los que —dentro y fuera de Cataluña— se sienten muy agraviados por los indudables excesos del independentismo. Fuera, por el intento de ruptura del Estado sin respetar la Constitución y el Estatuto de autonomía. Dentro, por haber considerado poco menos que traidores o malos catalanes a los que no suscribían la tesis de que Cataluña no podía ser rica y plena dentro de España, que en el momento más agudo de la ruptura emocional eran algunos más —quizás no muchos— que el 47% que confundían independencia y tierra prometida.

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