La tentación de Pablo Casado

Ganar enarbolando el 155 —un artículo para situaciones excepcionales— es poco razonable y puede acabar siendo mortal

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, acompañado del expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, acompañado del expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar. (EFE)
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Faltan todavía unos meses (quizás hasta un año) y todo va a depender del resultado de las europeas, autonómicas y municipales de mayo. Pero Pablo Casado, que ha demostrado mucha ambición y pocas manías, debe tener ya un plan para “echar al okupa de la Moncloa” (definición de Isabel Díaz Ayuso, su candidata para presidir la Comunidad de Madrid).

La vida está llena de paradojas. El PP perdió mas votos que el PSOE en las elecciones andaluzas, y además su candidato era un 'sorayo', pero el ganador fue Pablo Casado. La clave es que supo tocar todas las teclas para —sin complejos— obligar a Cs y a Vox a votar al candidato del PP. Aunque fuera con dos pactos diferentes y aunque Albert Rivera (algo mustio porque Cs ganó muchos votos mientras el PP bajaba, pero no logró el ansiado sorpaso) dijera que el pacto de sus dos socios, PP y Vox, para la investidura ni lo había leído porque era papel mojado.

En términos de 'realpolitik', Casado fue el ganador en Andalucía, y la prueba la vimos en la convención del PP del pasado fin de semana. Los recelosos de Casado —que los hay y muchos— estarán callados como mínimo hasta después de las elecciones de mayo.

Todo está bien (para Casado), pero sabe que cuando Pedro Sánchez convoque, tiene que llegar a la Moncloa. Como sea. No debe encontrarse como Aznar, que solo llegó en el 96. A la tercera intentona. Vivimos tiempos más líquidos y la impaciencia de los 'compañeros de partido' ha crecido mucho.

El objetivo es que en las próximas elecciones generales el PP sea con claridad el primer partido de la derecha

Casado tiene pues un plan A para llegar a la Moncloa —que no debe ser el único—, pero que tiene mucho peligro. Es proyectar en España lo sucedido en Andalucía y lo que dicen las encuestas sobre las próximas legislativas. Y sacar las conclusiones.

Lo que pasó en Andalucía es que el PP bajó, y el sesgo se mantiene para las legislativas. En la última encuesta conocida, la de ayer de '20 Minutos', que no se aparta de la tónica general, el PP cae del 33% en 2016 al 19,1% (aunque vuelve a superar a Cs). Casado tiene que trabajar con ese esquema y llegar a la Moncloa. Y cree que puede.

En efecto, en la encuesta citada (de forma similar a otras anteriores), la izquierda baja. En este caso, del 43,8% al 40,8%, no por el PSOE, que sube un punto, sino por Podemos. Pero la derecha parlamentaria cae todavía más, ya que el desplome del PP no es compensado por el alza de Cs, y así pasa del 46% al 37%. Pero, ojo, con el PP, pese a todo, un poco por encima de Cs.

Y entonces, si sumamos a este triste 37% de PP y Cs el 12% de Vox, llegamos al 49%. Mayoría absoluta casi segura. No es un escenario ideal para Casado, pero puede llevarle a la Moncloa con algunas condiciones. La primera es que el PP sea el primer partido de la derecha, para lo que —según sus asesores de Génova— debe fijar bien el electorado de derecha-derecha, aunque pierda algo por el centro. Lo esencial es quedar el primero de la derecha, y para ello Vox no debe crecer más, aunque ello implique plagiar algunos de sus tics. Si Vox crece demasiado, Cs, que no está muy lejos, lo podría superar y entonces frenar la ambición de Albert Rivera sería muy difícil. Aunque Vox intentaría vengarse de lo del 'papel mojado'.

El programa debe ser simple y radical para que ni Vox ni Cs puedan negarle los votos. Por eso, venderá el 155 como el remedio a todos los males

Una vez confirmado como el primero de la derecha, aunque Pedro Sánchez le adelantara algo, como dicen las encuestas, la clave es que la suma del PP con Cs y Vox tenga la mayoría absoluta y que ninguno de estos dos socios necesarios le pueda negar el apoyo. ¿Cómo conseguirlo? Con el programa-programa-programa, que decía Anguita. Que Adolfo Suárez Illana —que siempre viste bien— encargue papeles respetables. Pero el programa real debe ser simple y contundente (a lo Trump o a lo Isabel Díaz Ayuso): más libertad económica y menos impuestos (repetido hasta la extenuación), orden público y estabilidad frente a los desórdenes de los socialistas y de sus pintorescos socios y, 'last but not least' (lo último pero no lo menos relevante), defensa acérrima de la amenazada unidad nacional y promesa (machaconamente repetida) de otro 155 duro y por tiempo indefinido a la separatista Cataluña para acabar con la crisis nacional y las ofensas a la bandera española. Hasta Felipe VI hizo bandera de la bandera en la Pascua Militar. ¿Qué atrevido de Vox o de Cs le va a negar la investidura con este grito de combate si hasta el PSOE de Extremadura ha tenido que votar —no por convicción sino por no dar ventaja de partida al PP— a favor de otro 155 inmediato?

El gran problema es que un 155 duro y por tiempo indefinido es una casi suspensión de la autonomía catalana que seguramente es inconstitucional, que crearía inmediatamente problemas en Euskadi y que generaría inquietud en bastantes fuerzas políticas e instituciones europeas. Una cosa es combatir el peligro de la creación de nuevos estados nacionales y otra aplastar a un Lander rebelde.

Al revés de lo que dice la sabiduría convencional de Madrid, otro 155 puede dar unidad y nuevo empuje al independentismo, hoy muy fraccionado

Con todo, el mayor problema estaría en la misma Cataluña. Los independentistas suman el 47%, pero los contrarios a una España unitaria y centralista y a descafeinar o liquidar la autonomía (que Adolfo Suárez bendijo trayendo a Tarradellas ya antes de la Constitución) pueden ser muchos más. En especial, en las clases dirigentes.

Ahora, el independentismo está a la defensiva porque el cauteloso 155 de Rajoy (elecciones en 55 días) demostró que no tenían la fuerza —ni el reconocimiento internacional— que presumían. Además, la desinflamación de Pedro Sánchez puede ser una vía de escape para muchos catalanistas que —excitados por Artur Mas y los garrafales errores del nacionalismo español— han asumido las tesis independentistas. Y la guerra interna entre Puigdemont y ERC es tan fuerte (ver mi artículo del domingo) que puede llevarse todo por delante. ¿Sería inteligente dar más motivos al catalanismo para radicalizarse y volverse a unir? Enrique IV, que era protestante y rey de Navarra, dijo aquella inteligente frase: “París bien vale una misa”. ¿La Moncloa merece todo, aunque sea a costa de exacerbar la desafección catalana que ya denunció José Montilla, catalán nacido en Andalucía, antes de la sentencia del Constitucional?

 El expresidente del gobierno Mariano Rajoy y Pablo Casado. (EFE)
El expresidente del gobierno Mariano Rajoy y Pablo Casado. (EFE)

¿Y qué pasaría en las siguientes elecciones catalanas? Si el 155 de Rajoy (más las prisiones sin fianza —otra cosa eran los procesamientos— de los dirigentes independentistas) sirvió para que, pese al ridículo mayúsculo de la fuga al extranjero de Puigdemont como única medida tras la declaración de independencia, el secesionismo ganara las elecciones del 21-D de 2017, ¿qué pasaría ahora?

Algún temerario dirá que la responsabilidad (el miedo de la letra con sangre entra) hará milagros. Y algún irresponsable soñará con un ministro del Interior que, como Salvini, se aficione a disfrazarse con la chaqueta de algún uniforme de la fuerza pública.

Los más calculadores dirán que el problema no existe. Con la autonomía suspendida por tiempo indefinido, no habrá elecciones autonómicas. Asunto resuelto. ¿Tampoco habrá elecciones municipales en Barcelona y en los 900 ayuntamientos catalanes?

Si los dos tercios de los 47 diputados que Cataluña envía al Congreso asumen un programa independentista, el problema será aún más grave

Quizá pueda hacerse a un coste inmenso para la democracia española. Pero los catalanes seguirán siendo ciudadanos españoles y tendrán derecho de voto en las elecciones legislativas. ¿Se privará a los catalanes, o a los fichados como independentistas o partidarios de la tercera vía, el ejercicio al derecho de voto? Parece complicado. ¿Y si tras el Gobierno de Casado —quizás antes de cuatro años— las dos terceras partes de los 47 diputados que envía Cataluña al Congreso de los Diputados son independentistas o indignados con el golpe a la autonomía que —como ya es tradición— calificarán de 'golpe de Estado'? Y podría pasar algo similar en los ayuntamientos.

Pablo Casado tiene todo el derecho a querer recuperar la Moncloa —el cemento ideológico del PP tanto con Aznar como con Rajoy—, pero no debe caer en los errores de las campañas anticatalanas (por ejemplo, la de pedir que el Estatut se votara en toda España, que por cierto es anticonstitucional) ni menos en apelaciones continuas al 155. Algunos independentistas cerriles quizá se lo merezcan. Pero la democracia española del 78, concretada en la Constitución en cuya ponencia participaron Manuel Fraga, Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez-Llorca, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón, Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé Tura y Miquel Roca (dos catalanes sobre siete), desde luego no.

Pablo Casado no debe caer en la tentación del 155. Aznar, cuando llegó al poder, optó por pactar con Jordi Pujol y decir en TV3 que hablaba algo de catalán en la intimidad. Y Jordi Pujol, pensara lo que pensara (la mente es libre), mientras tuvo responsabilidades políticas actuó siempre de forma responsable. No es ya que el 'ABC' (el de Luis María Anson, no el de los vascos de Neguri) le hiciera 'español del año'. Es que en el caso Barrionuevo actuó con más sentido de Estado —el que también se defiende desde las cloacas, González 'dixit'— que algunos políticos del PP que solo querían echar a Felipe González de la Moncloa.

La tentación del 155 como eslogan electoral, que después habría que cumplir para mantener el apoyo de Vox y las expectativas levantadas, no solo es una grave irresponsabilidad, sino que puede ser mortal.

Llegados a este punto, algún analista de FAES podrá decir que más irresponsable (y estúpido) fue que el independentismo pretendidamente moderado (el de Artur Mas) hiciera campaña con la promesa de que Cataluña sería independiente en 18 meses (que ya han pasado). Tendría razón. No bastante, toda. Excepto en una cosa. Quien debe mantener y gobernar un Estado tiene más obligaciones y debe pensar más a largo que los que solo lo quieren partir.

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