Convención republicana y discurso de Trump: alta fragilidad

La designación del magnate como candidato a presidente de los Estados Unidos supone en la práctica el colapso del Partido Republicano. La expansión de esta antipolítica guarda similitudes con una plaga

Foto: Donald Trump durante su discurso el día del cierre de la Convención Republicana (EFE)
Donald Trump durante su discurso el día del cierre de la Convención Republicana (EFE)

La convención republicana ha terminado. Así que les propongo que nos sacudamos el confeti de los hombros y aparquemos lo que resulta más llamativo. El factor hortera.

En el fondo no es tan excepcional, veremos cosas parecidas en el inminente encuentro demócrata. Es su sentido del espectáculo, son así.

Vayamos al hecho consumado. Porque la designación de Trump como candidato a presidente de los Estados Unidos, supone en la práctica el colapso del Partido Republicano.

Conviene recordar que el proceso comenzó antes:

Sin la ansiedad que ha generado la crisis en la clase media norteamericana no se habrían dado las condiciones necesarias para estar donde estamos.

Sin el surgimiento del 'Tea party' y la retórica de los medios de comunicación ultraconservadores, la degradación no habría llegado hasta este punto.

Y sin la torpeza extrema de los dirigentes republicanos podía haberse contenido el virus.

En el fondo, esta propagación -como ocurre con cualquier movimiento antipolítico- guarda parecidos razonables con la expansión de una plaga. Primero el caldo de cultivo, después el deterioro de los hábitos sociales, el abandono de la higiene pública.

Creo que esta convención tiene bastante que ver con eso. Venimos de ver como la mayor parte de los cirujanos de ese partido han contribuido a la infección. Se han lavado las manos después de haber operado chapuceramente y no antes.

El grueso del 'establishment' republicano se ha retirado en Cleveland, hubo alguna turbulencia pero llevada a cabo por actores de reparto.

A la hora de la verdad, los referentes orgánicos ni siquiera han intentado nada. Su ausencia solo ha servido para evidenciar la degeneración de los códigos morales del partido.

Porque su vacío se ha llenado con todos los Trump, todos a todas horas y en todos sitios. Y esa dinastía de culebrón no casa muy bien con la clásica familia americana.

El culto a esa imagen tradicional como bastión moral del país puede parecernos menos relevante en términos políticos a este lado del Atlántico, pero les aseguro que no es un asunto menor para las familias que salen cada domingo de las iglesias en Utah y votan republicano cada cuatro años. El cortocircuito debe ser serio.

El caso es que que solo los líderes que tienen aspiraciones para las primarias de 2020 han dado la cara. Paul Ryan se limitó exactamente a eso. Quería visibilidad, subió al escenario, habló y se bajó sin disgustar a nadie.

Y Ted Cruz hizo una inversión bastante más costosa. Generó expectación durante las semanas previas al no aclarar si acabaría respaldando a Trump. Concentró la atención y no apoyó a su adversario. Muchos le abuchearon pero nadie le ignorará a partir de ahora, especialmente si Hillary Clinton alcanza la victoria el próximo noviembre.

Es probable que esa llamada a “votar en conciencia” sea bastante más recordada dentro de unos años que el plagio descarado de Melania al discurso de Michelle Obama.

De hecho, no puede descartarse que ese minuto de Cruz tenga más espacio en la memoria colectiva norteamericana que la propia intervención del candidato republicano. Aunque no debería ser así. ¿Por qué?

Porque el discurso de Trump contiene las palabras más peligrosas dichas por alguien con opciones reales de ser presidente de los Estados Unidos. Y precisamente por eso no tendría que ser olvidado, no ya durante las próximas semanas, sino por las siguientes generaciones.

El nacionalismo conjugado en la convención de Cleveland es muy distinto al patriotismo que siempre ha enmarcado la vida pública de los Estados Unidos.

El mensaje “America first” no es una oferta de futuro, ni siquiera una idealización del pasado, una poetización del paraíso perdido que pueda ser útil para activar los nervios centrales de la cultura política común hacia un objetivo compartido.

Es la antesala de una venganza que se construye sobre una ficción, la mentira de que el país solo pertenece o ha pertenecido alguna vez a un tipo exacto de personas que ahora están desposeídas de su nación. Hay muchas formas de ser norteamericano.

Y al mismo tiempo es un ejercicio de victimismo que ofrece un culpable claro para todos los problemas de quienes sienten ansiedad. Es ahí donde se esconde otra trampa discursiva: la gente tiene razones para estar enfadada, pero la respuesta no está en un único culpable.

La inmigración no es la causa de todos los problemas. No es el motivo del desempleo, ni del terrorismo, ni de la inseguridad, ni de las drogas, como señala Trump. Ni siquiera es la explicación más sencilla, es una explicación equivocada, tosca e interesada.

Y la apelación a la mano dura es una ilusión destinada a rebajar posteriormente las exigencias de control democrático y a monopolizar el ejercicio del poder –“Nobody knows the system better than me, wich is why i alone can fix it”-.

A lo largo de toda la intervención de Trump se encuentran patrones de comportamiento que no son nuevos y que ya han sido eficaces. Esto es algo más que populismo.

La sacralización de la nación, combinada con la xenofobia, mezclada con el sentimiento de humillación y coronada con grandes dosis de miedo y rabia, está presente en todas las formas de fascismo que han dañado y que están dañando a nuestro continente.

La frase “existe un pueblo que trabaja duro pero no tiene voz, yo soy su voz” es más propia de un aspirante a dictador que de un candidato a la Casa Blanca, así lo ha dicho Elizabeth Warren –una de las voces más respetadas del Partido Demócrata-. Así de claro.

Es para echarse a temblar. Sobre todo porque al mensaje de Trump le pasa lo que a su propaganda, que funciona en cualquier ambiente que tenga las condiciones necesarias para la expansión de la peste.

Por eso resulta terrible tener que escribir que el discurso de Trump es un buen producto, es verdad, responde adecuadamente al objetivo para el que fue diseñado. Y quizá por eso veamos una nueva subida suya en las encuestas durante la próxima semana. Así de frágil es la democracia.

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