Podemos se convierte en el Partido Comunista 2.0

La victoria de Pablo Iglesias en Vistalegre II conlleva un cambio irreversible en la naturaleza de la formación morada, que entra en una tercera fase. El dibujo previo está ya desfasado

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en Vistalegre II. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en Vistalegre II. (EFE)

En Vistalegre ganó la universidad de la vida. Venció el conocimiento que no está escrito en ningún libro, el método que no enseña ninguna Facultad de Ciencias Políticas. Triunfó el aparato.

Montero, Echenique, Mayoral y Monedero detrás de Pablo. Son ellos. Su victoria conlleva un cambio irreversible en la naturaleza de Podemos. Implica la entrada en la tercera fase. Distante de la primera, cuando aquello brotó como movimiento cívico. Y distinta de la segunda, cuando el proyecto cristalizó en movimiento político.

El aplastante resultado de Iglesias inscribe a Podemos en la categoría del partido político tradicional, porque instala en la sala de mandos a quienes aprendieron en las Juventudes Comunistas las artes del poder interno. Se acabaron las bromas. Repartan los uniformes.

Y ese hecho es, en mi opinión, todavía más relevante que lo que ocurra con los distintos actores en las próximas semanas. Lo será porque con este proceso se confirma que la amenaza ya está siendo lentamente digerida por un sistema que ni siquiera ha tenido que esforzarse.

El grito de “¡Unidad!, ¡unidad!” resultó trágico en Vistalegre, porque contenía tanto el reconocimiento de una derrota –el levantamiento del 15-M— como la acusación a los responsables del fracaso: Iglesias y Errejón. Allí dolía que no hubiesen sido capaces de convivir, ni de competir noblemente. A partir de hoy, será la dominación quien pueda traer la decadencia de Podemos por la vía de la frustración y el desencanto.

El secretario general de Podemos instala en la sala de mandos a quienes aprendieron en las Juventudes Comunistas las artes del poder interno

A partir de hoy, en pago por los apoyos en el congreso, los cargos internos se repartirán en función de las lealtades personales. Como consecuencia, el funcionamiento morado será menos temible e imprevisible, más convencional. La estructura será más jerárquica y más burocratizada, más parecida a la de los adversarios, más aferrada a la lógica de todo lo que se quiso sustituir.

El dibujo previo de Podemos ha quedado desfasado. La cohabitación de las tres almas (leninismo de Iglesias, populismo de Errejón y espíritu del 15-M) ha quedado sustituida por la hegemonía de los hijos y los nietos del viejo PCE.

El próximo organigrama será previsiblemente comparable al de cualquier Partido Comunista de toda la vida, centralizado y sin mecanismos de control. Apagados los círculos, encendida la clave vertical. Los ingredientes de la receta están en la mesa. Podemos ya era desde hace tiempo la organización más cesarista del país. Hoy lo es aún más.

Por eso, por pura pulsión caudillista, no parece insensato anticipar que la próxima dirección estará pronto más pendiente de cualquier señal de contestación interna que atenta a la sociedad. Menos sensible y más vigilante. Al fin y al cabo, eso es lo que se aprende en Juventudes Comunistas: allí enseñan a gobernar una organización, no a llegar al Gobierno y no a gobernar un país.

Por otro lado, cuesta discutir que la conquista leninista del poder interno tendrá un alto coste para Podemos. Los números del encuentro parecen apabullantes hasta que se observan con otro prisma.

En este proceso han votado los inscritos, y si en ese cuerpo electoral —el más militantemente podemita, el más 'radicalizado'— Errejón ha llegado a arañar un tercio de los respaldos internos, puede tener sentido preguntarse: ¿qué porcentaje de la sociedad progresista española se siente más cerca de Íñigo que de Pablo? ¿Un 50%? ¿2,5 millones de votos en el alero? Ese es el errejonazo que se ha llevado Iglesias. Sigan el reguero de sangre.

Las tres almas (leninismo de Iglesias, populismo de Errejón y espíritu del 15-M) cambian por la hegemonía de los hijos y los nietos del viejo PCE

Él sale de Vistalegre con mucha más fuerza hacia dentro y con bastante más debilidad hacia fuera. Su imagen pública ya era un desastre. Cada vez que salía en televisión desataba automáticamente todo tipo de anticuerpos en los votantes socialistas; sin embargo, esas capas sociales al menos percibían que quedaba la posibilidad de mirar hacia Errejón.

Ahora, después de todo lo que ha ocurrido en Podemos, se estrecha el camino hacia el sorpaso. Ya solo queda una opción para hacerlo posible: el suicidio colectivo en las primarias del PSOE.

Si no ocurre, el listón seguirá donde lo dejó marcado Anguita. Un 15% sin las confluencias. Ese techo electoral es el coste que paga Iglesias por ver caer a su número dos. La renuncia a crecer. La vida bajo una losa sociológica. Perder un país para que pierda tu amigo. Una decisión de perdedor.

Íñigo Errejón, en la presentación de su candidatura. (EFE)
Íñigo Errejón, en la presentación de su candidatura. (EFE)

Porque se puede acabar perdiendo aunque tengas un aparato ganador, basta con pensar en modo conformista. Saber levantar a la gente de la silla en un mitin de partido no requiere demasiado esfuerzo, ni mucho talento. Pero poner en pie un proyecto de país es otra cosa, y hoy Podemos no lo ofrece. Todo lo que tiene es un sentimiento de indignación que, como casi todas las emociones humanas, no durará para siempre.

Del mismo modo, se puede ganar al aparato en una competición interna. Basta con articular uno mejor, conformar una oferta más atractiva y acertar en la estrategia. Errejón ha fallado en las tres cosas. Su acierto se quedó en el campo del análisis, en todo lo demás se ha equivocado.

Creyendo que no podía ganar hizo lo peor que puede hacerse: una campaña de perdedor. Nunca creyó en la victoria, su objetivo consistió en alcanzar una 'derrota digna', un resultado que le permitiese condicionar a Iglesias y mantener su porción de poder.

Poner en pie un proyecto de país es otra cosa y hoy Podemos no lo ofrece. Todo lo que tiene es un sentimiento de indignación que no será eterno

Según escribo, leo a los suyos en Telegram argumentando que todo se explica porque Echenique metió a 20.000 inscritos y no hubo manera de darle la vuelta a ese desembarco del aparato. No sé si será cierto y tampoco importa demasiado. Este tipo de competiciones son siempre así de duras. No son un partido de críquet bajo el atardecer de Brighton. Los de enfrente lo sabían. Lo aprendieron en la universidad comunista de la vida.

¿Qué queda? La pregunta para Errejón es esa. La respuesta vendrá con el tiempo, lo necesita. Pero está en la historia. Un partido nuevo. Operación 'Nueva izquierda', como López Garrido y Cristina Almeida en su día. Y después, el PSOE. ¿Improbable? Improbable nunca fue imposible.

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