Venezuela, con matices

Es verdad que hay que tener cuidado en este tipo de procesos, pero un cuidado distinto al esgrimido por Aznar. Un cuidado discreto, tenaz y paciente

Foto: Los expresidentes Felipe González (i), José María Aznar (c) y José Luis Rodríguez Zapatero, durante su intervención en el foro '40 años de democracia'. (EFE)
Los expresidentes Felipe González (i), José María Aznar (c) y José Luis Rodríguez Zapatero, durante su intervención en el foro '40 años de democracia'. (EFE)

No fue un encuentro cualquiera, aunque falló algo. Habrá quien piense que solo fue un gesto, pero los gestos lo son todo casi siempre y sobre todo en este tipo de ocasiones. Fue el detalle lo que rompió la magia. Hasta entonces, costaba no sentir algo especial viendo juntas a tres personas tan diferentes entre sí y sin embargo unidas por una experiencia común, excepcional.

Fue el miércoles de la semana pasada. Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero compartieron el coloquio '40 años de presidentes' (organizado por Vocento). No hubo nostalgia, simplemente la agradable sensación de que nuestra democracia española ha ido madurando al ritmo de nuestra propia vida. Pero había ganas, ganas de escuchar lo que cada uno de ellos tenía que decir sobre este periodo que contiene otro tipo de desafíos e incertidumbres.

Los anteriores fueron superados durante sus mandatos. Mencionaron casi todo aquello, de las claves que han ido situando a España entre los países más avanzados. Pero hablaron también de Cataluña, compartiendo lo esencial, sin partidismo, reflejando grandeza. Fue lo mejor.

Lo peor vino después, la pequeñez. El moderador anunció al público que Zapatero tenía que marcharse hacia el aeropuerto después de su siguiente turno en el debate. De forma que el leonés terminó su intervención, dio la mano a sus colegas y bajó del escenario. Cuando ya estaba en las escaleras, saltó Aznar con un “¿Te vas a Venezuela? Pues ten cuidado”. Nadie en la sala percibió aquellas palabras como una expresión de solidaridad o preocupación. La falta de elegancia resultó tan obvia, que pareció cercana a la grosería.

El sentido de Estado existe, los expresidentes no deberían discrepar en política exterior y la situación en Venezuela es delicada

Creo que incluso quienes consideren que Aznar es la persona más capacitada del mundo para resolver conflictos internacionales coincidirán conmigo en tres cosas y una más: el sentido de Estado existe, los expresidentes no deberían discrepar en política exterior y la situación en Venezuela es delicada. Por lo tanto, se lo podía haber ahorrado.

Caracas, unas horas más tarde. Decenas de chavistas radicales entran en el Parlamento armados, hieren a varios diputados y al personal de la casa. La tensión sube varios grados aunque logra ser reconducida.

Madrugada del sábado. Leopoldo López, quizás el preso político más conocido del mundo, entra a su casa. No ha sido liberado. Pero puede estar con su mujer y sus hijos, en arresto domiciliario. Palabras de Lilián Tintori: “Hoy podemos decir que el presidente Zapatero logró esta medida y lo agradecemos”.

Es verdad que hay que tener cuidado en este tipo de procesos, pero un cuidado distinto al esgrimido por Aznar. Un cuidado discreto, tenaz y paciente. También valiente, porque siempre son muchas las probabilidades de no llegar a buen puerto. Y desde luego firme. Firme, porque la tarea del encuentro siempre merece la pena.

No hacen falta grandes dosis de talento para señalar las dificultades y las incompatibilidades. Basta con ver algunas de las reacciones que se han desencadenado tras la salida de Leopoldo López de la prisión. Los esfuerzos por encajar el hecho en cualquiera de las dos lógicas contrarias.

Unos argumentan que lo ocurrido es un ardid de Maduro para ganar tiempo y perpetuar una dictadura intolerable. Otros muestran su descontento porque el preso hizo golpismo en una democracia intachable. Y los dos obvian lo que no puede discutirse: es un hecho positivo que debe celebrarse.

Este acontecimiento ya tiene un importante valor en sí mismo. No político sino humanitario, sencillamente humano. Y debe ser celebrado

Claro que es deseable que este paso del Gobierno venezolano no sea el último y que poco a poco vaya abriéndose el camino de la convivencia y de la paz. Claro que hace falta la excarcelación de los demás, la devolución de competencias al Parlamento y la activación de un calendario electoral. Pero este acontecimiento ya tiene un importante valor en sí mismo. No político sino humanitario, sencillamente humano. Y debe ser celebrado.

Es triste que las expresiones de ambos extremos vengan condicionadas por el color ideológico del preso y, por extensión, de la orientación política atribuida a quien detenta el poder.

Para unos, la oposición está libre de cualquier pecado y Maduro es un tipo tan sanguinario como Stalin. Hablas con ellos y siempre acaban diciendo que esto solo puede acabar con un pronunciamiento militar y una guerra civil, olvidando —precisamente aquí— que un conflicto armado de ese tipo es lo peor que puede ocurrir en cualquier país.

Es triste que las expresiones de ambos extremos vengan condicionadas por la ideología del preso

Para otros, Venezuela disfruta de unos estándares democráticos que ya los quisieran para sí los pobres suecos. El problema está en la oposición, plagada de golpistas, que no hace sino desestabilizar el bienestar general, mientras la policía invita amablemente a los manifestantes a no alterar por tan poca cosa la normalidad.

Debe ser fácil verlo todo sin matices, aplicar la misma plantilla de pensamiento binario para todo y ofrecer explicaciones construidas con palabras en blanco y negro. Tiene que ser cómodo. Y más ahora que las interpretaciones sectarias resultan más atractivas que nunca.

La cuestión está en que la realidad es obstinada. Se empeña siempre en contener una gama mayor de tonalidades. Tres muestras:

Primero, visto desde la distancia, no todo el chavismo parece madurismo y nadie puede sostener que toda la oposición sea de extrema derecha.

Segundo, la elección de la Asamblea Constituyente planteada por el Gobierno para este mes solo servirá para empeorar las cosas, y las movilizaciones en las calles pueden acabar desencadenando una violencia incontenible.

Tercero, la situación económica es crítica. El 'statu quo' no es sostenible. La inflación está teniendo efectos que pueden medirse hasta debajo de la piel: según una encuesta llevada a cabo por varias universidades, durante el año pasado los venezolanos perdieron 8,7 kilos de media.

El sistema sanitario está colapsado: según Unicef, en 2016 se disparó en un 30% el número de niños muertos antes de su primer cumpleaños. ¿Queda alguien capaz de argumentar que puede aplazarse la ayuda sanitaria y alimentaria internacional?

Decíamos antes que son mayores las probabilidades de no llegar a buen puerto. Nadie dijo nunca que alcanzar la paz fuese sencillo. ¿De verdad hay alguien que piense que no hay que intentarlo?

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