La factoría de ficción separatista: propaganda en modo Trump

No es la primera vez que los republicanos catalanes practican lo que practicaron los republicanos norteamericanos. Rufián no se harta de demostrar la validez del método Trump

Foto: El portavoz de ERC, Gabriel Rufián. (EFE)
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián. (EFE)

La factoría de ficción más potente del mundo no está donde estuvo en el siglo XX, en el mundo editorial o en el cine. Tampoco en Netflix o HBO. Ahora, los mejores guionistas están en lo político. Suyas son las mejores producciones. Trump, Brexit, populistas franceses con diferentes tintes, nacionalismo en el norte europeo, ultraderecha alemana y, desde luego, Cataluña. Historias sencillas, eficaces y artificiales. Ficciones distintas escritas bajo el mismo patrón creativo. Pasen y vean.

Latinos en Norteamérica, emigrantes en Europa, europeos en Reino Unido, españoles en Cataluña. Lo primero, siempre: un culpable. Alguien a quien demonizar para concentrar la culpa y neutralizar la responsabilidad política. Victimismo: amigo, si piensas que las cosas van peor, mira a Madrid y no a quienes votaste para solucionarlo. Da igual si en otros sitios gestionan mejor, olvida Euskadi. Recuerda que en el palco del Bernabéu se decide todo.

Lo primero, siempre: un culpable. Alguien a quien demonizar para concentrar la culpa y neutralizar la responsabilidad política

Lo segundo, siempre: el pueblo elegido. Las clases medias y trabajadoras se ven todavía a merced de la incertidumbre. La sensación de vértigo diario viene devorando su autoestima. Nada más útil que ofrecer un falso paraíso perdido. Demoler el pasado histórico, levantar un edén supremacista, adoctrinar. 'Make Cataluña great again'.

Tres. Para cada pueblo elegido, un mesías. No hace falta que sea irreprochable. Puede hasta ser risible. Lo que importa es que su relato sea constante. Lo que vale es la coherencia de la ficción, aunque sea dentro de una mentira permanente. Trump, Le Pen, Farage, Puigdemont. Impasibles ante los números y la verdad. Mesías de medio pelo pero mesías, el factor que Junqueras no tuvo en cuenta. Cuidado.

Cuatro. Faltan cuatro días para el advenimiento del reino de los cielos y ningún obstáculo es insalvable. Levantar un muro de proporciones bíblicas frente a México es tan fácil como seguir en la Unión Europea después de romper con España. En Reino Unido como en Cataluña, la prosperidad florecerá automáticamente después de la separación. El milagro económico está a la vuelta de la esquina. Ayer las empresas no se fueron. Mañana harán cola para volver a entrar.

Quinto elemento: el sacrificio. Falta poco pero hay que movilizarse para conseguirlo. Al grito de ganaremos, cada nueva batalla se vende siempre como la última, el esfuerzo final. Después, para posponer la frustración, volver a empezar. Vuelta a la casilla de salida: malvados todavía peores, elegidos todavía mejores, nirvana todavía mayor y sacrificio todavía más necesario y más breve.

Un sacrificio que requiere el borrado de los atributos personales. Por razones de causa mayor, las preocupaciones y aspiraciones individuales quedan sometidas al destino de la masa. El mensaje “somos un solo pueblo” de Puigdemont —como el “This is a movement” de Trump— activa la sustitución de la lógica civil por la lógica del conflicto. Así es como los partidos que siguen este guion persiguen la suspensión del tiempo democrático. La sustitución del debate político por la propaganda. Para mí, esa es la clave.

Estamos en eso y por eso arrasan. Arrasan porque los partidos convencionales olvidaron la redacción de proyectos políticos, diluyeron su discurso en las técnicas del 'marketing' (eso que los vendedores de crecepelo electoral llaman comunicación política). Y ahora están desarmados frente a quienes redoblan la apuesta y convierten la vida pública en el terreno de su guerra salvaje de propaganda.

El mensaje “somos un solo pueblo” de Puigdemont —como el “This is a movement” de Trump— activa la sustitución de la lógica civil por la del conflicto

Propaganda a base de historias sencillas, tan viejas como la propia humanidad, pero que contienen una potencia emocional devastadora porque funcionan como lo hace cualquier fundamentalismo. Totalizaciones. Cosmovisiones que valen para explicarlo todo y generan impresión de sentido en todo su público. Y en caso de ataque, un recurso, una buena teoría de la conspiración. Explicaciones simples para interpretar un mundo complejo.

La sensación de que las cosas encajan es tremendamente valiosa para cualquiera, es algo que sentimos pocas veces en la vida. Lo tremendo es que puede fabricarse, que pueda ser el producto político de una factoría de ficción como está quedando demostrado en las sociedades occidentales. Lo terrible es que fanatiza, divide a la sociedad en bloques irreconciliables al extirpar en el ser humano la duda razonable, la pequeña posibilidad de que la otra parte tenga algo de razón y, por consiguiente, la importancia de trabajar el encuentro. Lo brutal es que la fórmula ni siquiera necesita un miligramo de verdad para ser eficaz.

Creo que la guerra de propaganda ya puede apreciarse en la campaña electoral catalana. Y, humildemente, considero que los constitucionalistas harían bien en detectar un mecanismo que todavía suele pasar desapercibido. Suele convenir no trabajar a favor del adversario, aunque es lo que ocurrió durante la semana pasada.

Aquello de que el Estado amenazó con sangre y muertos en la calle no fue un calentón ni un capricho. Se parece a las provocaciones de Trump

ERC compite con una candidata nueva, bastante más desconocida que Junqueras. Necesitaba realizar una operación de lanzamiento y supo hacerlo eficientemente. Las declaraciones de Rovira, aquello de que el Estado amenazó con sangre y muertos en la calle, no fue un calentón ni un capricho. Se parece demasiado a las provocaciones de Trump. Fue él quien dejó comprobado que decir una barbaridad es un ejercicio de propaganda bastante rentable. Todos los medios amplificarán el disparate, los adversarios aparcarán su mensaje y se verán forzados a responderte. Te podrán en el centro del escenario.

No es la primera vez que los republicanos catalanes practican lo que practicaron los republicanos norteamericanos. Rufián no se harta de demostrar la validez del método Trump, disfruta. Sus dos minutos de cada miércoles en el Congreso equivalen a horas de emisión gratuita en televisión, radio, prensa y redes sociales. Siempre bajo el mismo juego narrativo. Malos malísimos, elegidos inocentísimos, el paraíso en la punta de los dedos y un sacrificio que ya termina. Hasta el momento, siempre la misma respuesta. Llena de indignación y rebosante de torpeza. ¿Qué pasaría si en lugar de reforzar su historia narrasen la historia? Lo cierto es que han dividido, han estafado, han puesto en peligro la convivencia y la economía. Y todo para nada, para nada más que para mantenerse en el poder. A ver quién lo cuenta.

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