Coronavirus: Vox, en cuarentena

Probablemente, habrá hecho ya el cálculo de personas a las que puede haber infectado. La cifra de abrazos, besos, palmadas en la espalda y otras vías de contagio debe contarse en centenas

Foto: El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith. (EFE)
El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith. (EFE)

Vaya por delante mi deseo de que Ortega Smith mejore cuanto antes. Espero que no sufra complicaciones, que sobrelleve el periodo de aislamiento de la mejor manera posible y también que aproveche el tiempo. Por ejemplo, haciendo examen de conciencia. Tiene una buena oportunidad de reflexionar en torno a la diferencia que existe entre culpabilidad y responsabilidad.

Basta con que repase sus últimos días, concretamente, desde que volvió de Milán. Se le ha visto en Vitoria, en el Ayuntamiento de Madrid, en el Congreso de los Diputados, estrechando manos de policías de Jusapol y también en el baño de masas de Vistalegre. Solo él conoce todos los sitios por los que ha pasado. Solo él sabe cuándo empezó a notar los síntomas que hizo tan evidentes el pasado domingo.

Probablemente, habrá hecho ya el cálculo de personas a las que puede haber infectado. La cifra de abrazos, besos, palmadas en la espalda y otras vías de contagio debe contarse en centenas. Si ha valorado que la mortalidad del coronavirus es del 3,4% —mayor entre los más mayores—, cuenta ya con un número que le aproxima a medir la culpabilidad en términos objetivos.

Lo adecuado es que Vox aclare cuanto antes si Abascal está enfermo. No es una cuestión menor, de cotilleo

La culpa es un concepto que puede conjugarse con verbos religiosos, psicológicos, pero también jurídicos. Desconozco la ley de la salud pública española. Todo lo que he visto estos días, es que en otros países se considera delito contagiar el virus sabiendo que uno está enfermo. Tampoco sé si Ortega Smith hizo algún tipo de gestión para solicitar su test —una prueba que se da con cuentagotas— antes de entrar en la abarrotada plaza de Vistalegre. Seguramente, nunca lo sepamos.

Lo que sí sé es que en política pedir disculpas deshacerse de la culpa tiene bastante menos valor que asumir responsabilidades. Y creo que alguna responsabilidad individual debe tener quien ha puesto en riesgo el buen funcionamiento del ayuntamiento de la capital de España y del Congreso de los Diputados en una situación de emergencia sanitaria nacional. Lo saludable es que presente su dimisión.

Quienes creemos en la superioridad de la democracia respecto de otros regímenes políticos no nos apoyamos únicamente en la ética, creemos también que esta es la forma más eficiente de convivir, de afrontar retos y superar problemas. Lo es porque es el sistema más adverso a los privilegios. Lo es también porque funciona con el principio de transparencia. Es verdad que la verdad nos hace libres.

Es bueno que sepamos que el ministro de Cultura francés está infectado, como se supo el lunes, o que la ministra de Sanidad británica está contagiada, como se publicó el martes. La propia Ana Pastor comunicó su positivo en Twitter ayer mismo. Por eso creo que lo adecuado es que Vox aclare cuanto antes si Abascal está enfermo. No es una cuestión menor, de cotilleo.

Ocultar esa información por interés partidario, por preservar la imagen del líder, colisiona con el interés general. Si me apuran, hasta con la seguridad nacional. Los países afectados han declarado la guerra al coronavirus, en muchas ocasiones con esas mismas palabras. ¿Puede o no puede Abascal estar cerca de nuestro comandante en jefe, del presidente del Gobierno de nuestro país?

En mi opinión, Vox tendría que afrontar esa responsabilidad colectiva en las próximas jornadas. Y también asumir la responsabilidad de lo ocurrido en Vistalegre. Fue una barbaridad. Juntar a miles y miles de correligionarios, muchos de ellos ancianos, en plena propagación exponencial del virus, no admite justificación alguna. Nadie puede alegar desconocimiento. El pasado fin de semana ya acumulaba, dentro y fuera de España, una montaña de eventos anulados de todo tipo.

Escudarse en el error que cometió el Gobierno, todavía mayor y todavía por aclarar, al permitir que se celebrase la manifestación del Día Internacional de la Mujer, es un ejercicio de cinismo, de incoherencia, o de las dos cosas.

El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith. (EFE)
El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith. (EFE)

Quien dice que los españoles vivimos bajo un Gobierno ilegítimo y embustero no puede decir que confió en que la situación era normal porque el Ejecutivo no dijo otra cosa. Quien tose en Vistalegre y luego pasa la mano por el lomo de sus militantes tiene poca autoridad para criticar los guantes morados que llevaban las ministras en la movilización feminista. Mucho me temo, por cierto, viniendo lo que viene, que esos guantes de quirófano terminarán dejando huella en la conciencia colectiva.

Hace falta ser muy hombre —o muy lo que cada cual quiera ser— para admitir las equivocaciones con sinceridad y para asumir las responsabilidades con serenidad. También para darse cuenta de algo que nos ocurre a todos: muchas veces lo que hacemos es distinto de lo que contamos. Incluso contradictorio. Es inevitable, es tan humano, que hasta hay belleza en la paradoja, el tipo de belleza que brota de la complejidad. En muchas ocasiones no podemos evitarlo, en otras sí. Pero siempre hay ocasión para tratar de enmendarnos.

El discurso de las recetas simples a las cuestiones complejas tiene dificultades para encajar con la realidad de nuestras vidas. Yo no descarto que Ortega Smith piense en estas cosas durante estos días. La enfermedad suele darnos una perspectiva más amplia de la experiencia. Este caso es una buena muestra. Después de tanto discurso teñido de xenofobia, después de tanto reclamar controles estrictos en las fronteras, después de tanto señalar a los distintos y tanta apelación a la mano dura; uno se encuentra tumbado en el sofá y mirando el techo de casa con el pijama puesto.

Termómetro en la boca. Después de haber ido a Milán. Y luego a Vitoria, al Parlamento, a abrazar a los dirigentes de Vox que despegan para encontrarse con los de Trump, y más tarde a Vistalegre. Eso, justo eso: hablar de mano dura y llevar el virus en la punta de los dedos. La vida.

Crónicas desde el frente viral
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