Por qué hay que permitir que los niños salgan un poco a la calle

La pandemia tiene confinados a 1.500 millones de chavales. Nunca había ocurrido algo así. Y no sabemos prácticamente nada del impacto que esto va a suponer para su crecimiento

Foto: Dos niñas observan desde casa la entrada de barcos mercantes en la bahía de Santander durante el 11º día de confinamiento por la pandemia de coronavirus. (EFE / Román G. Aguilera)
Dos niñas observan desde casa la entrada de barcos mercantes en la bahía de Santander durante el 11º día de confinamiento por la pandemia de coronavirus. (EFE / Román G. Aguilera)
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Los viejos dichos pueden estar equivocados. Por ejemplo, “lo que no te mata te hace más fuerte”. Eso está muy lejos del alma humana. Es algo que se aprende con los años, desgraciadamente. La vida se encarga de ir enseñándonos que los episodios vitales más dolorosos no acaban nunca de cicatrizar. El sufrimiento no termina de marcharse del todo, nos acompaña para siempre como una asignatura pendiente que podemos intentar ocultarnos pero que no se puede retomar. Traumas. Afortunadamente, no son muchos.

Los traumas tienden a dejar una huella más profunda durante la infancia. Es lo que está pasando ahora a escala global. Hoy, en todo el mundo, la pandemia tiene confinados a 1.500 millones de chavales. Nunca había ocurrido algo así. Y no sabemos prácticamente nada del impacto que esto va a suponer para su crecimiento.

Sabemos que son muchos los críos que han podido salir adelante después de enfrentarse a situaciones traumáticas: guerras, desastres naturales, hambrunas, crisis económicas, terrorismo, todo tipo de acontecimientos terribles. Pero disponemos de pocos números, no hay demasiada investigación.

Un estudio norteamericano —desarrollado tras unas inundaciones masivas en 1972— llegó a la conclusión de que la gran mayoría de menores pudo rehacer sus vidas. Dos años más tarde, un tercio sufría estrés postraumático. Quince años después, la cifra se reducía hasta el 7%. Otro estudio elaborado tras la devastación del Katrina señala que los índices de estrés postraumático resultaban comparables a los de los soldados veteranos.

Quedémonos con la cifra más tranquilizadora. Centrémonos en los menores de 14 años. En España, la aplicación de ese 7% nos sitúa ante este número absoluto: 270.000 niños y niñas seguirán sufriendo estrés postraumático dentro de 15 años.

La cifra anterior no tiene más valor que el de aproximarse a una referencia. Una referencia que nos debería llevar a la reflexión, al debate y a la acción en cuanto resulte posible. Nadie habla de la curva del daño psicológico que está generando el confinamiento en nuestros hijos, una curva que los poderes públicos tienen también la obligación de bajar.

Es probable que el número sea todavía mayor, nos encontramos ante un desastre distinto a los anteriores. Lo es porque el aislamiento impide que la familia amplia pueda arropar a los menores como siempre se ha hecho en los periodos de dificultad —ningún Facetime puede sustituir al abrazo de una abuela—, porque está clausurado el principal espacio de socialización de los menores —los colegios—, y porque esto está durando mucho tiempo.

Nada me preocupa ahora mismo más que esta cuestión, tengo la suerte de no tener a ningún ser querido con síntomas graves —al menos por ahora—. Mientras tanto, busco claves, indicios que me ayuden a proteger a mi hijo y no consigo extraer material suficiente. Se han hecho estudios con gemelos, algunos hermanos caen en el trauma y otros no, a pesar de tener los mismos genes y de haber atravesado la misma experiencia en el mismo entorno.

En términos generales, parece que hay dos conjuntos de situaciones que contienen mayor riesgo psicológico. El primero englobaría la exposición directa a la crisis —familiares gravemente enfermos o fallecidos, así como padres o madres trabajando en hospitales—. Estar en la zona más dura de la onda expansiva.

El segundo conjunto abarcaría lo que podríamos denominar 'vulnerabilidades previas'. Violencia doméstica y hogares con ambientes tóxicos, escasez de ingresos en el hogar, mala alimentación, así como problemas de atención, ansiedad o depresión…

Los patrones de los menores no son distintos de los nuestros. Tienen ansiedad y tienen miedo como los adultos, la diferencia está en que lo ocultan mejor

Por lo que voy leyendo, desde mi desconocimiento de la psicología, los patrones de los menores no son muy distintos de los nuestros. Tienen ansiedad y tienen miedo como los tenemos los adultos, la diferencia está en que ellos lo ocultan mejor. Por eso lo aconsejable es enseñarles que es lógico estar irritable o aburrido, asustado o sin energía, estresado o sentirse al borde del pánico. Es tan conveniente como no bombardearles con las terribles noticias de estos días sin quitarles información veraz. Tan necesario como tener siempre presente que cada uno de nosotros es un modelo para su hija o para su hijo.

Hablar importa, claro. Pero también dibujar, los dibujos de nuestros hijos nos ofrecen hilos de los que tirar para poner en marcha la conversación que ellos no pueden iniciar desde las palabras. Los videojuegos son útiles, no para enchufar al chaval a la videoconsola y estar un rato un poco tranquilos, sino para que agarremos el mando y juguemos juntos.

Para pasar este trance, resulta imprescindible nutrir tres zonas. Primero, su percepción de seguridad, de estabilidad, y eso pasa por generar, respetar y compartir nuevas rutinas. Segundo, su sentido de pertenencia, con los familiares, con los profesores, con sus amistades. Cuanto más noten que en su entorno hay personas que les escuchan, les comprenden y les apoyan, más músculo emocional estarán ganando frente a esta interrupción de la normalidad.

Ahora bien, hay un tercer punto que es vital. Los niños y las niñas necesitan tener esperanza. Saber que saldremos de esto. Disponer de una agarradera para el futuro. Por este motivo, resulta imprescindible que, tan pronto como sea posible, puedan salir a la calle acompañados de un progenitor. Salir aunque sea un poco. Un poco de aire es un tesoro para su salud mental.

Siempre hay maneras de legislar para que las cosas funcionen adecuadamente. En este caso, para que no se comprometa el objetivo nacional de reducir la curva del contagio. Castíguese severamente a quien lleve a su hijo más allá de 100 metros del hogar. Fíjense horas por apellidos para que la salida sea ordenada. Manténganse los parques cerrados, la prohibición de salir a la calle con una pelota en la mano. Lo que sea. Lo que sea, pero hágase.

Y hágase desde el primer minuto que se pueda, como han hecho en Italia, donde la demanda que los pediatras y psicólogos hicieron desde que comenzó la reclusión ha sido escuchada. No lo formulo como una petición. Lo planteo como una exigencia. Eviten un daño que se puede frenar.

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