Covid-19: cuenta atrás hacia el futuro

El futuro no empezará cuando el confinamiento termine. La nueva normalidad se hará esperar hasta que llegue la vacuna, dentro de un año en el mejor de los casos

Foto: La madrileña carrera de San Jerónimo, casi desierta este miércoles. (EFE)
La madrileña carrera de San Jerónimo, casi desierta este miércoles. (EFE)
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El futuro no empezará cuando el confinamiento termine. La nueva normalidad se hará esperar hasta que llegue la vacuna, un año en el mejor de los casos. El final de esta reclusión no garantiza la libertad durante el resto de 2020. El pasado nos dice que el virus puede volver en una segunda ola, incluso en una tercera. Falta mucho.

Antes de que finalice esta primavera, las jornadas podrán tener algo más de luz, un poco más de aire. Falta menos para que las horas nos resulten menos iguales. Sin embargo, queda espesura. Niebla. Vivimos con la paradoja de saber que la lentitud de nuestros días convive con la aceleración del tiempo histórico.

Seguramente, hará falta medio siglo para que pueda contemplarse la dimensión más profunda del cambio, la alteración en el sistema de valores. Esta separación, este sufrimiento, también las muestras de entereza humana, no van a dejar intacto nuestro espíritu colectivo. El virus mutará nuestra manera de ver el mundo. El arte. La religión.

En esos territorios tan valiosos, no podemos predecir dónde desembocará el río de la vulnerabilidad que apenas estamos descubriendo. No hay cartografía, en realidad nunca la hubo. Contamos, eso sí, con algunos mapas para otros territorios más mundanos, aunque igualmente vitales. Si los juntamos —como mandan las novelas de piratas cuando se busca un tesoro—, podremos ver que hay algo que sí es posible anticipar. Comprobaremos que la pandemia puede estar acelerando transformaciones que ya existían antes del primer contagio.

Es probable que dentro de una generación, los libros de historia señalen este mes de abril que nos han robado como el final de una metamorfosis geopolítica. Los hijos de nuestros hijos nacerán en un mundo más asiático y menos occidental. El virus le ha quitado los frenos a la decadencia de las dos orillas atlánticas, basta con mirar a nuestro alrededor. Estados Unidos, la primera impotencia mundial, roba material sanitario que no tiene a Francia y Alemania. Mientras tanto, Europa fracasa como proyecto político y pone en riesgo su proyecto económico. África y Latinoamérica están en riesgo de devastación.

Es posible que dentro de una década, nuestras sociedades sigan arrastrando las secuelas de una crisis económica que no tiene marcha atrás. La duda ya no está en si esta adversidad será mayor que la de 2008, está en si la depresión podrá tener el mismo alcance que la de 1929. No faltan motivos para temer que la imprevisión del Gobierno frente a la emergencia sanitaria venga acompañada de una imprudencia económica igual de grave. El camino actual pone la clase media en peligro de extinción, nos adentra en un país más desigual.

Dentro de cinco años, los espacios de socialización serán más virtuales, los canales de consumo serán más digitales y el trabajo será menos presencial. Los hábitos de este tiempo de confinamiento cristalizarán en costumbre. La costumbre consolidará el cambio sembrado en los albores de la red.

Dentro de cuatro años, seguiremos sufriendo una retracción de la natalidad, quizá mayor que la que sufríamos antes del Covid-19. La estadística refleja que no suele haber 'baby booms' después de los periodos de pandemia, más bien lo contrario.

Dentro de tres años, cuando deberían celebrarse las próximas elecciones generales, habrá más demanda de mayor centralización. Más nacionalismo y más populismo. El empeoramiento de las condiciones de vida hará que aumente el malestar social. No son pocas las opciones de que antes, aquí o en nuestro entorno, hayamos visto revueltas o desórdenes sociales. El principio de democracia representativa sufrirá una erosión todavía más acusada que la actual. No puede descartarse que el Gobierno actual contribuya a debilitar las reglas del juego democrático.

Dentro de dos años, el turismo español no habrá llegado a recuperar las cifras de 2019. El daño sobre la marca país no habrá desaparecido. El impacto global en esta industria es masivo y será duradero.

Dentro de un año, otro mercado central podrá estar cerca de tocar fondo. El traslado de viviendas del escaparate de Airbnb al mercado de alquiler tradicional, combinado con la necesidad de liquidez que tendrán muchos propietarios, aumentará la oferta mientras la demanda seguirá sin recuperarse por aversión al riesgo. Bajarán los precios de las casas. Mucho.

Dentro de un semestre, pueden haber desaparecido más de medio millón de empresas. El paro puede estar en cifras que creíamos imposibles de volver a ver. La deuda de España disparada. Es plausible que veamos al Gobierno empleándose a fondo para proteger sectores nacionales estratégicos.

Dentro de un trimestre, es posible que comience a haber problemas de abastecimiento de productos frescos en nuestros supermercados. El problema no está en la distribución, sino en la falta de mano de obra para cosechar.

Dentro de dos meses, como mucho, las diferentes administraciones tendrían que tener cerrado el plan educativo del próximo curso. En Italia, ya se plantea que las aulas no abran en septiembre. Aquí, no puede ser más grande el fracaso de la formación a distancia. La educación es un derecho esencial. Nadie tiene la oportunidad de formarse dos veces en la vida.

Dentro de un mes —como tarde— España tendría que estar inundada de test. La urgencia de que se sepa quién está enfermo y quién ha pasado la enfermedad solo es comparable a la necesidad de que no falte ni una mascarilla, ni un respirador.

Dentro de una quincena, puede que se nos pida una renuncia a la intimidad y a la libertad para que por medio de la tecnología se pueda hacer un seguimiento en tiempo real de la enfermedad.

Dentro de poco más de una semana, el Gobierno tendrá que pedir una prórroga del estado de alarma. Si alguien piensa que la unilateralidad, la falta de diálogo parlamentario, la ausencia de transparencia, la manipulación y la montaña de cursis sermones televisados bastan para afrontar lo que tenemos por delante, tiene un problema grave y es un grave problema para España. Hace falta pensar más grande.

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