En España, el derecho a la educación no está hoy garantizado

Cuesta asimilar que ya han pasado 36 días desde el cierre de las aulas y siguen sin abrirse las clases virtuales a escala nacional

Foto: Un aula vacía del colegio Lourdes, en Valladolid. (EFE)
Un aula vacía del colegio Lourdes, en Valladolid. (EFE)

Cualquiera puede entender que se cerrasen los centros educativos. Lo que cuesta comprender es que nuestros hijos no tengan el derecho a la calle que sí disfrutan los perros. Y lo que no se puede soportar es que el Gobierno añada a esa reclusión absoluta el riesgo de desnutrición intelectual.

Cualquiera puede entender que no es fácil fabricar desde cero miles de respiradores. Aunque el producto no sea muy complejo, hay industria de por medio, hacen falta fábricas. Lo que cuesta asimilar es que ya han pasado 36 días desde el cierre de las aulas y siguen sin abrirse las clases virtuales a escala nacional. El acceso al sistema es cuestión de suerte. Una suerte desigual, condicionada por el nivel socioeconómico de cada hogar.

Cualquiera puede apreciar que en Moncloa parecen más preocupados por la comunicación que por la gestión. En términos políticos, las dos primeras víctimas de esta crisis fueron la verdad y el pudor. Por eso, este periodo de alarma está siendo también un tiempo de deterioro democrático. Lo que cuesta discernir es el motivo que lleva a un Gobierno que se llama socialista a cebar la bomba de desigualdad que conlleva esta pandemia.

Habrá quien apunte a la incompetencia, habrá quien mantenga que este Ejecutivo no tiene más objetivo que controlarlo todo para que nadie controle a Sánchez. Da igual, importa más lo que nos resulta vital. Lo más importante es que la imprevisión frente a la crisis sanitaria ha provocado que la salud de los más vulnerables está siendo la más golpeada, que la ocultación de la crisis económica combinada con el recetario populista dañará más a las familias que más se esfuerzan, y que el abandono del sistema educativo reducirá mucho las oportunidades de los estudiantes que cuentan con menos ventajas. Salud, seguridad económica y educación, los tres pilares de la socialdemocracia, están siendo maltratadas por la gestión de este Gobierno que cada día nos lleva hacia una sociedad más desigual.

Espero que no sea mucho pedir que Moncloa dedique un minuto a la educación por cada hora de propaganda. Con eso, casi estaría dispuesto a conformarme. Lo prometo.

En España, el derecho a la educación no está hoy garantizado

Nunca renunciaré a la libertad de expresión, pero juro que estoy dispuesto a tragarme todos los discursos con plagios que hagan falta, todas las sesiones de culto al líder de teleprónter que sean necesarias, y toda la propaganda con tonito de consultorio de 'Superpop' que sigan emitiendo.

Lo haré a cambio de que los padres dejemos de estar desesperados y desasistidos en la búsqueda de contenido educativo, a cambio de un plan inmediato para reconectar cuanto antes a toda una generación, a cambio de que la educación vuelva a ser un derecho. Hoy, el derecho a la educación no está garantizado en España. Y no sabemos si lo estará el curso que viene, para eso tampoco hay plan. No puede haberlo, porque no hay estrategia gubernamental.

Ya sé que el reto tiene su envergadura, que cada tramo de edad requiere una aproximación especial, que la realidad administrativa está llena de pasillos. Pero también conviene plantearse que no es necesario inventar algo desde la nada. Basta con volcar toda la política imaginable, mirar alrededor, escuchar a los que saben, hablar con los que pueden aportar algo. Trabajar el pacto político. Recuperar la mirada de país.

Si se puede centralizar la sanidad porque estamos en estado de alarma, podrá centralizarse también la educación.

Una clase vacía. (EFE)
Una clase vacía. (EFE)

Si el distanciamiento social es clave en la lucha contra el virus, habrá que informar a las familias sobre la posibilidad de que el curso que viene no comience en las aulas —ya se ha hecho en Italia— y habrá que elaborar planes de contingencia como se está haciendo en California.

Si solo vamos a poder salir de esta crisis endeudándonos, comencemos por invertir en educación, aumentemos ya el gasto educativo para que no falten recursos en el tramo más duro de la crisis. Ya se ha hecho en Hong Kong.

Si las empresas se han dado cuenta de que no hay mejor 'marketing' que la responsabilidad social, no parece imposible activar ya un plan para que todos los estudiantes de nuestro país puedan tener un dispositivo electrónico y una conexión a internet. Hoy, la brecha digital marca la frontera entre estar conectado o desconectado de los profesores y de los compañeros de clase. Pocas cosas hay más urgentes ahora que derrotar esa frontera. Nueva York ya está en ello.

Si hacen falta plataformas digitales para levantar aulas virtuales, pero hay problemas de seguridad —Singapur ha prohibido las clases vía Zoom— o dudas legítimas sobre el trato de los datos —Google—, cabe preguntarse qué impide que nos pongamos a levantar nuestro propio espacio educativo virtual. ¿Por qué en este país nos estamos planteando una aplicación para móviles que pueda geolocalizar a todos los españoles y nadie está pensando en un impulso a la educación con tecnología 'made in Spain'?

Si sabemos quiénes son los alumnos que más atención necesitan, pongamos a esos chavales en la primera fila con programas específicos, tan personalizados como se pueda. Es lo que ya se está elaborando en Massachusetts.

Si el aumento de búsquedas vinculadas a la educación a distancia se ha disparado en YouTube, si sabemos que el confinamiento ha multiplicado el riesgo de obesidad infantil, parece razonable que la Administración utilice ese canal —o cualquier otro— para centrarse en reducir ese peligro. Ya está funcionando en Reino Unido.

Si antes de cada cita electoral nos llega a casa una tarjetita diciendo el colegio y la urna donde nos toca votar, no debería ser imposible que nos llegase una carta con recomendaciones oficiales para evitar que este periodo genere ansiedad, fobias y otras amenazas a la salud mental de siete millones de españoles.

Hace unos días, un comité de expertos presentó un documento de 19 páginas a la canciller Merkel. Recomiendan abrir las guarderías y los colegios cuanto antes, que los estudiantes de Bachillerato estudien por su cuenta y presenten sus progresos al profesorado, y que los universitarios se formen a distancia. Habrá exámenes. En Dinamarca, van por el mismo camino. En Francia, todavía hay más ambición. Aquí, como vimos este miércoles, la receta consiste en un poco de nada con un montón de azúcar.

Yo no soy experto, no conozco el camino. Pero sí soy un padre preocupado por el futuro de mi hijo y de mi país. Miro a otros sitios y veo que es posible enfrentarse a una crisis tan seria como esta sin desatender el día de mañana. Aquí no estamos en eso. Y siento mucha pena. Siento bastante envidia y una perfecta indignación.

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