Encabronamiento

La crisis del covid es una crisis de confianza sobre el sistema entero porque los líderes no resuelven los problemas y además están creando otros nuevos

Foto: Rueda de prensa de Ayuso. (EFE)
Rueda de prensa de Ayuso. (EFE)
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La palabra es áspera, ya lo sé. Hablar de desafección parece más correcto, más académico. Pero es menos preciso. El desafecto es un término demasiado sutil, válido para complejidades emocionales distintas a las de nuestra época. No estamos en la campiña británica de Jane Austen o Thomas Hardy. Tampoco paseamos junto a la Bovary de Flaubert. Aquí no hay afecto desde hace años, ni siquiera rescoldos. Esto es más duro.

El aire de España parece cada vez más viciado y cerrado, más cercano al del sótano de Palahniuk. Club de la lucha. Irracional, violento, desesperado. También la tierra. Fuerza telúrica: quien ponga la mano en la superficie de España sentirá que la adrenalina ya murmura, que el encabronamiento se acumula.

La próxima semana traerá más y a mayor velocidad. Cada una de las crisis que estamos atravesando emitirá graves señales de crecimiento y descontrol en un país que se siente cansado y desamparado, que se sabe desarmado para lo inmediato y para lo irreversible. Traicionado. Relinchará la crisis sanitaria, seguramente, imposible de embridar a estas alturas. Desatada porque el verano fue tiempo perdido. Recuerden. Julio y agosto: Sánchez y Ayuso pasándose la pelota de la culpa de tumbona a tumbona. Y el virus sin vacaciones.

Prefiero pensar que lo de Ayuso es solo por una torpeza difícil de perdonar. Una montaña de errores y no un mar de crueldad

Ahora resulta que es tarde. Por eso nada mejor que moverse sin prisa y con pasos pequeños. Una anuncia tiritas confusas para cerrar la brecha que sigue abriéndose. Otro responde a la llamada de urgencia con un "me paso a verte dentro de cuatro días". Y la enfermedad bailando la conga, sabiendo, festejando, que cada minuto que la pareja desaprovecha sin ir a saco es una oportunidad para que la segunda ola pueda llegar —por encima del neopreno de Simón— tan alto como quiera.

Viendo la magnitud de lo que amenaza con venir, prefiero pensar que lo de Ayuso es solo por una torpeza difícil de perdonar. Una montaña de errores y no un mar de crueldad. Ojalá solo haya perdido el volante y no sepa dónde está. Ojalá no esté poniendo la economía por delante de la salud, tolerando que se apilen los "daños colaterales" mientras viste su discursito de polarización, victimismo y confusión.

Del mismo modo, prefiero también creer que lo de Sánchez se explica solamente por una irresponsabilidad que cuesta muchísimo tolerar. Un ejercicio de dejación del deber y no un cálculo siniestro. Ojalá solo se haya equivocado y el traslado de las competencias en la lucha contra el coronavirus responda a la banalidad y a la falta de profesionalidad, y no al deseo de que se quemen otros.

Ojalá Sánchez solo se haya equivocado y el traslado de las competencias en la lucha contra el coronavirus responda a la banalidad

Ojalá, porque el interés de España no está en el concurso de ver cuál es el político que se abrasa, sino en la misión nacional de evitar que el virus azuce más humo, más humo todavía, en los crematorios del país entero. Los españoles tenemos la economía como un campo de batalla, arrasada desde el confinamiento, tal y como subrayan la OCDE y todos los demás. Sin embargo, la guerra —aquella guerra que dijo Sánchez— no ha terminado. Viene la segunda embestida del bicho y con ella más devastación y para más años. Más porque habrá más confinamientos.

Desgraciadamente, da la impresión de que ya no estamos en la pantalla que dirime la velocidad de la recuperación. Jugar con fuego nos ha devuelto a la zona de máximo peligro, a la retracción de la demanda y a la caída de empleos y empresas. Esto es, al riesgo de que la caída sea todavía más pronunciada.

Es probable que no hayamos tocado fondo. Y es seguro que la anestesia no será infinita. Nadie lo dice pero no será posible mantener los ERTE indefinidamente. No se podrá aplazar durante mucho más tiempo el dolor.

Nadie lo dice pero no será posible mantener los ERTE indefinidamente. No se podrá aplazar durante mucho más tiempo el dolor

Me da una pena tremenda tener que escribir esto, pero mucho me temo que respiraremos más malestar que la otra vez, desde 2008. No solo por el previsible aumento de desigualdad, también porque crecerá la impresión de injusticia. Ayuso no va a poder contener la expansión del virus confinando al Madrid más pobre, pero ya está generando una bolsa de rencor social que más temprano que tarde buscará vía de salida por algún sitio.

Gran parte de la izquierda, devorada intelectualmente por la lógica populista de los de arriba y los de abajo, dirige palabras de alto calibre sobre la zona cero. Hablan de guetos, de segregación. Quizá más de uno tendría que preguntarse qué demonios provocó que el voto progresista se desplomase, precisamente en los barrios más obreros, después de cuatro años de Carmena. No fue el desafecto, chavales. Fue el abandono.

Quizá no esté de más plantearse si remover las entrañas ajenas con las manos manchadas de incoherencia es lo mejor que puede hacerse en medio de tanta angustia. Si puede ser otro el que se lleve el premio de esta macabra ruleta rusa que parece haberse iniciado. Ojo porque Madrid, también el Madrid más pobre, tiene mucho de núcleo irradiador para todas las Españas. La mancha de aceite hirviendo puede extenderse y no faltan cerillas encendidas en muchos sitios.

Responsabilidad, por favor. Sufrimos una crisis sanitaria y otra económica. Una crisis social y otra institucional, también una territorial como volveremos a comprobar en los próximos días. La crisis del covid-19 está mutando. Ya no es un sumatorio de crisis, empieza a ser una crisis de confianza sobre el sistema entero porque los líderes no resuelven los problemas y además están creando problemas nuevos.

En las circunstancias actuales resulta absolutamente imposible predecir lo que puede venir

Dentro de una década podremos comprender el sentido histórico de todo esto, entonces nos parecerá lógico. Hoy solo puede verse que la pandemia ha cambiado el caudal de la historia. En las circunstancias actuales resulta absolutamente imposible predecir lo que puede venir. Solo tenemos la experiencia.

La crisis anterior, la que sí que trajo desafección y luego enfado, desató la abstención en muchos barrios y la demanda general de novedad. Eran otros tiempos. Este aire es más turbio, más asfixiante. Si el encabronamiento llega hasta donde puede llegar, la pulsión iconoclasta puede terminar destruyendo todo lo que nos parecía sólido hace muy poco, tan cerca como a principios de este año tan terrible, tan desalmado.

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