Crónicas desde el frente viral
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Estados Unidos, una distopía en tiempo real
La mayor potencia del mundo se ha convertido en el país más impredecible. Recopilemos algunos hitos disruptores que hace poco resultaban impensables, inesperados
Vivimos en la época que más acelera la velocidad de la historia. 1984 se escribió en 1948. Las obras de carácter distópico de la última década no van más allá de 2030. Todo va cada vez más deprisa. Lo disruptivo no para de comerle terreno al tiempo. Tanto que ya invade el presente. La nueva normalidad, suspendida como una nube negra sobre nuestras mascarillas. Tanto y todavía más. Estados Unidos es una distopía en tiempo real.
En aquel país convergen anomalías que desafían cualquier capacidad de anticipación. Los hechos desbordan los dos hemisferios de nuestra mente. La mayor potencia del mundo se ha convertido en el país más impredecible. Recopilemos algunos hitos disruptores que hace poco resultaban impensables, inesperados. Pero antes, sube el volumen, esa guitarra que suena en tu cabeza es la del 'Highway to hell'. Vamos.
¿Quién pudo imaginar hace una década que la tensión racial estaría hoy tan cerca del punto de ignición?
¿Quién calculó hace un lustro, esta amenaza de depresión económica con calibre 1929? ¿Una deuda pronto superior al PIB nacional?
¿Qué intuición detectó hace un año la invasión de un virus sobre el país entero? ¿Cuatro veces más muertos que en Vietnam, el doble que en la primera guerra mundial, estimaciones de superar a la segunda gran guerra si la segunda ola recrudece?
¿Quién teorizó hace un semestre que veríamos milicias populares recorriendo las calles en un país armado hasta los dientes, matones estimulados desde la Casa Blanca?
¿Alguien vio venir hace una semana lo de Trump contagiado de covid-19? ¿Respirador a un mes de las elecciones? Pertenece al grupo de riesgo. ¿Quién puede descartar qué llegue a pasar cuando ni siquiera todo el mundo se cree su enfermedad?
La distopía es esto, el tiempo de verás y no creerás. Lo inesperado. La incertidumbre hecha huracán. Y también la corazonada irrefutable de que viene más.
Claro que viene más. Falta un mes para las elecciones. Los modelos de predicción más sofisticados perfilan buenas opciones para Biden. ‘The Economist’, por ejemplo, le da un 87% de probabilidades de ganar en colegio electoral y un 98% en votos. Sin embargo, no hay quien dé por seguro el triunfo de los demócratas. Y menos que nadie el mercado. La bolsa norteamericana ha entrado en periodo de alta volatilidad porque todos los escenarios electorales desembocan en la inestabilidad. Inestabilidad para el mundo del dinero que también es inestabilidad para el mundo entero. Global.
Escenario uno: sin frenos. Quiebran los pronósticos. Los republicanos alcanzan la mayoría y Trump tiene cuatro años por delante sin nada que lo detenga, porque no puede volver a presentarse. Guerra comercial con China. Unilateralismo y proteccionismo. Más madera para la expansión del populismo y el nacionalismo en occidente. Deterioro democrático. Desprecio al cambio climático. Más agresividad hacia las minorías. Mayor polarización. Aumento todavía más acusado de la desigualdad. Probable pico del malestar social. Posible golpe de mano. No hay manera de saber hasta dónde puede ir Trump por camino abierto, lo único seguro es que lo hará hasta el final. Sin piedad.
Escenario dos: resultado incierto. La sombra de la duda, lo más plausible. Irnos a la cama sin saber quién es el elegido, que haya que esperar al voto por correo, que las distancias sean tan mínimas en uno o en varios estados y haga falta revisión —Florida en el 2000—. Cualquier duda e incluso la sospecha que despertará todo resultado con margen estrecho. Millones de norteamericanos convencidos de que han sido víctimas de una estafa perpetrada por el otro bando. Trump y Biden declarándose presidentes. La mayor crisis constitucional de la historia americana. El riesgo real, sembrado desde el cisma social que ya existe, de una confrontación violenta con muertos en las calles.
Escenario tres: éxito rotundo de los demócratas. Tanto como para llevar a Trump a bajar la cabeza en la misma noche de las urnas. Difícil. Y tres meses hasta su salida de la Casa Blanca, más difícil todavía. Tres. La práctica imposibilidad de una transición pacífica y tranquila. Un campo de minas político en medio de una crisis sanitaria y de una crisis económica.
Termina la prospectiva y empieza el pronóstico. Incertidumbre. Multiplicada por el positivo vírico, un giro de guion propiciado por el destino que el propio Aaron Sorkin no habría sido capaz de soñar. El siniestro juego que tenía Trump sobre Biden ha terminado. Al menos a corto plazo, el contagiado no podrá estirar la parte cierta que hay en la caricatura: es muy mayor y tiene la salud endeble, no está bien. Ya eran coetáneos, ahora la enfermedad les ha igualado justo en la cumbre del enfrentamiento navajero, el cara a cara del otro día.
Cobran importancia de golpe los dos segundos espadas, que tienen debate muy pronto. No apuesten por Pence, háganlo por Kamala Harris. Para muchos ella es la principal fuerza del candidato. Tiene verdad. Tiene energía para comunicar y potencia ideológica. Mestizaje en los genes. Veinte años menos, contemporaneidad. Para unos pocos, para los que están en el cuartel electoral de Trump, puede convertirse pronto en su principal debilidad.
Para que eso ocurra tiene que ocurrir, esta vez sí, lo previsible. Tendría que ganar con claridad el próximo debate. Desde ese momento, activación del arsenal en la maquinaria republicana. Objetivo: movilizar a la base electoral que propició la victoria de 2016. Mensaje para los blancos del medio este de clase media: es probable que Biden no pueda culminar el mandato si es elegido, está claro que no podrá presentarse a la reelección con más de ochenta años, la presidenta es ella. Todo esto no es más que una colosal maniobra de distracción urdida por las corruptas élites demócratas. Una trampa que os quieren colar y de la que América solo saldrá si mueves el culo y votas a Trump.
Activación del miedo y del odio. El acceso directo para tensar. Miedo porque Kamala es izquierdista radical. Odio porque es de color. Miedo y odio porque es mujer. Paranoia. Teorías de la conspiración. Manipulación. Vídeos negativos. Segmentación con inteligencia artificial. Operación de bombardeo viral que aparenta apuntar contra el adversario —al que de paso se da por marioneta muerta— pero que está pensada para combatir el espíritu de derrota, la desgana y la desmovilización.
Hoy falta exactamente un mes para las urnas. No hay futurólogo que se atreva a hablar. Ahora bien, hay algo que seguramente ocurrirá: la temperatura tiene que subir todavía más. Como la rana en la olla, un grado más cada minuto mientras no se dé cuenta. Hasta el hervor, quizá, de la democracia.
Para Trump la meta estratégica de esta campaña podría ya no consistir tanto en ganar como en llegar al final. Llegar lo suficientemente cerca. Llegar para manchar el resultado con la acusación de fraude y, quizá entonces, poner a la nación ante al abismo final. La eclosión violenta de la distopía definitiva.
Vivimos en la época que más acelera la velocidad de la historia. 1984 se escribió en 1948. Las obras de carácter distópico de la última década no van más allá de 2030. Todo va cada vez más deprisa. Lo disruptivo no para de comerle terreno al tiempo. Tanto que ya invade el presente. La nueva normalidad, suspendida como una nube negra sobre nuestras mascarillas. Tanto y todavía más. Estados Unidos es una distopía en tiempo real.