¿Por qué Sánchez hace mal lo que podría hacer bien?
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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¿Por qué Sánchez hace mal lo que podría hacer bien?

Desgraciadamente, no hemos sido capaces de despejar el paisaje y fijar la ruta con claridad hasta la tercera embestida de la peste. Ahora el consenso es más que amplio en todos los frentes de la crisis

placeholder Foto:  El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Afortunadamente, han cambiado algunas cosas desde el principio de la pandemia. Hoy es menor la desorientación. Al principio, nos envolvió la niebla y descubrimos, además, que faltaban recursos en todos los campos. Desconocíamos al enemigo y carecíamos de equipamiento en los centros sanitarios. No había manera de saber quiénes estaban contagiados ni qué tratamiento aplicar cuando los pacientes empeoraban. Los españoles no teníamos mascarillas y España no tenía herramientas legales. No había más remedio que improvisar mientras el sufrimiento se acumulaba.

Estábamos tan perdidos que ni siquiera sabíamos quién tenía que hacer cada cosa. Las compras de material sanitario fueron un espanto. Las relaciones entre los actores políticos envenenaron la situación. Hubo que improvisar un "código pandémico" que en más de una ocasión ha rebasado los límites de la Constitución.

Desgraciadamente, no hemos sido capaces de despejar el paisaje y fijar la ruta con claridad hasta la tercera embestida de la peste. Ahora el consenso es más que amplio en todos los frentes de la crisis. Hay cuatro principios que comparten todas las partes involucradas en esta gestión de múltiples crisis que el covid ha desatado.

Primero. El confinamiento funciona. Es infalible. Y, desde luego, no requiere la misma severidad, la misma crueldad, que padecimos durante la primera ola. Se puede y se debe segmentar. Lo contrario, la graduación de escaladas y desescaladas, lo paliativo, siempre termina siendo tóxico.

Segundo. El dilema de que hay que elegir entre la salud y la economía es falso. La superación de la enfermedad es la condición de posibilidad de la recuperación económica.

Tercero. La desconfianza es mortal. El disenso es un factor de ineficiencia principal. Puede demostrarse que existe relación entre el número de fallecidos de cada país y su grado de polarización política. Y puede afirmarse que la enfermedad se normaliza, que la sociedad baja la guardia, donde el mensaje coherente y constante de la salud pública se sustituye por el empleo masivo y machacón de la propaganda partidaria.

¿Quiénes están fuera de lo que resulta obvio? Los negacionistas. Y Sánchez que, en lugar de negar la evidencia, simplemente la elude

Cuarto. La aparición de las nuevas cepas víricas altera las reglas del combate contra el virus. Nos enfrentamos ante variantes más contagiosas y por lo tanto con mayores opciones de desbordar la capacidad de atención de nuestros hospitales. Por lo tanto, es urgente invertir en investigación para secuenciar y localizar la mayor cantidad posible de casos positivos; es vital aplicar rápidamente más contundencia para obstaculizar la multiplicada contagiosidad del virus; es imprescindible reforzar todos los mecanismos de protección, fundamentalmente fomentar el uso de las mejores mascarillas y aumentar la distancia social.

Contundencia. Vínculo entre la salud y la recuperación económica. Necesidad de acuerdo. Y adaptación de toda la estrategia al riesgo mayor que suponen las mutaciones del covid. En torno a esos cuatro principios hay un consenso en el que tienen cabida todos los expertos, desde los científicos hasta los economistas; también los gobiernos autonómicos, además de los gobiernos de todas las naciones de nuestro entorno y, encima, la opinión pública del país entero. La demanda social de mayores restricciones, de que se haga lo que se tenga que hacer desde el Gobierno para derrotar a esta pesadilla, es ampliamente mayoritaria. Lo viene reflejando hasta el CIS.

¿Quiénes están fuera de lo que resulta obvio? Los negacionistas. Y Sánchez que, en lugar de negar la evidencia, simplemente la elude. No reconoce la realidad.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (EFE)

Es como si todos estuviésemos metidos en un coche, con los pasajeros de acuerdo, el GPS marcando una ruta completamente recta, y viésemos al conductor clavado en el volante. Sin arrancar, parado, mientras el monstruo viene corriendo hacha en mano por detrás. ¿Por qué?

¿Por qué el conductor está echando la culpa a todo el mundo en plena urgencia nacional en lugar de arrancar? Suelta la responsabilidad hacia abajo (las comunidades autónomas), hacia arriba (la Unión Europea), hacia los lados (los partidos políticos), incluso a la sociedad (los contactos navideños). Sin embargo, no mueve la llave y pone el motor a funcionar. ¿Por qué?

¿Por qué Sánchez hace mal lo que podría hacer bien? ¿Por qué no seguir el camino que pide la mayoría social y marcan los expertos, los gobiernos autonómicos y los gobiernos de otros países?

Una opción es que nuestro país no pueda permitirse el lujo de salvar vidas, así de crudo. Nos hemos convertido en un país pobre. Hace falta dinero para ayudar a los sectores más dañados cuando se tiene que confinar y no tenemos un duro. Arruinados. Para eso está el fondo de ayuda europea. Para eso está el principio de solidaridad de la UE. Y para eso tiene que estar un presidente en Bruselas. Si fuese así, ya está tardando en arreglarlo. Hay vidas en juego.

Si elude la realidad es para protegerse del desgaste político que implica reconocer la evidencia de que la tercera ola puede venir con todo

La otra explicación es más triste. En mitad de esta tragedia, Sánchez siente que su autopreservación está amenazada. Ese quietismo que tiene paralizado al país es un pobre ejercicio de especulación que no busca más que conservar la parte agradable de un poder que en el fondo es estéril a la hora de la verdad.

Si elude la realidad es para protegerse del desgaste político que implica reconocer la evidencia de que la tercera ola puede venir con todo. Ese es el tema. Porque reconocer lo evidente conlleva actuar, hacer lo correcto, expresarse con honestidad en un momento de dificultad, dar la cara en el Parlamento y negociar. Liderar. Partirse la cara por los demás. Demasiado riesgo para sí mismo. Y por eso su mejor baza es no hacer nada.

A esa tristeza, el tiempo añadirá la doble pena del error de cálculo. A medio plazo, porque la garantía de que los votos premian a quienes evitan lo correcto no existe. Y a largo plazo, porque el siguiente palacio puede estar en el basurero de la historia de España. Y ese sí que es para siempre.

Mira que lo tiene fácil. Basta con que ofrezca a esta España sufriente un pacto de la Moncloa con solo dos puntos: todo lo necesario para frenar al virus, todo lo necesario para acelerar la vacunación. No es difícil pero no quiere. No quiere porque no puede. No tiene remedio.

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