En defensa de los allegados

Si al coronavirus le da igual el mapa de los afectos, a los legisladores también debería dárselo

Foto: Dos personas se fotografían frente a un árbol de Navidad iluminado. (EFE)
Dos personas se fotografían frente a un árbol de Navidad iluminado. (EFE)

Cuando en mayo empezó el desconfinamiento en Italia, aquel Gobierno lo hizo permitiendo las visitas a “personas con una relación afectiva estable”. La expresión no quedaba del todo clara hasta que a las autoridades les pidieron precisar. Y fue cuando precisaron que se terminó de liar. El único salvoconducto para los primeros reencuentros incluía familiares de hasta sexto grado y parejas estables. Es decir, la norma incluía novios y primos lejanos, pero prohibía quedar con los amigos por íntimos que fueran. Como los 'carabinieri' tenían prohibido pedir, por motivos de privacidad, el nombre de la persona que se fuera a visitar, había mucho margen para eludir la norma. Al final, como siempre, unos la cumplieron y otros no. Lo que no eludió la norma, claro, fue la polémica. ¿Qué criterio epidemiológico justificaba permitir los contactos con primos segundos y no con amigos íntimos?

Es comprensible que el plan del Gobierno español para las navidades del coronavirus, por tanto, haya optado por un término tan ambiguo como allegados para definir con quién vamos a poder reunirnos en estas fiestas navideñas. Hay allegados que no son familia y familiares que nunca están lo suficientemente lejos. A menudo, las relaciones consanguíneas están sobrevaloradas. Y el Registro Civil, lleno de arrepentidos.

Si al coronavirus le da igual el mapa de los afectos, a los legisladores también debería dárselo. Lo que ha de estar claro durante la pandemia es que sigue vigente la recomendación oficial. Lo mejor es quedarse cada uno en su casa y celebrar las fiestas con el menor número de personas posible, preferiblemente solo convivientes. Pero, puestos a mezclar hogares, el covid-19 no va a ser más peligroso por invitar a un amigo que se ha quedado colgado que a los primos del pueblo. De lo que sí se aprovecha el virus es de que una reunión se haga sin distancia, sin ventilación y sin mascarillas.

Lo más importante para evitar contagios, insisten médicos y científicos, es reducir el número de personas y de grupos de convivencia que se juntan a la vez. Desde el punto de vista de los epidemiólogos, es insensato quedar a comer o cenar con nadie que no sea conviviente. Desde el punto de vista de los psicólogos, sin embargo, lo insensato sería prohibir indiscriminadamente la visita de los seres queridos en fechas tan sensibles como estas. La soledad no está exenta de peligros y es también una epidemia que causa cada vez más estragos. La norma se limita a pedirle a quien pueda prescindir de la socialización que lo haga.

Desde el punto de vista de los psicólogos, lo insensato sería prohibir indiscriminadamente la visita de los seres queridos en fechas tan sensibles

La atención la acapara la palabra 'allegado', porque se presta a cachondeo. Pero su acierto tal vez sea precisamente esa indefinición, que apela a la responsabilidad y rehúsa inmiscuirse en la jerarquía que cada uno dé a sus relaciones personales. Quienes quieran buscar cómo hacer trampa lo tendrán bien fácil, porque puestos a mentir, allegado es casi cualquiera. Sin embargo, a quienes quieran cumplir la norma, esto debería permitirles centrarse en lo esencial, que no es la identidad de la persona con la que uno se junte sino las medidas de precaución que se tengan. ¿Cómo van a comprobar entonces que las reuniones sean entre allegados o no? Pues de la misma manera que en la segunda ola se ha comprobado que dentro de las casas no se reunieran más de seis personas a la vez. De aquella manera. Todo recae de nuevo, para bien y para mal, en la sensatez de la gente y en el miedo a morir o matar.

No es por tanto la indefinición de allegado lo más arriesgado de la norma aprobada para las fiestas navideñas en este Consejo Interterritorial. Más peligroso es que se transmita la sensación de que en Nochebuena y Navidad hay una especie de tregua. Ampliar el toque de queda y el número de personas que pueden juntarse aumenta el riesgo de contagio, cuando el propio Ministerio de Sanidad reconoce que prácticamente todo el territorio español sigue en situación de riesgo y se notifican más de 250 fallecidos al día.

En Italia, un país donde la tradición católica y familiar pesa tanto o más que aquí, han optado por no hacer ninguna excepción para las fiestas de Navidad y Nochevieja, y será obligatorio permanecer en el municipio. Allí, el mensaje que está transmitiendo el Gobierno es que permitir reuniones más amplias aumentaría el riesgo de vivir una masacre. Quieren evitar una tercera ola antes incluso de que dé tregua la segunda.

El Gobierno en España, sin embargo, ha optado por aflojar restricciones. Ha considerado que reunir un máximo de 10 personas de solo dos hogares distintos durante las fiestas es un riesgo asumible. Esperemos que no se equivoque. Que gran parte del país se junte con allegados a cenar aumentará el riesgo de rebrotes simultáneos antes incluso de Reyes. Pero la amenaza no solo está en quienes se salten la norma: cumpliéndola a rajatabla, también corremos peligro de contagio. La clave no está en la palabra 'allegados', sino en la palabra 'asintomáticos'.

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