De viaje de Semana Santa hacia la cuarta ola
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Marta García Aller

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De viaje de Semana Santa hacia la cuarta ola

Cientos de personas, la mayoría con pinta de universitarios, aguardaban el jueves tarde en Pamplona para subir al Alvia dirección Madrid, la víspera de las vacaciones de Semana Santa

placeholder Foto: Personas con mascarilla esperan el tren en la estación de Atocha. (EFE)
Personas con mascarilla esperan el tren en la estación de Atocha. (EFE)

Desde antes de la pandemia no veía tanta cola en una estación para subirse al tren. Cientos de personas, la mayoría con pinta de universitarios, aguardaban el jueves tarde en Pamplona para subir al Alvia dirección Madrid, la víspera de las vacaciones de Semana Santa. Viajábamos tan llenos que el revisor pidió a la gente que las maletas grandes las metieran apiladas en el vagón de cafetería, aprovechando que por la pandemia el servicio de comida sigue cerrado. Algunos estudiantes se quedaron todo el viaje allí sentados, encima de la barra vacía, con la excusa de vigilar su equipaje apilado de cualquier manera. El revisor no les dijo ni mu.

La ventaja de afincarse en el vagón cafetería reconvertido en maletero era que al menos no había que ir pegado al codo del pasajero de al lado. No solo era más fácil mantener las distancias que en un tren a rebosar son imposibles de guardar, además me descubrieron que se podía cargar el móvil en uno de los cotizados enchufes del tren. Todo el mundo, eso sí, llevaba la mascarilla reglamentaria. Mucha FFP2. A la altura de Tafalla, unas viajeras me contaron que volvían a casa a pasar la Semana Santa. Eran malagueñas, así que les faltaba por atravesar la península entera.

Foto: Mensajes escritos en una mascarilla colgada en la reja de la basílica de la Macarena. (EFE)

Nadie en Pamplona nos había pedido en la estación ningún certificado para viajar, pese a que Navarra está cerrada perimetralmente desde hace semanas. Al llegar a Atocha tampoco había control alguno (además, para el cierre perimetral de Madrid faltaban todavía unas horas). No sé si en la estación de Málaga encontrarían alguien pidiendo el certificado de movilidad. Sin embargo, aunque las autoridades sanitarias han pedido no viajar, en realidad estas veinteañeras no estaban haciendo nada ilegal. Retornar al lugar de residencia habitual está permitido y, si en su DNI la dirección sigue siendo la de casa de sus padres, no iban a tener problema. Y, como ellas, cientos de estudiantes que viajaban en mi mismo tren. Y miles más en otros trenes y autobuses. A los que hay que sumar los que, como yo, viajábamos estrictamente por trabajo. Y los que ni una cosa ni otra, pero alguna excusa han encontrado.

Miles de universitarios que viven fuera están regresando al domicilio familiar y cambiando de región por vacaciones sin PCR que valga

Así que mientras andábamos discutiendo en los medios por cuántos franceses habrán llegado a España en el Puente de San José (apenas unos 9.000 entre Madrid y Barcelona), decenas de miles de universitarios que viven fuera están regresando al domicilio familiar y cambiando de región por vacaciones sin PCR que valga. En su derecho están. Aunque el Ministerio de Sanidad lo desaconseja, no lo tienen prohibido. Buena idea, desde luego, no parece.

A principios de marzo, el asunto de los viajes de universitarios se discutió en el Consejo Interterritorial. El Ministerio de Sanidad propuso la prohibición de estos desplazamientos, pero las Comunidades Autónomas se opusieron. Por entonces la tendencia de contagios todavía iba a la baja y la cuarta ola no solo no había empezado a atisbarse, ni siquiera se mencionaba.

Aunque Sanidad, en pleno estado de alarma, considera que serían necesarias más medidas, no las toma porque no hay acuerdo con las CCAA

Pero la tendencia ha cambiado. Y aunque el Ministerio de Sanidad, en pleno estado de alarma, considera que serían necesarias más medidas, no las toma porque no hay acuerdo con las autonomías. Adelantar el cierre del comercio no esencial a las 20 h de la tarde en Semana Santa, como proponía Darias, no ha salido adelante por este motivo. Sanidad maneja un borrador, aún en negociación, que recomienda el cierre de los interiores de establecimientos cuando la incidencia supere los 150 casos por 100.000 habitantes. Pero pese a que Sanidad lo ve necesario y muchos epidemiólogos lo recomiendan (los lugares cerrados en los que se puede estar sin mascarilla aumentan el riesgo de contagio) sigue sin decidirse nada.

Si el semáforo de riesgo que se aprobó en octubre (y que no evitó la tercera ola) hubiera incorporado más medidas de este tipo, que permitiera relacionar con antelación y de forma objetiva el ritmo de las restricciones con los indicadores de contagio, no habría que retomar la misma discusión cada vez que llega un repunte. Al final, una vez más, es muy probable que el debate epidemiológico se desvirtúe y las nuevas medidas acaben mezclándose con la campaña electoral del 4-M. No puede extrañarnos. Con la de veces que en España se rectifica la normativa de la pandemia, la cantidad de olas que sufrimos y lo a menudo que vamos a las urnas, es inevitable que todo termine coincidiendo.

Preocupante subida de la incidencia a las puertas de la Semana Santa.

Mientras iba en el tren me llegó la alerta con los últimos datos de la pandemia. En el último día se han registrado 356 muertes, la mayor cifra diaria en tres semanas. La incidencia de coronavirus sigue subiendo en 11 de las 17 comunidades. En Navarra, de donde salíamos todos los que íbamos en el tren, el aumento en los últimos 14 días ronda el 100%. Y lo peor no es que la media española desde el 16 de marzo no haya dejado de subir. Lo más peligroso es que lo hace a un ritmo que se acelera. Lo ha explicado la ministra Darias en su última comparecencia, en la que reconoce que aumenta su preocupación. También ha reconocido que las medidas que se tomaron para “salvar las Navidades” fueron escasas y que aquel error nos costó una tercera ola. La ministra pide precaución y, sin anunciar medidas nuevas, reconoce que ya ha empezado una cuarta ola. Escribo sobre ella en un tren a rebosar.

Desde antes de la pandemia no veía tanta cola en una estación para subirse al tren. Cientos de personas, la mayoría con pinta de universitarios, aguardaban el jueves tarde en Pamplona para subir al Alvia dirección Madrid, la víspera de las vacaciones de Semana Santa. Viajábamos tan llenos que el revisor pidió a la gente que las maletas grandes las metieran apiladas en el vagón de cafetería, aprovechando que por la pandemia el servicio de comida sigue cerrado. Algunos estudiantes se quedaron todo el viaje allí sentados, encima de la barra vacía, con la excusa de vigilar su equipaje apilado de cualquier manera. El revisor no les dijo ni mu.

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