El último fin de semana normal antes de la pandemia
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Marta García Aller

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El último fin de semana normal antes de la pandemia

Hace justo un año del último fin de semana normal que recuerdo antes de la pandemia. No teníamos ni idea de que en un año el coronavirus mataría más de dos millones y medio de personas

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Foto: EFE.

Aquella noche en La Parrala hablábamos del coronavirus. Y de los planes para la Semana Santa. Era cuando cambiar de barrio no era lo más parecido a viajar que estaba permitido y para llegar a la barra del bar había que abrirse paso a codazos. Andábamos pasándonos las cañas de dos en dos y daba un poco igual si alguien metía el dedo dentro del vaso. “¿Has visto lo de Italia? Han cerrado todos los colegios”, decía un amigo. “Pues aquí acaban de confinar no sé qué pueblo en La Rioja”, respondía otro, refiriéndose a Haro, mientras cogía un tenedor cualquiera para pinchar unas bravas. “Y en mi barrio han cerrado todos los chinos”, añadía una amiga. “¿Te imaginas que pasara aquí como en Wuhan?”. El coronavirus empezaba a dar miedo. Pero como dan miedo los monstruos que salen en las películas, que cuando dejas de pensar en ellos se te pasa.

Hace justo un año del último fin de semana normal que recuerdo antes de la pandemia. Aquella noche de jarana sé que era sábado y 7 de marzo, porque celebrábamos el cumpleaños de un buen amigo al que acabo de felicitar, un año después, esta vez sin abrazos y con mascarilla. No teníamos ni idea de que faltaban siete días para que nos encerrásemos en casa durante meses. Ni que en un año el coronavirus mataría más de dos millones y medio de personas, además de buena parte de los empleos y la economía. No sabíamos que el mundo ya estaba cambiando para siempre.

Foto: Aplausos durante el confinamiento. (EFE)

Esa noche que recuerdo como la última normal, tan normal no sería cuando tuvimos tiempo para bromear si aquella no sería la última cerveza. “¿Pero esta es la tuya o la mía? No sé, yo la dejé por ahí, quédate esta que tiene más”. Era cuando ni las cañas ni los metros cuadrados de bar estaban perimetrados. Nadie sabía de aerosoles. Éramos muchos y daba igual. ¡Había tantas cosas que daban igual antes del coronavirus!

Estar preocupado significaba otra cosa antes de la pandemia. Empezaba el miedo a que aquello del coronavirus fuera en serio

En aquel bar en el que sin saberlo tomábamos la última caña juntos en mucho tiempo, recuerdo que ya habíamos empezado a preocuparnos, sí. Pero estar preocupado significaba otra cosa antes de la pandemia. Empezaba el miedo a que aquello del coronavirus fuera en serio. Pero antes de la pandemia, por algo serio, entendíamos otra cosa. Algo podía ser serio, daba igual cómo de grave, solía ser una tragedia pasajera que afectaba a mucha gente que nunca eras tú. Dice la Nobel de Economía Esther Duflo que recesión es cuando tu vecino pierde su empleo y depresión es cuando lo pierdes tú. Las dimensiones de una pandemia global como la del covid-19 aún eran inimaginables.

Es sorprendente revisar el calendario de esos días para reconocer lo lentos que fuimos en entender el problema y lo rápido que luego cambiamos de idea. Al principio de la noche, algunos dudábamos cómo saludarnos, porque estrechar la mano y darse besos ya estaba desaconsejado, pero como más o menos nos conocíamos casi todos, no veíamos el peligro. Bueno, nos conocíamos a la manera que entendíamos por conocerse de antes de la pandemia. Es decir, había mucha gente cuyo nombre no recuerdo, de esos amigos de amigos que por una noche son íntimos. Eso sí que parece que fuera hace una eternidad. Lo de pasar el rato charlando con los amigos de los amigos. Otra de las muchas cosas que ha desaparecido por completo en este año de pandemia.

Foto: Trabajos en el tanatorio para fallecidos por covid. (EFE)

Tengo grabada una mañana, un par de días antes de aquella fiesta, cuando me quedé dentro del coche después de aparcarlo para escuchar al corresponsal de Onda Cero en Italia contarle a Alsina cómo estaban viviendo el avance del coronavirus en Roma, y cómo de ser un problema lombardo empezaba a percibirse que aquello podía afectar a todo el país. Empecé a entender que el problema no era si el coronavirus tenía una mortalidad mayor o menor que la gripe, sino que era mucho más contagioso. Los médicos llevaban tiempo alertando de que, con esa velocidad de contagio, ningún sistema hospitalario estaba preparado para atender tanta gente enfermando a la vez. Apenas tardamos una semana en comprobar que el nuestro tampoco.

Aquella noche, en el bar, mientras cantábamos feliz cumpleaños ajenos a la que estaba a punto de liarse, en Lombardía miles de personas colapsaban las estaciones de tren de Milán huyendo hacia el sur del país porque se había filtrado el borrador del Gobierno italiano que anunciaba el cierre de la región. De madrugada, se confirmó que 16 millones de personas quedaban en cuarentena, que era como llamábamos entonces a los confinamientos.

Lo que estaba pasando en el norte de Italia sucedería en España una semana después. Y luego en el resto de Europa y del mundo

En Madrid, lo más parecido a una restricción que teníamos por entonces era la prohibición de besarle los pies al Cristo de Medinaceli. Pasamos la noche en aquel bar, entre abrazos, selfis, besos y más abrazos. "Qué movida lo del coronavirus", decía alguien de vez en cuando, cuando llegaba una alerta al móvil con lo de Italia.

Al día siguiente, sin embargo, cuando leí los periódicos tranquilamente, empecé a preocuparme de verdad. Ese sábado habían muerto en Italia más de un centenar de personas por covid-19 en un solo día. La tragedia no había hecho más que empezar. Y lo que estaba pasando en el norte de Italia sucedería en España una semana después. Y luego en el resto de Europa y del mundo. No tardaría mucho en darme cuenta de que aquellas habían sido las últimas cañas del último fin de semana normal en mucho tiempo. Aún no sabemos cuánto.

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