Elecciones Cataluña 2017: Lo que le faltó a Arrimadas para abrir las puertas del Palau. Blogs de Desde fuera

Lo que le faltó a Arrimadas para abrir las puertas del Palau

¿Era esta la estrategia correcta? Si el objetivo era acabar primero en las elecciones, la respuesta es sí. Si el objetivo era acabar con la hegemonía soberanista, debería haber sido otra

Foto: La candidata a la presidencia de la Generalitat Inés Arrimadas, durante la rueda de prensa tras la reunión del comité ejecutivo. (Reuters)
La candidata a la presidencia de la Generalitat Inés Arrimadas, durante la rueda de prensa tras la reunión del comité ejecutivo. (Reuters)

Voy a defender una tesis a contracorriente, a criticar la campaña electoral del partido que acaba de ganar las elecciones en Cataluña tanto en votos como escaños, obteniendo el mejor resultado histórico en unas autonómicas catalanas de un partido que se ha presentado haciendo un discurso beligerante contra el nacionalismo catalán.

Nadar a contracorriente, sin embargo, no tiene por qué significar hacerlo en el vacío. Vaya por delante que creo que la campaña de Inés Arrimadas ha sido extraordinaria, una de las más eficaces de la historia electoral española si la medimos en términos cuantitativos: es decir, comparando su apoyo antes de la campaña (según la media de las encuestas, por debajo del 20%) con el obtenido en la cita electoral (el 25,4%). Tirando de memoria, apenas tendríamos un par de ejemplos históricos comparables, las elecciones generales de 1993 (en las que el CIS preelectoral predijo un empate y Felipe González acabó ganando por más de 4 puntos) y las de 2004 (cuando se produjo un trasvase de 10 puntos, aunque bajo el terrible impacto de los atentados del 11-M). Y, pese a ser un resultado casi sin precedentes, creo que la estrategia de Ciudadanos no era la más adecuada para acabar con la mayoría absoluta independentista. Veamos por qué.

Se quejaba Inés Arrimadas tras las elecciones de que el rotundo éxito de Ciudadanos no se había visto acompañado por el resto de partidos constitucionalistas, “que no habían hecho su trabajo”. En realidad, ha sido la propia estrategia electoral de Arrimadas la culpable. Basta comparar los resultados obtenidos por Ciudadanos ahora y en las autonómicas de 2015: Ciudadanos ha crecido en votos prácticamente lo mismo que ha caído el PP, más una parte importante del incremento de la participación. En Barcelona, por ejemplo, Ciudadanos ha incrementado en 300.000 votos sus apoyos: 150.000 parecen venir del PP y el resto del incremento de la participación. Lo mismo ocurre en las provincias pequeñas: en Girona, Ciudadanos obtuvo 30.000 votos más, el PP perdió unos 10.000 y la participación se incrementó en 20.000.

No se trata de un resultado obtenido por azar. Arrimadas y el resto de dirigentes de Ciudadanos han seguido machaconamente durante la campaña dos estrategias: la primera, contra el PSC, cortejando sin disimulo el tradicional granero de votos socialista en el cinturón rojo de Barcelona, atizando una y otra vez el espantajo de un tripartito de izquierdas (pese a las reiteradas negativas de Iceta) y celebrando el mitin central de campaña en Hospitalet. Por el otro lado, Ciudadanos ha cargado contra el PP, defendiendo el voto útil (Rivera llegó a decir que votar al PP era “tirar el voto”). Tan buena ha sido la campaña de Ciudadanos que las dos estrategias parecen haber funcionado a la perfección.

Tras más de un lustro de proceso soberanista, el conflicto en Cataluña ha dejado de ser político para convertirse en enfrentamiento religioso

¿Era esta la estrategia correcta? Si el objetivo era acabar primero en las elecciones, la respuesta es sí. Si el objetivo, en cambio, era acabar con la hegemonía soberanista, la estrategia debería haber sido otra. Para ello era preciso acabar con el monolito independentista. Debemos reconocer que la contumacia de los votantes independentistas tiene pocos precedentes en la historia política de Europa occidental. Como bien ha señalado Ignacio Varela, los votantes independentistas son dos millones elecciones tras elecciones, ya llueva, truene, haya cargas policiales o brille el sol. Incluso en los años del plomo en el País Vasco, cuando la división entre nacionalistas y no nacionalistas tenía un surco de sangre, había más flujos de votantes entre bloques de los que se han registrado en Cataluña durante los últimos años.

Tras más de un lustro de proceso soberanista, el conflicto en Cataluña ha dejado de ser político para convertirse en enfrentamiento religioso. En estas circunstancias, pensar que la mitad de la población catalana (los famosos dos millones) van a caerse del caballo del 'procés' de la noche a la mañana, como San Pablo camino de Damasco, es de una candidez política imperdonable. Un botón de muestra lo daba hace unos días la, por otro lado, siempre incisiva Cayetana Álvarez de Toledo, cuando calificaba como un “descubrimiento doloroso” que “dos millones de tus conciudadanos sean inasequibles a los valores de la civilización, de la razón y del Estado de Derecho”. Ni más ni menos. Como escribía Fernando Garea hace unos días, si las elecciones catalanas hubiesen sido en Valladolid, el resultado hubiese sido muy distinto. Al sur del Ebro tenemos la concepción de que los catalanes estaban eligiendo entre libertad y crucifixión, y nos sorprendemos (“dolorosamente”) cuando una y otra vez insisten en elegir crucifixión.

Ciudadanos ha hecho una campaña fabulosa, pero una encaminada a llegar el primero a la meta volante del 21-D, no a ganar el Tour. ¿Cuál era la alternativa? Hurgar en las grietas que asomaban en al independentismo. Las encuestas indican que el único atisbo de duda entre los partidarios del 'procés' ha tenido lugar tras la fuga de empresas de Cataluña. Se trataba, por tanto, de poner el énfasis sobre la gestión económica, bajarle decibelios al debate soberanista, y poner el acento en el perfil más 'business-friendly' de Ciudadanos. Como indicaba en esta misma columna hace unos meses, ya en las elecciones de 2015 hubo un grupo no despreciable, en su mayoría antiguos votantes de CIU, que dudaron entre JxSí y Ciudadanos. El objetivo ahora debería haber sido fomentar estas dudas, incrementar el tamaño de este grupo.

Hubo un partido que sí intentó esta estrategia, el PSC de Iceta. Al PSC le gusta verse a sí mismo como el heredero del 'seny' catalán, esa mayoría urbana, comerciante y moderadamente nacionalista, que se puede aglutinar alrededor de un programa económico solvente. El problema es que los votantes catalanes nunca han visto al PSC fiable en este sentido, y la experiencia del tripartito de izquierdas no hizo nada precisamente por revertir esta impresión histórica.

Solo hay dos maneras de romper un dilema del prisionero: una, ponerse de acuerdo. Y dos, que alguien haga algo contrario a sus propios intereses

Lo acontecido entre PSC y Ciudadanos es un típico ejemplo del dilema del prisionero. Ambos partidos hubiesen estado mejor con una estrategia diferente, con el PSC dedicado a capturar el voto tradicional de izquierdas, y Ciudadanos pegándole un mordisco al votante soberanista 'business-friendly'. Pero, para Ciudadanos, la tentación de concentrar la mayor parte del voto constitucionalista, ganar las elecciones y potenciar su marca a nivel nacional, disparando las opciones de Rivera, era demasiado tentadora. Y para el PSC, las inercias catalanistas de sus élites, y la feroz competencia por el votante del cinturón rojo (no solo con Ciudadanos, sino también con los comunes), le empujó a buscar su hueco electoral en el catalanismo moderado.

No soy tan iluso para pensar que Ciudadanos podría, por sí solo, haber resituado el debate en el terreno económico y poner en sordina el territorial. Pero al menos podría haberlo intentado. Era la única forma de disputar la mayoría absoluta independentista. Solo hay dos maneras de romper un dilema del prisionero: una, ponerse de acuerdo, lo que normalmente no es viable (conozco pocos casos de colusión electoral que hayan funcionado). La segunda es que alguien haga algo contrario a sus propios intereses. ¿Ha sucedido esto alguna vez? En cierto modo forma parte de la mitología de la transición, pero quiero pensar que hubo algo de cierto. En 1979, había un Gobierno débil, una crisis económica galopante, una Constitución recién aprobada y la sombra constante de una asonada militar. A muchos les sorprendió que la campaña del PSOE para las elecciones generales fuese tan mortecina. El cartel electoral, en blanco y negro, situaba a Felipe González junto al fundador del PSOE, Pablo Iglesias, ambos con el ceño fruncido y caras de pocos amigos. Es difícil saber a qué votantes se dirigían los socialistas, sobre todo si se compara con el cartel electoral de 1977, una deliciosa ilustración del dibujante José Ramón Sanchez, un paisaje luminoso en el que se abrazaban del hombro la España urbana y la rural, la obrera y la universitaria. Muchos se sorprendieron el retroceso de los socialistas en comunicación electoral en apenas dos años. Al menos, claro está, que todo fuese deliberado, que alguien hubiese decidido que era demasiado pronto para que los socialistas gobernasen España y que lo mejor era esperar unos años. Enhorabuena a Inés Arrimadas, ganadora de las elecciones. Pero, para convertirse en la primera presidenta de la Generalitat, la próxima vez debería recordar que el día más importante no es el de después de unas elecciones, sino todos los que vienen después.

Cartel electoral del PSOE en 1979.
Cartel electoral del PSOE en 1979.

Cartel electoral del PSOE en 1977.
Cartel electoral del PSOE en 1977.

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