Lerroux, o por qué Ciudadanos se ha convertido en la 'bête noire' de la izquierda

A menudo parece que la bestia negra para la izquierda no es Casado, ni Abascal ni Martínez-Almeida: quien enciende la temperatura de la izquierda hasta llevarla a la combustión es Cs

Foto: El presidente deCs, Albert Rivera, en rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. (EFE)
El presidente deCs, Albert Rivera, en rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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La celebración del día del Orgullo y los incidentes al paso de la comitiva de Ciudadanos (que reprodujeron escenas parecidas a las del pasado 8-M) han vuelto a evidenciar que entre las formaciones de izquierda y el partido naranja existe algo más que una diferencia puntual o de criterio: se ha abierto una sima política con una profundidad que va camino de definir nuestro escenario político durante los próximos años.

Déjenme hacer una pequeña excursión histórica para rastrear los orígenes de este enfrentamiento: porque en España ya se produjo una vez un choque frontal entre la izquierda y un partido político difícil de clasificar, nacido con un programa netamente reformista, que se fue escorando paulatinamente a la derecha hasta alcanzar la hegemonía entre el electorado conservador, y que después de triunfar desapareció de súbito, víctima de errores propios, de la guerra sin cuartel que le declaró la izquierda y del contexto político polarizado de la España de los años treinta. Quizás este viaje en el tiempo tenga trozos de espejo en los que puedan mirarse todos los actores de la política española actual.

Lerroux es uno de los personajes más fascinantes pero también más denostados por nuestra historiografía política. Lerroux recorrió un camino poco habitual: del agitador de masas que alumbraba punzantes piezas oratorias (“Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente”) al líder moderado de la derecha que intentó, sin éxito, que la Segunda República no terminase en un baño de sangre.

Lerroux construyó a su alrededor uno de los primeros movimientos de masas de nuestra historia política, con un discurso obrerista, antinacionalista y regeneracionista (nacido en su origen —otra coincidencia— también en Barcelona). Su empeño, inspirado por la filosofía política de Joaquin Costa, era sacar a nuestro país del larguísimo letargo de la restauración borbónica. De lo que hoy llamaríamos el bipartidismo.

A principios del siglo XX, Lerroux se escindió de la Unión Republicana de Nicolás Salmerón, por discrepancias en la relación con las fuerzas catalanistas. Lerroux fundó el Partido Republicano Radical: una formación hermafrodita, bifronte, escurridiza en lo ideológico. Un partido republicano que se resistió a colaborar con la dictadura de Primo de Rivera (como sí hicieron los socialistas), demostrando mayor lealtad institucional a la monarquía que el propio rey. Un partido obrerista, el de Lerroux, que acabaría encabezando un Gobierno conservador durante la II República. Pero un partido conservador muy 'sui generis': Clara Campoamor, elegida diputada bajo las siglas del Partido Radical, defendió con vehemencia el voto femenino durante las Cortes constituyentes republicanas. “Las mujeres tienen derecho a equivocarse”, le dijo Campoamor a la socialista Victoria Kent, que se oponía al reconocimiento del voto.

El Partido Radical de Lerroux fue escorándose progresivamente hacia la derecha del espectro político, más como un movimiento táctico que estratégico, eligiendo en cada cita electoral el movimiento más adecuado para ensanchar su base de apoyos. Gracias a ello, el Partido Radical, convertido en una máquina engrasada de ganar elecciones, se alzó con el liderazgo de la derecha, y Alejandro Lerroux se convirtió en presidente del Gobierno.

El triunfo electoral fue el comienzo de su declive político. En el camino que le llevó al liderazgo de la derecha, en España se rompió el centro político

Acaba de aparecer una magnífica biografía, del historiador Roberto Villa García, que arroja luces sobre aquel periodo, donde tradicionalmente solo se han visto sombras. Por ejemplo, la reacción firme pero templada de Lerroux a la revolución de 1934, negándose a suministrar armas a las milicias de la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera. Qué diferente hubiese sido, reflexiona con amargura Villa García, si el Gobierno en 1936 hubiese demostrado la misma cabeza fría.

El triunfo electoral de Lerroux fue también el comienzo de su declive político. Porque en el camino que le llevó al liderazgo de la derecha, en España se rompió el centro político. Lerroux tuvo que gobernar con la cada vez más extremista CEDA, cuyo líder, Gil Robles, entonces ministro de Defensa, hizo nombramientos de militares claramente contrarios a la República, incluido el de Francisco Franco como jefe del Estado Mayor. Lerroux había tensado las costuras políticas para acceder al Gobierno, y aunque intentó después gobernar desde la moderación, convencido, como escribiría más adelante, que la supervivencia de la República pasaba en última instancia por su aceptación institucional por las formaciones conservadoras, ese giro hacia el centro llegaba demasiado tarde. España marchaba ya sin frenos hacia el enfrentamiento civil.

La biografía de Villa García repasa también algunos de los episodios más controvertidos de Lerroux, como los escándalos Nombela y Estraperlo, que acabarían con su Gobierno. Villa García relativiza su envergadura, y señala el papel decisivo que algunos dirigentes, como Manuel Azaña, tuvieron en la repercusión social que alcanzaron. El enfrentamiento entre Azaña y Lerroux era descarnado, visceral; tiempo después escribiría el historiador Sánchez-Albornoz que en aquella rivalidad se encuentra el origen de la Guerra Civil española.

La verdadera 'bête noire' de la izquierda durante la II República no fue Gil Robles, ni Calvo Sotelo, ni Primo de Rivera ni siquiera Franco: fue Lerroux

Quizás este es el punto más difícil de interpretar históricamente, con el que arrancábamos este artículo. Porque la verdadera 'bête noire' de la izquierda durante la II República no fue Gil Robles, ni Calvo Sotelo, ni Primo de Rivera ni tan siquiera Franco: fue Alejandro Lerroux. Igual que ahora, salvando las distancias, a menudo parece que la bestia negra para la izquierda no es Pablo Casado, ni Santiago Abascal ni Martínez-Almeida, el nuevo alcalde de Madrid: quien enciende la temperatura de la izquierda hasta llevarla a la combustión (repasen si no las imágenes del Orgullo) es la formación de Albert Rivera.

¿Cuál es el motivo de ese enfrentamiento sin cuartel? Tal vez hasta cierto punto es normal que los enfrentamientos más duros se den entre los partidos políticos más próximos en el espectro político, son competidores directos en la contienda electoral. Pero en este caso hay algo más.

Ciudadanos y los socialistas se sacan mutuamente de sus casillas porque para ambos es un enfrentamiento que les expulsa de su zona de confort. El presidente Sánchez (como ya le ocurriera a Azaña) parece prisionero de una mayoría política en la que no cree, a la que ha llegado por las circunstancias, por su propia debilidad o por cortoplacismo (o, lo que parece más probable, por una mezcla de todo ello). Para Ciudadanos, que nació con una agenda netamente reformista, el divorcio de los socialistas también le está saliendo caro: le ha llevado a sostener, por ejemplo, gobiernos caducos en Castilla y León y Murcia, con mayorías alternativas mucho más sólidas (en Madrid, la aritmética parlamentaria era más compleja).

El efecto secundario de esta estrategia es estrechar el espacio político hasta hacerle casi imposible gobernar, como estamos viendo en Madrid o Murcia

Quizá Ciudadanos esté dando una serie de pasos correctos para crecer electoralmente, pero el efecto secundario de esta estrategia es estrechar el espacio político hasta hacerle casi imposible gobernar, como ya le ocurriera a Lerroux, y lo estamos viendo en Madrid o en Murcia. Y, finalmente, es también posible, como ocurría en los años treinta, que haya un enfrentamiento entre los dirigentes políticos que va más allá de lo político.

Sea lo que sea, el divorcio entre Ciudadanos y socialistas tiene visos de ser irreversible. Y, mucho me temo, nos va a salir muy caro a todos los españoles.

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