Pedro Sánchez no sabe por dónde salir de esta curva

Un día la estrategia era resistir a toda costa (aunque implicase dejarse avasallar por los independentistas) y al siguiente romper con los soberanistas para exhibir la ruptura como un trofeo

Foto: Pedro Sánchez, tras el debate de investidura. (EFE)
Pedro Sánchez, tras el debate de investidura. (EFE)

De las curvas se puede salir por dos lados. Por la carretera o por la cuneta. Una de las constantes de la carrera política de Pedro Sánchez es que entra en las curvas sin saber por dónde quiere salir. A veces le ha salido bien: hace poco más de un año, planteó una moción de censura que requería una carambola casi imposible (el voto de los nacionalistas vascos, que acababan de aprobarle unos presupuestos a Rajoy, el de Iglesias, que había votado en contra de su investidura en 2016, y hasta el de los independentistas catalanes). Una derrota contundente hubiese significado seguramente el fin de la carrera política de Sánchez, entonces en tercer lugar en las encuestas con apenas el 20% de la intención de voto. Pero de aquella carambola salió presidente.

Otras veces ha apurado tanto que ha estado a punto de estrellarse. A Pedralbes fue, originalmente, para repartir ibuprofeno e inversiones en Cataluña. Cuando llegó el día de la cita, el contexto había cambiado: los independentistas estaban en contra del proyecto de Presupuestos, mientras los comités organizaban barricadas en las calles. Sánchez mantuvo la cita, según se anunció a bombo y platillo, para demostrar la fortaleza del Estado en Cataluña y evidenciar su ruptura con los soberanistas. Pero se metió en una sala a negociar con el 'president' Torra y súbitamente cambió de estrategia.

Tal vez vio algún resquicio para alargar la legislatura, nunca lo ha explicado. Pero el resultado fue que lo que era blanco se convirtió en negro, y a la inversa: la declaración de Pedralbes, el relator, etc. Todavía Sánchez y su equipo darían varios volantazos antes de llegar a las urnas. Un día la estrategia era resistir a toda costa (aunque implicase dejarse avasallar por los independentistas) y al siguiente romper con los soberanistas para exhibir la ruptura como un trofeo en las urnas. O por la carretera, o por la cuneta.

Esta estrategia tal vez sirva en el ajedrez, pero en política proyecta una imagen permanente de zozobra, de improvisación y de inanidad, puesta al exclusivo servicio de la ambición política. La negociación para la investidura ha discurrido por estos mismos derroteros. Un día el objetivo de los socialistas era virar al centro y gobernar en solitario (aunque fuese a costa de repetir elecciones). Algo difícil, pero legítimo. Pero el objetivo socialista ha dado tantas vueltas como su estrategia negociadora: Gobierno de cooperación, con la entrada de Podemos solo en los “segundos niveles”, ministros “de la órbita” de Podemos, “ministros cualificados”, y finalmente, “cualquiera salvo Pablo Iglesias”. A los socialistas (a este PSOE) una línea roja le dura menos que los peces de hielo a Joaquín Sabina.

La jugada fue de manual, aunque los socialistas no la vieran venir: Sánchez (en un movimiento extremadamente torpe) afirmó con rotundidad que la presencia de Iglesias en el gabinete era “el principal escollo” de la negociación. Seguramente, estaba convencido de que Podemos había decidido ya votar en contra de su investidura, y buscaba construir el relato de la ruptura, haciendo recaer todas las culpas en el líder de Podemos (“de nuevo, la ambición personal de Iglesias impide un Gobierno de izquierdas”). Pero se encontró con la sorpresa del paso atrás de este, algo que cualquier jugador de ajedrez debería haber previsto.

Y una vez sacrificado Iglesias, las peticiones de Podemos, como es lógico, pujaron al alza: Hacienda, Trabajo, Ciencia o Transición ecológica

Y una vez sacrificado Iglesias, las peticiones de Podemos, como es lógico, pujaron al alza: Hacienda, Trabajo, Ciencia o Transición ecológica (como detalló Iglesias en el debate). Ya no les vale con Juventud y Vivienda. No es suficiente que los socialistas conviertan las mismas secretarias de Estado que ofrecían hace dos meses en ministerios, el mismo producto con distinto celofán. Porque, en efecto, las competencias a nivel nacional en estas materias son mínimas. Podemos quiere competencias reales. Una vicepresidencia con poder efectivo.

Y como ministros, dirigentes de la formación morada: Irene Montero o Pablo Echenique. Cualquiera de ellos, por cierto, con mayor tirón mediático que los ministros socialistas. Precisamente, el escenario que los socialistas querían evitar a toda costa: dar competencias con contenido a Podemos, que hagan crujir las diferencias ideológicas entre ambos socios, y que los morados desplieguen una agenda de medidas que les lleve a resucitar políticamente, eclipsando a sus compañeros de gabinete.

La sensación es que el presidente Sánchez no sabe cómo salir de esta curva. Que el paso atrás de Iglesias ha desarmado a los socialistas. Si hay Gobierno de coalición, Podemos tendrá más peso del que hubiese soñado cualquier dirigente de la formación morada (o la peor pesadilla de los socialistas) hace tan solo unas semanas. Y si no hay Gobierno de coalición y finalmente nos vemos abocados a una repetición electoral, Sánchez está perdiendo también la batalla del relato. Porque él mismo dijo que el principal escollo era Iglesias, y este dio un paso al lado. ¿Cómo convencer entonces al votante de izquierdas, en unas nuevas elecciones, que si no ha habido coalición ha sido por “la ambición de Iglesias”? Hasta en la decisión 'in extremis' de abstenerse en la primera votación, Iglesias está demostrando más olfato político que Sánchez.

Ni por la carretera ni por la cuneta. Sánchez se ha quedado sin salidas. Tome el camino que tome, su situación es mucho peor que hace una semana. Quizás por ello, sus movimientos durante la primera parte de la sesión de investidura han sido erráticos y confusos hasta para sus más fieles incondicionales. Este lunes le pedía la abstención a Pablo Casado con el delirante argumento de que en “septiembre, con la sentencia, será más difícil el apoyo de los partidos catalanes”. Le podía haber pedido a Casado, o a Rivera, que rebobinasen hacia atrás para borrar su entrevista en la que arremetió contra Iglesias (“necesito un vicepresidente que defienda la democracia española”). Porque ese fue el momento en el que su investidura se le fue completamente de las manos.

Pedro Sánchez no sabe por dónde salir de esta curva

¿Por dónde saldrá esta vez el presidente Sánchez? ¿Por la carretera o por la cuneta? Seguramente no lo sepamos hasta el último minuto. “¿Quién es usted realmente?”, le preguntaba este lunes Casado durante el debate. Seguramente, ni el propio presidente lo sabe: si a estas alturas parece que no tiene plan es porque no lo tiene. La abstención de Podemos en la primera votación de la sesión de investidura puede interpretarse como una puerta abierta para la negociación.

O también como el pistoletazo de salida de una nueva campaña electoral en la que socialistas y morados intentarán endosarse las culpas. También el jueves (antes de la segunda votación) les contaré por dónde creo que intentará salir el presidente del Gobierno. Porque todavía la política nos puede deparar muchas sorpresas. Y aún existe un camino intermedio.

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