El PSOE y el Rey: una cuestión de mutua supervivencia

Es hasta cierto punto sorprendente que Sánchez se haya manifestado de manera tan inequívoca en respaldo de la monarquía española. Sin embargo tiene poderosas razones para hacerlo

Foto: El rey Felipe VI y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al monasterio de San Millán de Yuso, con motivo de la Conferencia de Presidentes. (EFE)
El rey Felipe VI y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al monasterio de San Millán de Yuso, con motivo de la Conferencia de Presidentes. (EFE)

El rey Felipe VI necesita el apoyo incondicional de los socialistas tanto como los socialistas necesitan al Rey. Es este delicado equilibrio de intereses el que mejor explica la cadena de acontecimientos que hemos vivido durante los últimos días, y el que ofrece más pistas sobre los que vendrán en los próximos meses, incluida el previsible frente de tensión dentro del Gobierno de coalición que forman los socialistas con Unidas Podemos.

No es fácil en estos días, y así se le debe reconocer a Pedro Sánchez, lanzar un mensaje inequívoco de respaldo a la monarquía española, como el que ayer hizo el presidente del Gobierno, separando de forma escrupulosa las personas de las instituciones, las presuntas actitudes impropias del Rey emérito, de la forma constitucional de nuestra jefatura del Estado. Y no es fácil, especialmente, para el líder socialista. Por varios motivos.

El PSOE y el Rey: una cuestión de mutua supervivencia

Por un lado porque el PSOE siempre ha albergado un alma republicana. Los socialistas presentaron, aunque fuese de forma simbólica y de cara a la galería, una enmienda “republicana” a la ponencia constitucional en 1978. Esta pulsión republicana se mantuvo de manera soterrada a lo largo de los años dentro de la militancia socialista. El propio Alfredo Pérez Rubalcaba relataba para el 'podcast' XRey, en la que a la postre fue su última entrevista, las dificultades que encontró dentro del grupo parlamentario socialista para aprobar sin mayores incidencias la ley de abdicación del rey Juan Carlos I, frente a la presión de algunos diputados que apostaban por aprovechar la sucesión para plantear un referéndum sobre la monarquía.

En segundo lugar, es una postura difícil para Sánchez porque hace apenas unos meses aceptó formar un Gobierno de coalición con una formación abiertamente republicana como Unidas Podemos, y apoyarse para sacar adelante la investidura en una pléyade de partidos hostiles a la monarquía española, de los nacionalistas catalanes a los radicales vascos. Lo hizo, además, a sabiendas de que la Casa Real guardaba en su seno una bomba de relojería, porque así se sabe en la Moncloa al menos desde principios de 2019.

Y, en tercer lugar, difícil porque, al menos hasta ahora, cuando Pedro Sánchez había tenido que elegir entre obtener réditos políticos en el corto plazo o apostar a largo, siempre había elegido lo primero. Y en este caso, es más fácil obtener réditos inmediatos atacando a la monarquía que defendiéndola.

En estas circunstancias es hasta cierto punto sorprendente que Pedro Sánchez se haya manifestado de manera tan inequívoca en respaldo de la monarquía española. Sin embargo tiene poderosas razones para hacerlo. Sería quedarse a merced de una peligrosa ruleta rusa sumar a la crisis sanitaria y a la económica, cuyas consecuencias se han puesto de manifiesto en toda su crudeza durante esta semana, una tercera crisis de ámbito institucional y de consecuencias completamente imprevisibles. Es seguramente en estas coordenadas donde debe inscribirse la respuesta de los socialistas: en la necesidad de preservar una mínima estabilidad en la vorágine de las múltiples crisis que nos azotan.

No obstante, no debería darse por descontado que los socialistas mantendrán esta misma posición en los próximos meses. La presión a la que se verán sometidos dentro del propio gabinete por parte de Unidas Podemos será creciente, y en última instancia ponerse del lado de la monarquía constituye el patito feo entre el electorado de izquierda, especialmente en medio de una severa crisis económica. Habrá que mirar con lupa el termómetro del respaldo socialista a la monarquía española, sin descartar que en algún momento aparezcan signos de flaqueza.

En gran parte dependerá de si Unidas Podemos convierte la suerte del Rey emérito y sus derivadas sobre Felipe VI, en 'casus belli'. A su vez la presión interna que sufrirá la formación morada será muy intensa, lo que explica el nerviosismo que hemos visto entre sus dirigentes en las últimas horas, mostrando las primeras dudas y titubeos para defender una decisión del Gobierno de coalición. No se trata tanto de si Pablo Iglesias quiere o no convertir esta cuestión en un motivo de casi ruptura, sino de si tendrá margen interno par modular la intensidad de su respuesta.

Por su parte para la monarquía también es una cuestión de supervivencia el apoyo inquebrantable de los socialistas. A pesar de que nuestra Constitución impide en la práctica cualquier reforma sobre la forma política del Estado sin el concurso de los dos grandes partidos, y por lo tanto basta el voto del Partido Popular para servir de dique frente a cualquier intento de reforma, ya hemos visto en los últimos años cómo proyectos políticos que exceden los márgenes constitucionales pueden encontrar meandros para salir a la superficie.

Haría además mal Felipe VI en ligar el futuro de la monarquía a una formación política determinada, o en permitir que la institución que representa se convierta en una batalla cultural más de la hiperventilada discusión política en nuestro país. El gran acierto de su padre fue convertir la institución en valiosa para el conjunto de los españoles.

Finalmente, surgen dudas sobre la decisión en sí misma. Incluso una decisión tan dolorosa como el extrañamiento del Juan Carlos I como ayer lo definía con su habitual precisión semántica José Antonio Zarzalejos, podría resultar insuficiente en los próximos meses de parecer nuevas informaciones. Resulta además incomprensible la decisión de no informar sobre el destino final de Juan Carlos I, o el silencio ante preguntas legítimas como quién sufragará los gastos de su estancia en el extranjero. Lejos de amainar la tormenta, el “autoexilio” de Juan Carlos podría avivarlo, a menos que la Casa Real demuestre más reflejos de los que ha tenido hasta ahora.

El papel de Juan Carlos I en la transición política española merece un reconocimiento histórico, así como el papel garante de la estabilidad que ha tenido la institución monárquica en las últimas décadas. Pero el futuro ya no es lo que era. El nivel de exigencia sobre Felipe VI será mucho mayor (algo parecido ocurre en otras monarquías europeos). Los plazos en política se han acortado en los últimos años: los presidentes apenas duran un mandato cuando antes gobernaban durante décadas; las propias monarquías ya no son instituciones centenarias, sino que dependen básicamente de la legitimidad de su ejercicio. Por razones puntuales, la suerte de la monarquía española ha quedado ligada a la de los socialistas. Probablemente ningún monárquico se sienta a salvo estando a merced de un político tan camaleónico como Pedro Sánchez. Pero han sido los errores propios los que han dejado a la Casa Real española sin el privilegio de elegir a sus compañeros de viaje.

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