Carteles

Supongo que, reuniendo la muestra adecuada, se podría hacer un estudio sobre el tipo de sociedad en que vivimos, basado en los carteles de la calle

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Estos días puedo pasear sin prisa. Y, al pasear sin prisa, leo carteles en los bares y en las tiendas, que me hacen gracia.

Voy al pueblo al lado de San Quirico. Han abierto un bar. Como tienen terraza, porque aquí no manda la señora Colau, hay unas cuantas mesas en la calle, todas ocupadas. En todas, la gente habla. Veo un cartel:

"No tenemos wi-fi. Hablen entre ustedes".

Parece como si los clientes hubieran hecho caso, porque aquello está muy animado. Incluso me parece que nadie habla por el móvil.

"Bajo" a Barcelona. No voy mucho por la calle Sicilia, pero esta vez sí. Allí me encuentro con otro bar y otro cartel:

"Se necesitan clientes. No hace falta experiencia".

Y, como es natural, entro, pido un café y me lo tomo despacio, estrenándome como cliente y aportando mi experiencia de otros bares y otros cafés.

Tengo un hijo viviendo en México. Para un coleccionista de carteles, aquello es un pozo sin fondo. Hay miles, a cuál más divertido y más pintoresco.

"Se necesita empleada. No hace falta que sepa NADA. Solo tiene que saber OBEDECER".

Recuerdo el cartel que vi en Caracas, amenazando al que aparcase el coche en un vado:

"Se pinchan gomas gratis".

Y como también me puedo citar a mí mismo, recojo el titular de la entrevista que me hizo hace poco Borja Hermoso, para la Contra del País:

"Ser tonto es lo mejor: está tirado. Por eso hay tantos".

Supongo que, reuniendo la muestra adecuada, se podría hacer un estudio sobre el tipo de sociedad en que vivimos, basado en los carteles de la calle. Pero no lo hago por tres razones: a) porque no sé; b) porque nadie me lo ha pedido, de lo que deduzco que a nadie le interesa; c) porque en verano, no estoy para trabajar ni vosotros para estudiar el fruto de mi actividad.

Hablando de actividad, me voy a algo que no sé si ya he contado. Hace unos años, me hicieron una revisión en la Clínica Universidad de Navarra. Al contar al médico que me atendía cómo me encontraba, le dije que me había bajado mucho la productividad, o sea, que para hacer lo que antes me costaba 2 horas, ahora necesitaba 4. Y, para concretar, le dije que el domingo último me había puesto como meta trabajar 2 horas y no había sacado ni media. El doctor me miró con cara de lástima/pena/de qué va este y me dijo: "¿sabes cuál fue la productividad de Dios el séptimo día? ¡¡CERO!! ¿qué pasa, quieres mejorar la productividad de Dios o qué?"

Supongo que, reuniendo la muestra adecuada, se podría hacer un estudio sobre el tipo de sociedad en que vivimos, basado en los carteles de la calle

Repaso todo lo anterior: frases cortas sin importancia: el que anima a la gente a hablar, el que necesita clientela; el que -¡pobre!- quiere que los trabajan para él sean muy cerrados mentalmente y no hagan otra cosa más que lo que él diga...

Frases cortas que tienen importancia porque, con mucha frecuencia, es lo que recordamos de las personas. A veces, las personas se equivocan y, con el paso del tiempo, te atribuyen cosas buenas que tú no dijiste y que, peor aún, sabes quién las dijo. Supones que de ese 'alguien' recuerdan una frase tuya y todo queda compensado. Eso pasa mucho en el IESE. Me han dicho muchas veces eso de "nunca me olvido de lo que nos dijiste..." y sabes que eso lo dijo otro. Pero el trabajo en equipo es eso. Saber que el Zaragoza ganó un partido, aunque trabuques los nombres de los que metieron los goles.

Un amigo mío fue a un concierto de Joan Báez en Estados Unidos. Se acercó mucho para fotografiarle. Se acercó tanto que se apoyó en el escenario. Joan Báez le miró, sonrió y le dijo: "I see you!"

Unos años más tarde, Alejandro Talavante, un gran torero, me felicitó las Navidades con una agenda que llevaba impresa una dedicatoria: "mira que te mira Dios, mira que te está mirando".

Total, que acabo de darme cuenta -otra vez- de que la vida es sencilla. Que, con mucha frecuencia, de los grandes discursos nos quedan frases sencillas. Que, por eso, hay eslóganes que se repiten -que NOS repiten- constantemente.

Eso, la civilización, o lo que sea, de la frase corta, del tuit o del eslogan repetido y repetido, que sirve para asegurarse de que una frase correcta pueda ser asimilada con facilidad, también puede convertir, falsamente, una mentira en una verdad (¿?).

Total, que acabo de darme cuenta -otra vez- de que la vida es sencilla. Que, con mucha frecuencia, de los grandes discursos nos quedan frases sencillas

Siempre acabamos con lo mismo: la importancia fundamental del criterio, de la capacidad de discurrir, de la capacidad de ser persona que, cuando se enfrenta a un problema, lo hace aportando todo lo que le distingue de un primate, porque, gracias a Dios, no somos primates, aunque a veces algunos se comporten como si lo fueran. O, por lo menos, como tontos perdidos, de esos que yo dije que había muchos, porque está tirado.

P.S.

Él Génesis dice textualmente: "Y Dios dio por terminada, en el séptimo día, la obra que había hecho y descansó".

Mi mujer, que censura mis artículos, me dice que sí, que Dios descansó, pero que ese día se dedicó a mantener todo lo que había creado, porque si no lo hubiera mantenido -y no lo siguiera manteniendo ahora- no quedaría nada.

Mantengo lo que he puesto, porque lo que pretendía el médico que me atendió no era meterse en disquisiciones teológicas, sino algo mucho menos sofisticado: que yo me diera cuenta de que, de vez en cuando, es bueno descansar.

Desde San Quirico
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