En este país tiene que pasar algo… y va a pasar

La sensación de que algo está pasando en la sociedad española, de que esta puede haberle perdido el miedo al cambio, como ya ocurrió en 1982, es hoy más fuerte que hace unos meses

Foto: Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

Siempre llegamos tarde. Es una mala costumbre muy española, pero lo cierto es que siempre llegamos tarde. A lo largo de la historia, sobre todo de la más reciente, los españoles nos hemos ido sumando a los progresos y las transformaciones que se iban produciendo en nuestro entorno con años de retraso. A veces con décadas por culpa de una dictadura. Pero la realidad es que cuando en el resto de Europa y del mundo desarrollado se iban produciendo cambios importantes, aquí permanecíamos inalterables.

Y nos ha vuelto a pasar. Estamos viendo como esos cambios se producen a nuestro alrededor, como las viejas estructuras del sistema son cuestionadas por sociedades que reaccionan ante la ausencia de reformas y el distanciamiento con el poder, y eso se ha traducido en el avance del populismo y el retroceso, en algunos casos casi hasta la extinción, de los partidos tradicionales. Es verdad que uno de los primeros pasos en esa dirección se dio aquí con el 15-M, pero esa es otra característica muy nuestra: amagamos, pero no damos.

A la hora de la verdad, el electorado español ha seguido apostando por lo viejo aunque lo tuviera que hacer con la nariz tapada

La realidad es que a la hora de la verdad el electorado español, muy conservador porque, al mismo tiempo, es muy dependiente, ha seguido apostando por lo viejo aunque lo tuviera que hacer con la nariz tapada. Pero algo ha empezado a cambiar, y lo hizo hace una semana cuando contra todo pronóstico –o al menos contra todo pronóstico inicial–, Pedro Sánchez se alzó con un contundente triunfo en las primarias del PSOE, poniendo de manifiesto que la militancia socialista prefería apostar por el cambio en lugar de por la continuidad o la pretendida estabilidad que defendían Susana Díaz y los barones y la vieja guardia socialista que la apoyaban.

El éxito de Pedro Sánchez es haber conseguido personificar la necesidad de cambio que anidaba en una parte muy importante de la militancia de su partido, tan importante como para pensar que sirve de muestra estadística y que también el votante socialista puede estar predispuesto al cambio. Y lo que pensemos de él es irrelevante, porque lo cierto es que a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho para evitar que volviera a ganar, ahí está el resultado. Y su objetivo ahora es modelar el PSOE a su medida, haciendo lo que no pudo hacer antes porque no le dejaron los barones de su partido que, ahora, sin embargo, han quedado extraordinariamente debilitados.

Juanma RomeroJuanma Romero

Y es evidente que la llegada de nuevo de Sánchez obliga a mover todas las piezas del tablero, y devuelve la incertidumbre a la política española. No sabemos lo que va a pasar en los próximos meses aunque, como escribía en este 'post' hace unos días, parece más que probable que la legislatura se acorte hasta la primavera del 2018, sobre todo si el Gobierno no consigue aprobar los Presupuestos de ese año.

Hasta ahora, el PP partía con la ventaja de ser el referente de la estabilidad, y eso le daba un plus electoral del que se estaba beneficiando en la medida que los demás huían de la posibilidad de unas elecciones anticipadas que aparentemente hubieran dado como resultado una victoria más amplia de Rajoy. Pero el PP empieza a sufrir un fuerte desgaste, producto, por un lado, de la corrupción que le afecta y que no parece que vaya a ir a menos en los próximos meses sino más bien lo contrario, protagonizando además una aparatosa vida parlamentaria para los populares.

El PP empieza a sufrir un fuerte desgaste producto de la corrupción, que no parece que vaya a ir a menos, y de la ausencia de una agenda legislativa

Y, por otro, de la dejadez de un Gobierno que no tiene agenda legislativa, que está cruzado de brazos, limitado solo a aprobar los Presupuestos –lo cual esta muy bien porque atañen, como me decía un día Albert Rivera, a “la vida de la gente”–, lo cual es a todas luces insuficiente. A eso y a hacer lo que sea necesario para frenar el desafío independentista catalán, algo en lo que también puede verse solo pagando un precio muy alto por ello. Pero nada más.

En esas circunstancias, no sería nada raro que en unas elecciones el PP dejara de ser primera fuerza política, distribuyendo sus votos entre la abstención y Ciudadanos, mientras que por la izquierda podría crecer una alternativa a caballo entre Podemos y el PSOE que no sería ni lo uno ni lo otro, pero que podría situarse como contrapunto al PP. No es una certeza, pero la sensación de que algo está pasando en la sociedad española, de que esta puede haberle perdido el miedo al cambio, como ya ocurrió en 1982, es hoy más fuerte que hace unos meses. Y todavía hay tiempo para que esa necesidad se haga más evidente y se extienda por todas partes.

Dos Palabras

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