Reina Letizia: La comunicación real

La comunicación real

Ante tanta emoción desatada, sorprende que las criticas se hayan centrado en la familia real y no en la actuación del equipo de la Casa Real

Foto: Doña Letizia, acompañada por doña Sofía, la princesa Leonor y la infanta Sofía, el pasado 8 de abril. (EFE)
Doña Letizia, acompañada por doña Sofía, la princesa Leonor y la infanta Sofía, el pasado 8 de abril. (EFE)

Ríos de tinta. Primero sobre cada gesto de la secuencia de vídeo (los espontáneos y también los cuidadosamente planificados). Y después cuestionando quién era responsable del revuelo provocado por el desencuentro real: la Reina, la Reina emérita, la Infanta, la prima… Todas mujeres, por cierto. La parte más exagerada de nuestra sociedad, esa a la que todos hemos pertenecido en alguna ocasión, no se ha reprimido vaticinando consecuencias no ya serias, sino incluso catastróficas.

Ante tanta emoción desatada, sorprende que las criticas se hayan centrado en la familia real y no en la actuación del equipo de la Casa Real. Sobre todo porque su misión es precisamente asegurarse de que se siga la coreografía sin sorpresas ni sobresaltos; y si las sorpresas ocurren, es competencia suya localizar las imágenes y gestionarlas. El revuelo mediático ha sido la culminación de una larga campaña de comunicación por parte de ese equipo, que ha apostado por presentar a la nueva familia real como un modelo irreal de inquebrantables virtudes. Quizá si no se hubiese ido por ese artificioso camino, nadie se hubiese regodeado en esta pequeña falta. Y si no se hubiese intentado presentar a la Princesa como una niña muy por encima de la mayoría de los niños españoles, puede que los padres y los abuelos españoles no hubieran sentido alivio al darse cuenta de que es una niña con días buenos y días malos, como sus propios hijos y nietos, es decir, como todos los niños de España y del mundo entero.

Por lo general y con pocas aunque honrosas excepciones, los responsables de la gestión de la Casa Real, como muchos de los miembros del cuerpo diplomático, suelen ser hombres con largas carreras a sus espaldas y de una cierta edad. Su prestigio, conocimiento detallado de la historia de España y su educación exquisita tienen muchísimo mérito, y su valía es incuestionable. Pero esos méritos no cuadran con facilidad con el mundo de las redes sociales, el mundo actual, donde todo se mueve con una rapidez vertiginosa y no vale simplemente controlar los medios de comunicación, sino que lo que hay que controlar es el relato, el mensaje en sí, y además hay que empujarlo. Ese desfase entre la organización de la Casa Real y la realidad actual explica que las agendas y visitas reales se sigan organizando con la misma rigidez de formas con que se hacían en los años setenta, a pesar de que esas formas ya no las comparte casi nadie, pues desde los setenta ya ha pasado casi medio siglo.

Ahora que ya ha se ha calmado el revuelo, es fácil darse cuenta de que la mayoría de los comentarios han sido banalidades de escasa importancia y que con toda seguridad no tendrán mas consecuencias. Pero entre esos comentarios mediáticos hubo uno que no debería pasar desapercibido para la propia Casa Real. Lo hizo un comentarista en uno de los periódicos nacionales con la intención de ‘ayudar’ a la reina Letizia: sugirió que ella había sido "una de las artífices del mensaje a la nación que Felipe VI pronunció en octubre ante la deriva del desafío independentista en Cataluña". El mensaje de Felipe VI fue universalmente aclamado dentro de España, aunque algunos no lo entendieran suficientemente en el exterior. Independientemente de la opinión de cada uno al respecto, la intervención del Rey suscita una interesante reflexión sobre las funciones que le atribuye la Constitución: "Símbolo de la unidad y permanencia del Estado y árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones". ¿Implican estas funciones la ‘defensa’ del Estado? ¿O es esa una función del Gobierno? ¿Predomina la función de símbolo de la permanencia del Estado sobre la de árbitro y moderador? ¿Hasta dónde llega su papel ‘activo’? Las respuestas a esas preguntas son debatibles, porque la Constitución se puede interpretar de diversas formas, como toda norma jurídica. Pero la Constitución es meridianamente clara sobre las funciones de la Reina consorte: "La Reina consorte o el consorte de la Reina no podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia". Sugerir alegremente y sin fundamento que la Reina consorte se inmiscuye en las funciones constitucionales del Rey, es hacerle un flaco favor a la Reina. Y también un flaco favor al Rey.

En versión liberal

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