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El desafortunado paso de Borrell
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Miriam González

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El desafortunado paso de Borrell

Hay que reconocer que el puesto de alto representante es un trabajo imposible. Cualquier persona que ocupe ese puesto tiene que viajar constantemente a cumbres y reuniones que a menudo no sirven para nada

Foto: El alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell. (EFE/Christophe Petit)
El alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell. (EFE/Christophe Petit)

¿Se imaginan ustedes al secretario de Estado norteamericano Blinken reprendiendo a sus diplomáticos en público en vez de hacerlo con la mayor discreción posible? ¿O a cualquier otro ministro de Exteriores cometiendo semejante imprudencia? Pues exactamente eso es lo que hizo Borrell la semana pasada utilizando un discurso público para reprender a los embajadores de la Unión Europea.

Hace ya bastantes años que dejé de trabajar en las instituciones europeas, pero me imagino la cara de piedra que se les quedaría a muchos de esos embajadores. Gente que por lo general son europeos de vocación, dedicados cien por cien a sus puestos. Y que además en ocasiones le han tenido que sacar las castañas del fuego a Borrell.

Foto: El alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, el pasado viernes. (Reuters/David W Cerny)

Los que se quedaron no de piedra, sino más contentos que unas pascuas, fueron los medios de comunicación antieuropeos, como los periódicos conservadores británicos o el Breitbart, que no pudieron ocultar su satisfacción al publicar que Borrell había acusado a los diplomáticos europeos de ser (y cito textualmente al 'Times') "estúpidos, vagos y arrogantes".

En defensa de Borrell, hay que reconocer que el puesto de alto representante es un trabajo imposible. Cualquier persona que ocupe ese puesto tiene que viajar constantemente a cumbres y reuniones que a menudo no sirven para nada, pero también tiene que conseguir sacar acuerdos entre los Estados miembros, que en materia de política exterior cada vez están más divididos. Eso sin contar con la contribución a las políticas internas de la Unión como miembro de la Comisión Europea. Es un puesto que conlleva un considerable desgaste físico y un cansancio estructural.

Pero por muy exhausto que pueda estar Borrell, nada justifica reprender públicamente a los que trabajan para ti por cosas que además no dependen de ellos. Su mayor queja a los embajadores fue que no vieron venir la invasión rusa de Ucrania, a diferencia de la Inteligencia americana, que la predijo casi con exactitud horaria. Sentenció que él "debería ser la persona mejor informada del mundo". Borrell ya debería haberse dado cuenta de que no hay ni una sola remota posibilidad de que el alto representante europeo sea la persona mejor informada del mundo. Porque ninguno de los países de la Unión Europea figuran entre los servicios de Inteligencia más potentes del mundo. Y porque la organización central de Inteligencia europea ni siquiera es una agencia de Inteligencia en el sentido propiamente dicho, algo que él no ha logrado cambiar. Pensar que embajadores europeos pueden pasarle información que compita con la Inteligencia de la CIA, el Mossad o los Five Eyes, etc. es de una inocencia supina.

Foto: Borrell en Praga el pasado 7 de octubre (EFE/Martin Divisek)

También les pidió a los embajadores que se dedicaran mucho más a la comunicación y que dieran "la batalla de la narrativa". E incluso se quejó públicamente de que los embajadores no tuitean y retuitean los mensajes que él escribe en su blog. Les prometo que esto último no me lo estoy inventando.

El problema es que la comunicación depende de la substancia. Los embajadores pueden comunicar la política exterior europea, pero esa política la tiene que hacer primero él. Hay un ejemplo reciente en política exterior palmario: Borrell les ha pedido a los embajadores que comuniquen más activamente el modelo 'de libertad' europeo. Pero no ha conseguido que la Unión Europea haya sido la primera potencia que imponga sanciones contra los responsables de la muerte de Mahsa Amini y la terrible y brutal represión de las manifestaciones en Irán. Se le han adelantado (¡en casi un mes!) los Estados Unidos. Y hasta la inútil de la primera ministra británica, Liz Truss, que lleva sus 42 días de mandato luchando segundo a segundo para sobrevivir políticamente, ha logrado reaccionar a lo que ocurre en Irán antes que Borrell. No se puede comunicar mejor que los otros cuando nuestras políticas son peores o más lentas que las de los otros.

Foto: Josep Borrell, alto representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad. (Reuters/Yves Herman)

A Borrell le queda más o menos un año y medio de mandato. En el próximo baile de puestos europeos de 2024 es improbable que repita. Si Sánchez pierde las elecciones, se posicionará para uno de los grandes puestos de la Unión, utilizando el trampolín de la presidencia española en otoño de 2023. Y si no, el puesto español será para alguien del PP. Si, por el contrario, Sánchez gana las elecciones, tendrá la posibilidad de jugar con piezas de caza mayor, como Calviño, que podría obtener puestos muchísimo más interesantes para España que Borrell. En cualquier caso, España tiene que empezar a no dejarse deslumbrar por puestos como el del alto representante o la presidencia del Consejo Europeo, que tienen poca substancia y mucho protocolo, y optar por puestos como el de la presidencia de la Comisión o incluso la vicepresidencia del Pacto Verde, o los comisarios de Energía, Comercio y Mercado Interior, que es donde realmente se corta el bacalao ahora.

Cuando los políticos están en tramo de salida, a veces se permiten salirse del guion y cometer algún desliz, como le ha ocurrido a Borrell con su discurso. Pero su obligación hasta el último minuto de su mandato es no hacer daño a la institución que representa, que es lo que ha hecho —desafortunada y con casi total seguridad involuntariamente— Borrell.

¿Se imaginan ustedes al secretario de Estado norteamericano Blinken reprendiendo a sus diplomáticos en público en vez de hacerlo con la mayor discreción posible? ¿O a cualquier otro ministro de Exteriores cometiendo semejante imprudencia? Pues exactamente eso es lo que hizo Borrell la semana pasada utilizando un discurso público para reprender a los embajadores de la Unión Europea.

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