La distancia social que sí quieren mantener

Lo peor del teletrabajo no son las larguísimas jornadas laborales, sino cómo Zoom y otros inventos nos están acentuando el ombliguismo y pueden mermar la igualdad de oportunidades

Foto:  Foto: Carmen Castellón.
Foto: Carmen Castellón.

Julia estudió Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Coincidieron sus estudios universitarios con la primera victoria de Felipe González en las urnas. Escuchaba a Aute y a Serrat y salía de marcha por sitios dispares. Algunos estaban en el barrio de Salamanca, a un puñado de kilómetros de la cama que la esperaba cada noche. Alumna brillante, constante en el estudio, ni un escándalo en casa, al acabar la carrera alternó varios empleos precarios.

Un día llegó a casa contenta. Había conseguido trabajo. Empezaría a dar clases en el Instituto Ortega y Gasset. Por fin unas condiciones laborales dignas, y en el Madrid que no se podían pagar ni ella ni sus padres. Al mismo tiempo comenzó con su tesis doctoral sobre el español como segunda lengua, dirigido por la nieta del escritor y filósofo que daba nombre a su nuevo lugar de trabajo.

Comenzó así un peregrinar de viajes en tren de cercanías. De casa a Chamberí para trabajar, ida y vuelta. De casa al espléndido piso de su directora de tesis para corregir y editar capítulos.

La historia de Julia es la de una chica de periferia premiada por su esfuerzo, pero también por esa varita mágica que es la igualdad de oportunidades

Un segundo día llegó contenta tras su jornada laboral. Existía la oportunidad de ir a Ohio State University a dar clases de español por un año gracias a un programa de intercambio. La nieta de Ortega decidió que era una buena candidata y a Julia le pesó más un reciente mal de amores que un inglés con acento británico estudiado a trompicones para poner tierra de por medio.

Cogió un avión con 28 años a jugar a eso del sueño americano. Acaba de cumplir 58 y sigue en Estados Unidos. Treinta años en los que ha dado clases también en Duke University, Columbia (donde fue directora de departamento en un despacho en el que años antes Lorca escribió ‘Poeta en Nueva York’), y una carrera como editora en la empresa privada. Y en medio, un viaje a Madrid para aprobar su tesis con sobresaliente 'cum laude'.

La distancia social que sí quieren mantener

La historia de Julia es la de una chica de periferia premiada por su esfuerzo, pero también por esa varita mágica que es la igualdad de oportunidades. La que puede y debe otorgar el sistema educativo. La que, aun con excepciones, otorga el entorno laboral. Porque nada más democrático que un aula, que una oficina, para fabricar vidas dignas y libres.

A estas alturas, no puede decirse que la crisis del coronavirus nos esté haciendo mejores o peores. Sí creo que nos está haciendo más endogámicos. En especial, a los ‘bendecidos’ por el epígrafe del teletrabajo. Ya sabemos que tiene sus ventajas, como el tiempo que ahorramos al día entre atasco y atasco, y con ello la reducción de estrés. Que puedes tener el sonido de la lavadora centrifugando de fondo mientras analizas cómo han ido las ventas durante el primer cuatrimestre y que te puedes levantar 10 minutos antes de que empiece una reunión.

No creo que la única lectura sea que los de Núñez de Balboa no respeten los dos metros de espacio. Lo que quieren es distanciarse de nosotros

Pero hay sombras, y no todas se centran en la cantidad de horas que podemos llegar a pasar delante de una pantalla. Porque lo peor del teletrabajo no son las larguísimas jornadas laborales de muchos de los que lo practican, sino cómo Zoom y otros inventos nos están acentuando el ombliguismo y pueden mermar esa bendita igualdad de oportunidades. Con lo que ayuda a aterrizar egos y al relativismo escuchar a los que van en el vagón de cercanías, a los que charlan delante de una máquina de café, a las conversaciones entre clase y clase, entre reunión y reunión. Pero ya saben, ahora toca reducir al mínimo el contacto y aumentar la distancia social.

Veo las imágenes de la 'cayeborroka' (un sueldo Nescafé de por vida para quien inventó el concepto) y no creo que la única lectura sea que los de Núñez de Balboa no respeten los dos metros de espacio. Más bien lo contrario. Lo que quieren es distanciarse de nosotros. Dos metros o dos kilómetros. Lo que haga falta. En su opinión, nada más tóxico ni contagioso que el mestizaje. Nada más endogámico que una pantalla. Y desinfectar bien al salir. Del ordenador y del tren de cercanías.

Ideas ligeras
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