La ‘familia’ y uno más (llamado Valtònyc)
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Ángeles Caballero

Ideas ligeras

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La ‘familia’ y uno más (llamado Valtònyc)

El rapero posa dichoso luciendo tatuajes y el logo de Fred Perry. Tiene el gesto del sobrino al que le gustan las reuniones familiares, aunque la suya sea un poco desestructurada

placeholder Foto: Los líderes separatistas catalanes y el rapero catalán Valtònyc antes de una reunión en la Casa de la República en Waterloo. (EFE)
Los líderes separatistas catalanes y el rapero catalán Valtònyc antes de una reunión en la Casa de la República en Waterloo. (EFE)

Es una foto de familia como otra cualquiera. Con parejas a las que les toca posar juntas aunque no se soporten. No le demos un disgusto al abuelo, pensarán. Hay que hacerlo por la república, les dirán. Y ellos posan. A los dos les queda justa la chaqueta. Asoma en ellos una panza cervecera, de chuletón y sedentarismo. Son Oriol Junqueras y Carles Puigdemont. Por sus ideas los conoceréis. Por su mala relación, también.

El expresidente catalán parece encantado de conocerse, bendecido por una suerte que quizá no esperaba. Es un maestro del escapismo, del rentismo. Vive en una casa que va camino de convertirse en el Cantora o el Ambiciones de la república catalana. Allí pasa de todo, por allí pasan casi todos, y encima no pone un duro.

Foto: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, en Waterloo. (EFE)

Ya lleva un tiempo y no necesita haberse leído un 'Telva' para saber recibir a los invitados. Una vez más, sabe que se trata de saludar en esa escalinata con olor a 'calçot' a otros demócratas como él, luchadores incansables por un sueño que no parece llegar a cumplirse. Llegarán, posarán y se irán. Y que pase el siguiente.

Esta vez, sin embargo, le da un poco de pereza la trabajera previa. Los preparativos, el picapica, qué ponerse cuando vienen las visitas. No está tan animado como de costumbre, aunque disimulará delante de la prensa. Porque viene Oriol. El Oriol, dirá. El desleal, el traidor, el pringado que pasó por chirona. Uff, avisadme cuando venga, que se está muy bien en el sofá.

placeholder Oriol Junqueras y Puigdemont. (EFE)
Oriol Junqueras y Puigdemont. (EFE)

Junqueras ha tardado cuatro años en visitar esa morada. Cuatro años en los que, mientras Puigdemont escribía libros y se alimentaba de mejillones y fuet, él tuvo que sentarse en un banquillo, entrar y salir de la cárcel, quedarse sin cargo en el Govern y contener la ira; ese pecado capital al que él, como buen cristiano, decidió renunciar. Por eso anima al resto de la comitiva a ponerse en la foto. Mientras posa, pide al Altísimo que aquello acabe cuanto antes y volver de nuevo a casa. La suya, que está bastante lejos de Bélgica.

Dice Junqueras que ha habido no solo un abrazo entre ellos, sino dos y tres. También asegura que no ha habido reproches y que ha sido una reunión muy agradable porque al fin y al cabo ambos tratan de luchar contra la represión “que todos sufrimos y que sufre el conjunto de la sociedad”. Ira no, pero exageración, una poca.

Foto: De izquierda a derecha, Valtonyc, Meritxell Serret, Carme Forcadell,  Oriol Junqueras, Carles Puigdemont, Dolors Bassa, Raül Romeva y Toni Comín. (EFE)

El juego de miradas parece querer decirnos algo. Como si aquel sueño de octubre de 2017 estuviera hoy desdibujado. Dolors Bassa, móvil en mano, mira de perfil. Mientras, Raül Romeva, el hombre que mantiene las mismas gafas y el mismo torso desde que se dio a conocer, achina la mirada en busca de algo o de alguien que le interesa infinitamente más que los integrantes de la foto.

Es una imagen en la que cada uno va a lo suyo e interpreta de manera peculiar cómo vestirse para una visita oficial al dueño de la finca. Es una foto que constata lo difícil que es colocar bien las manos cuando uno posa y lo fácil que es olvidarse del lazo amarillo cuando toca.

placeholder Los líderes separatistas catalanes y el rapero catalán Valtònyc, antes de una reunión en la Casa de la República en Waterloo. (EFE)
Los líderes separatistas catalanes y el rapero catalán Valtònyc, antes de una reunión en la Casa de la República en Waterloo. (EFE)

En la esquina, posa él. Josep Valtònyc. Es un represaliado que no suena en Hit FM y tampoco en la banda sonora de algún 'reality' de Mediaset. Es un hombre pasado por el gimnasio, que lleva la ropa de su talla y los bolsillos del pantalón vaquero repletos de cosas. El móvil, las llaves, quizá la cartera y unos frutos secos por si ruge el estómago.

El rapero republicano abre un poco las piernas ante semejante momento, posa dichoso luciendo tatuajes y el logo de Fred Perry en el polo color rojo. Tiene el gesto del sobrino al que le gustan las reuniones familiares, aunque la suya sea un poco desestructurada. O quizá por eso posa feliz, porque por fin están todos juntos. Ha logrado que los padres del 'procés' vuelvan a hablarse después de tanto tiempo. Y se den no uno, sino dos o tres abrazos. Casarse es ceder, decía mi madre. La república parece que también.

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