Sobre Madrid capital de la homofobia y la imposibilidad de vivir en un eterno valle de lágrimas
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Ángeles Caballero

Ideas ligeras

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Sobre Madrid capital de la homofobia y la imposibilidad de vivir en un eterno valle de lágrimas

Madrid no es una ciudad homófoba, España tampoco, pienso ahora. Igual que pensaba hace casi 48 horas, tras escuchar a Jorge Javier Vázquez que vivir con miedo por mostrar tu afecto en público es insoportable

Foto: Marcha contra la homofobia en Madrid. (EFE)
Marcha contra la homofobia en Madrid. (EFE)

Esta mañana, mientras quitaba la ropa del tendedero, se me cayó una gorra al patio. Era la primera de las muchas veces que pasan cuando una llega a una casa nueva y a un barrio en el que aún no sabe dónde ponen los mejores aperitivos. Bajé rápidamente, perfumada como para las citas importantes, a hablar con el portero.

  • Hola, soy la nueva vecina. Se me ha caído una gorra del tendedero al patio. ¿Cómo puedo cogerla?
  • ¿Qué patio, el de los contenedores de basura?
  • No, el otro. Es que no sé cómo ir.
  • Ese es del bar. Vaya y pregunte sin problema.
Foto: Foto: Pablo Palomino.

Entré, también por vez primera, como el que va pidiendo perdón por la vida. Me atusé el pelo y le pedí a uno de los camareros que me ayudara. “Es que es la gorra del niño”, le dije, como si ese detalle fuera a hacerlo más fácil, o a dar yo más lástima. “Claro, señora, ahora mismo se la traigo”, respondió, y me dejó en la barra, uno de esos lugares en los que sé que nunca me pasará nada malo. Una barra limpia y reluciente, llena de cosas felices. Los churros, las porras, más de una decena de cuencos llenos de tomate para las tostadas con aceite.

El camarero que permanecía detrás de ella hablaba con un cliente y la charla quedó interrumpida tras mi entrada. Pero, una vez aclaradas mis intenciones (quiero mi gorra, no un desayuno), siguieron a lo suyo. “¿Tú sabes lo que es dolo?”, le dijo chulesco, pero con el tono de los que ya se conocen de antes. “Pues ya te lo digo yo —continuó—, es mentir con intención. Pero búscalo en el diccionario”.

Foto: Marcha contra la homofobia en Madrid. (Reuters) Opinión

El cliente salió por la puerta a seguir con su día, pero la que hizo caso al camarero fui yo. 'Dolo', dice el 'Diccionario de la Real Academia Española', es “engaño, fraude, simulación”, y también “voluntad maliciosa de engañar a alguien, de causar un daño o de incumplir una obligación contraída”.

“Ayer por la tarde, cuando acabé de patinar, fue cuando me enteré”, dijo. Yo, con mi gorra en una mano y con las llaves en otra, desprovista de dinero y excusas, salí dando las gracias y los buenos días. Pero ya sabía de lo que hablaban, de la agresión homófoba que parece que no fue, porque todo en esta vida ahora es presunto, supuesto, que es algo que yo vinculaba siempre a los programas del corazón, para evitar demandas y querellas criminales de los aludidos.

Imaginé entonces una conversación en la que habría sido muy feliz poniendo la oreja, que es una de mis escasas virtudes. Me dije a mí misma lo de siempre: “Si la historia ha llegado hasta aquí, es de lo que hay que hablar”. Ir por la vida robando ideas de otros también se me da bien.

Foto: Manifestación en Madrid en contra de la homofobia. (Reuters)

Madrid no es una ciudad homófoba, España tampoco, pienso ahora. Igual que pensaba hace casi 48 horas, tras escuchar a Jorge Javier Vázquez que vivir con miedo por mostrar tu afecto en público es insoportable. O como pienso, cada vez que asesinan a una mujer, en lo mucho que deseo que mis hijos y los hijos de los demás no vivan nunca una relación tóxica que les quite la autoestima y el brillo en los ojos.

Una parte de Madrid, una parte también del resto de España, vive a una velocidad infinitamente superior a la mía. Es un grupo numeroso de gente que condena y celebra de forma desenfrenada. Exige, culpa, grita y llora por los rincones como cantaba Lola. Es gente que no espera, que no digiere, que no reposa. Es gente que va por la vida opinando y pidiendo al resto que se pronuncie al respecto con una rotundidad admirable y temible a la vez. “Hay silencios intolerables”, dijo un amigo mío en Twitter tras la noticia. De repente me sentí señalada e hice algo al respecto. Un retuit o algo así. Porque ¿cómo quedarse callada al respecto tras semejante canallada? Luego preparé las preguntas de una entrevista, saqué los cacharros del lavavajillas, hice la cena y vi un capítulo de ‘Only Murders in the Building’ con mi familia. Dormí a pierna suelta a pesar de las injusticias de este mundo cruel y despiadado.

Madrid y Barcelona se manifiestan contra la violencia homófoba.

Madrid es una ciudad en la que pasan muchas cosas y mucho más interesantes de las que acontecen en mi casa. Ahora todo son risas y tiritas para reponer las heridas y superar el bochorno tras lo ocurrido. Porque, claro, ¿en qué momento pudimos creernos que un grupo de ocho encapuchados harían eso en un barrio como Malasaña? ¿Y cómo nos pudimos tomar en serio que una navaja metida en un sobre fuera una amenaza real a nuestra convivencia y a la democracia en su conjunto?

A mí me parecen cosas perfectamente verosímiles. Quizá porque soy bastante ingenua, cuando no tontaina. También porque hace muchos años, cuando mi tío Juan consiguió una plaza de 'parking' para discapacitados en la calle para poder subir a mi primo en silla de ruedas a casa, hubo vecinos que protestaron ante semejante privilegio. Y no contentos con bufar, uno de ellos roció con ácido el capó del coche durante la primera noche, para gran alegría de mi tío cuando salió a la mañana siguiente a trabajar.

Los periodistas no somos nada, salvo portavoces de nosotros mismos. No pasa nada por esperar, no pasa nada por pedir perdón

Se me ocurren varias reflexiones con este asunto. Lo de Malasaña, no lo de mi tío, que sí sucedió porque lo vi con mis propios ojos aunque entonces no había redes sociales ni insultos en los comentarios de los artículos. No esperen que cambien los que hacen aspavientos y ahora ridiculizan a los que hicieron lo propio, en otro ejercicio rapidísimo de cambio de tercio, de mofa supersónica.

Yo, por mi parte, me planteo bajar el ritmo, esperar antes de hablar, o hacerlo solo entre cuatro paredes, entre cuatro amigos. No precipitarme, invocar al escepticismo de Santo Tomás siempre que pueda. No sentirme señalada, decir que no cuando me pidan explicaciones. Los periodistas no somos nada, salvo portavoces de nosotros mismos. No pasa nada por esperar, no pasa nada por pedir perdón. Casi nada es tan importante y España sigue siendo un país lleno de taras, pero podría ser peor. Hace tiempo, por cierto, que no hablamos de Kabul. ¿Ven? Todo va muy rápido.

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