No se podrá mirar hacia otro lado

Es fundamental aceptar que sin el compromiso intenso de la lucha política e intelectual, idea a idea, cuerpo a cuerpo, en cada barrio, pueblo y ciudad, doblegar al independentismo no es tarea sencilla

Foto: Puigdemont en Copenhague. (EFE)
Puigdemont en Copenhague. (EFE)

Después de un primer discurso de tono conciliador, Roger Torrent, nuevo presidente del Parlament de Cataluña, ha tomado su primera decisión: proponer a la Cámara la investidura de Carles Puigdemont. Se ha reunido con él en Bruselas para tratar la situación, compartiendo la lógica “del gobierno legítimo y el rescate de las instituciones de autogobierno catalanas”. Puigdemont ha hecho valer, y seguirá haciéndolo los próximos días, su apuesta por la única estrategia que cree que le protege: seguir siendo presidente de la Generalitat. Sus intereses políticos y personales más inmediatos se alinean con un escenario que le permita “gobernar” desde Bruselas, sin volver a Cataluña, para evitar la detención. Nada puede ahorrar a los independentistas catalanes este enojoso trámite. Se halla inserto en su particular liturgia.

A las pocas horas, la actuación del Tribunal Constitucional hará inviable lo que el Parlament haya decidido por mayoría absoluta. Deberá buscarse una nueva alternativa a la investidura abortada. Sabemos, a ciencia cierta, que deberá ser un candidato de JuntsxCat; ese es el pacto firmado con ERC. Hay solo dos tipos de candidato/a, el que tiene problemas políticos pendientes de juicio en el Tribunal Supremo, y el que aún no los tiene. Puigdemont preferirá uno del primer tipo, que ejerza como su vicario en el gobierno catalán, sin veleidades particulares y de lealtad indestructible. Este candidato tiene nombre y apellidos, pero no se trata de aventurarlos ahora.

Lo que resulta a fin de cuentas decisivo es, si el nuevo gobierno rectificará, o no, las posiciones maximalistas que ha defendido el independentismo catalán en estos últimos años. Exactamente de eso depende que el 155 se mantenga, o se retire. Expliqué en mi último artículo, que veía extraordinariamente difícil que los dirigentes separatistas se pudieran abstraer de lo que sus bases exigirán, y de la complicada dinámica que el macrojuicio contra la causa soberanista desatará en otoño. Dicho de otra manera, sea cual sea la eventual orientación política que tome el próximo gobierno de la Generalitat, deberá ser revisada en los próximos meses. La correlación de fuerzas no suele ser, por definición, estática, y en este caso, se mostrará muy dinámica.

Dicen con reservas algunos independentistas que esta legislatura será conocida como “la de los tres presidentes”. Puede que ésta sea la estrategia que anide en la conciencia de algunos de sus líderes más moderados. Sin embargo, la elección de un tercer presidente sería solo un breve interregno que más pronto que tarde, desembocaría en la convocatoria de unas nuevas elecciones anticipadas. Sostengo, desde hace semanas, que descartar nuevos comicios este mismo año, es un grave error más vinculado a los deseos que a la realidad.

Dicen con reservas algunos independentistas que esta legislatura será conocida como "la de los tres presidentes" de la Generalitat

¿Quién estaría interesado en unas nuevas elecciones? No todos. Más bien pocos, pero Puigdemont, si no se materializa su investidura, lo estaría en grado sumo. Piensa que reeditando una plataforma que agrupe a sus partidarios, a los de ERC, y a las organizaciones de base del soberanismo, se puede conseguir esta vez el pleno éxito electoral. También procuraría que la CUP formara parte de esa candidatura. Dos condiciones imprescindibles: él presidiría la lista y ERC tendría, como partido, una notable representación. La sociedad civil independentista sería la argamasa de la coalición. Sospecho que Carles Puigdemont tiene en mente esta posibilidad, y pronto será su más firme defensor. El 'establishment' separatista recelará de esta orientación, pero su capacidad de maniobra para oponerse es y será muy escasa.

La pregunta es, ante una convocatoria de estas características, ¿el independentismo puede ganar las elecciones y mejorar sus resultados? Depende de cual sea el contexto político general, la respuesta es sí. ¿Significaría disponer de mayor número de votos en Cataluña? Probablemente, no. Pero garantizaría una vez más una coalición parlamentaria que les diera la mayoría absoluta en la Cámara. Sería la tercera vez consecutiva. No es un detalle menor. Se habrían sucedido los meses en un escenario de notable incertidumbre y creciente crispación, y estaríamos justo donde ahora nos encontramos, pero con las siguientes constataciones: 1. C’s podría obtener un buen resultado electoral, pero iría a la baja y no encontraría aliados para gobernar el país; 2. El soberanismo conseguiría un cómodo resultado que consolidaría la tendencia de voto que viene registrando estos últimos años; 3. El PP y la CUP no dejarían de ser partidos testimoniales, más operativos los segundos que los primeros; 4. Se confirmaría que los socialistas catalanes no son la alternativa del catalanismo político que aboga por la finalización del 'procés' y la reversión de la actual situación económica y política que Cataluña necesita; 5. Sin nuevos actores políticos, el mapa resultante de unos nuevos comicios no sería muy distinto del actual.

¿El independentismo puede ganar las elecciones y mejorar sus resultados? Depende de cual sea el contexto político general, la respuesta es sí

Puede que algunos líderes políticos españoles desconozcan o ignoren esta realidad. De hecho, algunos prefieren mirar hacia otro lado errando el análisis, amparándose en una retórica inflamada e inútil. Pero Puigdemont sí la conoce. Explica en Bruselas, en Copenhague y en TV3, un día sí y otro también, que la mayoría independentista está al caer, y que con un esfuerzo más, los catalanes podrán liberarse para siempre de la servidumbre española. Algunos analistas piensan que el 'procés' está tocado y hundido. Creo que confunden, peligrosamente, algunos casos particulares con las expectativas e ilusiones que una parte muy significativa de la clase media catalana está dispuesta a mantener. Puede, que empresarios y trabajadores tengan mucho que perder, pero la capa amplia de letratenientes del país no tiene tanto que lamentar. Aún más. Es posible que estos separatistas crean que corremos el riesgo, cada vez más acentuado, de que Cataluña se empobrezca y su declive se acentúe, pero mantienen la esperanza, la creencia, de que esta situación será temporal. Y la Cataluña independiente con la que sueñan, será capaz de revertir estos insidiosos efectos con diligencia y competencia. No hace falta decir, que para nada comparto esta piadosa visión.

¿Podrán los dirigentes independentistas de estos votantes desatender el anhelo que concita tanta resistencia? Aprendí de joven, que la fuerza de los ciudadanos es siempre más decisiva que la de los aparatos políticos. Cataluña, en esta ocasión, no será una excepción. Para acabar, no se trata de apuntar hoy como debe abordarse la rectificación y el desmontaje de esta difícil situación. Resulta fundamental aceptar, no obstante, que sin el compromiso intenso de la lucha política e intelectual, idea a idea, cuerpo a cuerpo, en cada barrio, pueblo y ciudad, doblegar al independentismo no va a ser tarea sencilla. Lo que pase en el Parlament el día 31 de enero es muy importante. Poner las bases sólidas para actuar en el corto y medio plazo, para aquellos que apostamos por el autogobierno de Cataluña, en libertad y en prosperidad, lo es más.

Libertad de elegir
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