La difícil relación del PP con las dimisiones y aquella foto de la sala de prensa
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Ángel Alonso Giménez

Los tártaros

La difícil relación del PP con las dimisiones y aquella foto de la sala de prensa

Una dimisión pudo haber cambiado la historia de España. Si Rajoy hubiera dimitido a finales de mayo de 2018, Sáenz de Santamaría se habría convertido en la primera presidenta de España

placeholder Foto: El exconsejero de Salud de la Comunidad de Murcia Manuel Villegas. (EFE)
El exconsejero de Salud de la Comunidad de Murcia Manuel Villegas. (EFE)

Siempre que en el PP se avista la sombra de una dimisión, el PP corre. Es extraña la relación del partido que ahora lidera Pablo Casado con las renuncias. Aunque un desenlace así resulta anómalo en España y deberían aplicarlo todos los partidos con más frecuencia (luego que si la política por un lado y la gente por otro), es a los populares a los que más afecta. Dirán sus dirigentes que la vara de medir no es la misma y que el tribunal mediático no es parcial, pero la realidad es que la formación conservadora gestiona fatal las dimisiones.

El último episodio de esta serie interminable lo protagonizó el consejero de Salud de la Región de Murcia, considerado modélico hasta hace poco por cómo ha intentado resistir a la pandemia. La tercera ola se está revelando como la más agresiva, y aunque ahora hay muchísimas PCR, muchísimos antígenos y muchísimas mascarillas, los hospitales se van saturando poco a poco, también los murcianos. Pero Manuel Villegas ha cometido un error tremendo en el peor momento.

Villegas dimite por la polémica sobre su vacunación

Ha habido alcaldes socialistas que se han vacunado antes de tiempo, lo que merece que dejen los cargos ya, y es verdad que la presión de los medios y de la opinión pública no ha sido tanta. Pero en Murcia la polémica ha explotado en las narices de un consejero autonómico de Salud. De Sa-lud, ni más ni menos. Villegas solo podía dimitir. Cuando compareció este miércoles ante los medios, solo para pedir perdón, la archiconocida y siempre conflictiva relación del PP con las dimisiones resurgió.

Aquella foto de febrero de 2009

El PP de la era Rajoy consiguió algo insólito: convivir con la corrupción hasta casi normalizarla. Alcanzó un estado de ánimo en el que los escándalos se asumían como se asume un madrugón o una resaca. Luego ha sido la corrupción la que ha hundido estas siglas en una cifra de escaños inimaginable y muy dolorosa, como está comprobando actualmente Pablo Casado.

En 2009, comenzaron los sobresaltos. El juez Baltasar Garzón instruía una causa bautizada con una palabra alemana, 'Gürtel', que enseguida estremeció al PP. Su líder entonces afrontaba las elecciones gallegas y vascas, para él muy importantes. Decisivas. Rajoy se implicó en la campaña gallega con tanto ahínco que hizo un recorrido paralelo al de Alberto Núñez Feijóo. Visitó pueblos en colinas recónditas y dio mítines en escenarios marcianos. Quien esto escribe asistió a un acto en una discoteca de carretera que si la pillan los hermanos Coen, montan ahí la versión española de 'Fargo'. El candidato venció y Rajoy respiró aliviado.

Foto: Mariano Rajoy se dirige al Congreso en una imagen de archivo. (EFE)

No lo tuvo fácil, porque la rumorología sobre comisiones de altos cargos por contratar empresas de Francisco Correa (y por otras cosas) interfirió en la estrategia política de Mariano. La sede del partido en la calle Génova comenzó a rozar la histeria. La gestión de aquellas informaciones se intentó resolver con una escena asombrosa en la sala de prensa. La foto es ya historia: Rajoy delante y todo su Comité Ejecutivo Nacional detrás y a los lados. A los periodistas que cubríamos entonces al PP, nos avisaron con poco margen: bajará el presidente y hará una declaración rodeado de toda la plana mayor. Había que mostrar unidad, pero no solo mostrarla: había que aplastar a los adversarios con la unidad.

Ocurrió el 11 de febrero de hace ya 12 años. Rajoy afirmó cosas como estas: "Algunos han pretendido convertirlo [el sumario] en una causa general contra el Partido Popular" o el PP se encuentra "en una situación de indefensión absoluta y además se está haciendo un daño enorme e irreparable a muchas personas que aparecen citadas en esas informaciones". El líder, ese día, prometió actuar con contundencia con los militantes que hubieran hecho "algo reprochable".

Las dimisiones que siguieron

Claro que han pasado muchos años, pero aquella foto de un día de invierno es un fiel retrato de la catarsis que ha vivido el PP desde entonces. A bote pronto, solo dos dirigentes continúan en ejercicio: el líder del PP de Extremadura, José Antonio Monago, y el diputado José Antonio Bermúdez de Castro. En la estampa, se ven rostros que parecen del pleistoceno político, tan veloces van los hechos, pero que fueron ministros hace nada: Ana Mato, Alberto Ruiz-Gallardón o María Dolores de Cospedal. Javier Arenas también estaba por ahí.

Foto: La exministra de Sanidad, Ana Mato. (EFE)

Como me contó un alto cargo del partido en ese momento, Rajoy procuró con la declaración y con la foto levantar un muro defensivo. Fuera, la hostilidad; dentro, la unidad. Sirvió de poco, porque las causas judiciales continuaron su camino y los dirigentes señalados fueron cayendo. El cerco se estrechó tanto que muchos se revolvieron y lo pusieron muy difícil. Es paradigmático el caso de Francisco Camps. El mismo Rajoy fue el 17 de mayo de 2011 a un acto de campaña en la plaza de toros de Valencia, a rebosar desde dos horas antes (yo estuve ahí como informador), para darle su apoyo incondicional. Al presidente de la Generalitat, un icono entonces, lo acosaba el asunto de los trajes y aquel tipo penal del cohecho impropio.

Camps ganó las elecciones por goleada descomunal, pero apenas dos meses después dimitió. Resistió con todo lo que pudo hasta que una visita de Federico Trillo, a su piso del centro de la ciudad, le convenció.

Foto: “Paco, solo te queda una salida: dimitir”: así se gestó la dimisión de Camps

La corrupción mordió aquel PP con tanta fiereza que ya no queda nada de él. El reguero de dimisiones ha seguido casi siempre un mismo patrón. La Husticia apunta, el dirigente se defiende, el partido le apoya, la Justicia insiste, el partido le deja de apoyar, el dirigente dimite. Ocurrió con Esperanza Aguirre, por ejemplo. O con Ana Mato. O por volver a Murcia, con Pedro Antonio Sánchez, que duró poco de presidente.

La 'nodimisión'

En el PP, en demasiadas ocasiones, la explicación a por qué tanta resistencia a la dimisión (hay excepciones, por supuesto) es interesada. La Justicia nos persigue, argumentan unos; la pena del telediario influye más que el Código Penal, enfatizan otros. La impresión de que existe una persecución desde varias bandas persiste en el edificio de la calle Génova. Existe, sin embargo, un factor moral. Como cuentan cargos que acompañaron a Rajoy durante su presidencia del Gobierno, haber dimitido antes de que triunfara la moción de censura que le presentó Pedro Sánchez habría significado reconocer unos errores y una responsabilidad que no le incumben. Haber asumido una culpa que no era suya. La culpa.

López Miras, sobre la dimisión de su consejero: ''Me toca decir adiós a un hombre admirable''

Mucho se especuló y aún se especula sobre por qué Mariano no dimitió y evitó el mayor 'shock' que ha vivido el PP en su historia. Quizá se tratase de una cuestión de principios. De un asunto de honor. Hasta que un juez/a demuestre lo contrario, el exlíder es inocente. Lo que no admite discusión es que si hubiera dimitido, Soraya Sáenz de Santamaría se habría convertido en la primera presidenta de España. Quién sabe lo que habría sucedido después.

La última dimisión en las filas populares es la de un señor que ha gestionado la peor pandemia en 100 años con tino y sensatez. Con aciertos y con equivocaciones, claro, pero sin que aparentemente le pesara el politiqueo más que la ciencia. Pero cometió un error: se vacunó cuando no tocaba. Recibió el maná de nuestra era antes de tiempo. No se sintió culpable hasta que no le quedó más remedio. Lo habitual, vaya, en el PP.

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