Rita Barberá: entre todos la matamos... y ella sola se murió

Los periodistas, los jueces estrella, su propio partido, las redes sociales, todos tenemos parte de culpa, pero no exoneremos a ella y su manera de entender la vida y la política

Foto: Fotografía de archivo de la senadora y exalcaldesa de Valencia Rita Barberá. (EFE)
Fotografía de archivo de la senadora y exalcaldesa de Valencia Rita Barberá. (EFE)

"El kilo de político no vale nada hoy" (uno de los imputados tangencialmente en Púnica). "La ha matado el PP" (un político valenciano defenestrado por la actual dirección regional de los populares). "Los 'tuiters' habéis condenado a Rita Barberá a muerte" (la diputada y tertuliana Celia Villalobos). "¿Cuando te desimputan, a quién denuncias? ¿A los jueces estrella?" (otro político que se considera víctima del actual sistema judicial español). La muerte de Barberá, en una habitación del hotel Villa Real, apenas a 40 metros de la puerta principal del Congreso de los Diputados, ha vuelto a remover la espiral que cíclicamente se activa en busca de responsables y culpas entre políticos, medios de comunicación y jueces.

"Entre todos la mataron...

1. Los medios de comunicación. A Rita Barberá, la Justicia no la había condenado aún, pero muchos medios de comunicación ya la habían colgado en la plaza pública. Bien es cierto que ella misma y su partido habían empleado todas las armas legales a su alcance para dilatar al máximo el momento en que la exalcaldesa tuviera, como sucedió esta semana, que declarar ante el juez. De poco le sirvió, por ejemplo, a otro de los tótems del PP en Valencia, el expresidente de la Generalitat Francisco Camps, haber resultado absuelto en el primer juicio por la Gürtel ("claro que yo me pago mis trajes"). En la actualidad, tras dimitir de la presidencia de la Generalitat por la presión de su partido, ha muerto políticamente, y él y su familia directa viven como auténticos apestados en las mismas calles que antes le saludaban en loor de multitud. Rita Barberá también pasó por eso: condenada mediáticamente, no tenía familia directa en la que refugiarse, "su familia era el PP y el partido le dio la espalda", dice un ex alto cargo valenciano.

2. Su partido. La imagen de Barberá en la apertura solemne de la legislatura, en el patio del Congreso, buscando un brazo popular al que arrimarse hasta que 'atrapó a Margallo ("Margui, Margui, que no me has saludado..."), define el aislamiento público al que la condenaron el PP oficial y sus altas instancias, las mismas que ahora se rasgan las vestiduras y acusan a los medios de haberla condenado sin juicio cuando en el partido hicieron exactamente lo mismo. Y no solo Pablo Casado ("esa señora ya no pertenece al partido") o Javier Maroto ("ni es ejemplar ni es digna"), tanto Isabel Bonig en Valencia o Cristina Cifuentes marcaron distancias claramente con Barberá. Ni siquiera Mariano Rajoy, que ayer se apresuró en desvelar que había hablado con ella hace unos días, se dignó a contestar el teléfono durante meses a quien le ayudó a garantizarse, entre otras cosas, la mayoría absoluta de 2011. Entre los principales dirigentes, solo Dolores de Cospedal mantuvo su defensa a ultranza e incluso profetizó, hace nueve meses, que "hasta que no muera de un infarto, no van a parar".

3. Los jueces. "Desde que apareció Garzón, hay muchos que quieren ser como él: parece que echan carreras a ver cuántos imputados llevan cada uno en una causa...", es la queja de uno de los imputados en la Púnica. Las constantes filtraciones de los sumarios, las dilaciones en los procesos y, sobre todo, la impotencia de que una imputación que no acaba en nada no tiene ninguna consecuencia para el instructor, pero puede suponer acabar con la vida política o profesional de una persona. Mientras las cámaras de televisión -— avisadas desde determinados juzgados— sigan llegando al domicilio de un investigado antes de que lo hagan los propios policías, la pena del telediario seguirá plenamente vigente.

Rita Barberá: entre todos la matamos... y ella sola se murió

... y ella sola se murió"

4. Dicho todo lo anterior, y que todos esos factores han sido de alguna u otra manera decisivos en el caso, lo cierto es que no hay que dejar de mirar también en la propia figura de la exalcaldesa. Su manera de entender la política durante años la puso en el objetivo no solo de rivales políticos sino de los propios compañeros de partido o de sectores de la sociedad a los que maltrató. El 'pitufeo' de los 1.000 euros por el que se la estaba juzgando y la retahíla de ruinas y causas abiertas que han quedado en Valencia tras sus mandatos no pueden considerarse como una anécdota más en su currículo. Barberá era una política de excesos, tanto en su manera de entender y vivir la política como en otros aspectos de su vida. La soledad de los últimos tiempos, acosada por la prensa, abandonada por el partido, asediada por los jueces, perseguida por los cadáveres políticos que dejó, le había pasado factura: se medicaba para la depresión e intentaba buscar refugio en los amigos de siempre, que iban apartándose de su lado. Los mismos que hoy señalan con el dedo acusador a los otros. 

Luna de Papel
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